El Legado de los De' Rosas

Trece

—¡Acaso te falla la cabeza! ¡No voy a hacer eso! —exclamó la princesa.

Haze alzó sus hombros, esbozando una sonrisa tonta solo por querer hervirle la sangre.

—Bueno, entonces —dio un aplauso—, supongo que hasta aquí llega nuestra travesía.

—Mi plan es mucho mejor que el tuyo, y mucho menos arriesgado —renegó ella.

—Creí que habíamos decidido que yo haría el plan.

—¡Pero es suicida! Haze soltó una risilla, tratando de disimularla —o no— con su mano. Sus pasos la rodearon como un buitre a su presa.

—Verá, alteza, si me escabullo mientras yo me distraigo, vas a caer en sus garras. Deberías saber que tus hermanos son más perceptivos de lo que parecen.

—Claro que lo sé, y justo por eso sé que subir por una maldita ventana no funcionará.

—Cuidado con esa boquita, princesa. —Haze le tocó el hombro y avanzó hasta vaciar las herramientas de la misión sobre el colchón.

Vega trituró sus propios rizos, ya lastimeros desde la noche anterior. ¿Y cómo no hacerlo? Haze disfrutaba de ponerla —y de sobremanera— al límite. Tan solo su actitud daba pie para que perdiera la cabeza, arrojando sus herramientas mugrientas y arrastrándolas sin consideración sobre la misma delicada tela.

Su postura y expresión concentrada con teatralidad, con su chispa característica, le hacían perder ya la poca cordura o arrebatársela ella misma. El solo pensamiento era tan tentador como escalofriante.

Enderezó su espalda, tomando aire de por medio. La cabeza se sintió más ligera de repente. Caminó hacia él.

—¿Y cómo pretendes que funcione?

—Cuando logre sacarlos del estudio, tendrás la oportunidad de escabullirte. No tiene mucha ciencia.

—¿Y que hay de los guardias?

—Por eso es importante ejecutarlo ahora.

—¿Serás tan considerado como para explicarme?

—Tus hermanos no ponen guardias a los alrededores en la noche. Es la hora en la que todos nos retiramos.

—Qué conveniente.

El caballero se hizo el sordo a sus palabras. Continuó seleccionando herramientas de entre el montón. Vega echó la cabeza hacia atrás.

—¡No quiero hacer eso! —renegó—. Debe haber otra manera.

—Los berrinches no funcionan conmigo, princesita.

—¡No pienso trepar una pared a plena luz del día!

—Está atardeciendo.

—¡¿Eso qué tiene que-

Su voz se cortó al momento en que él sacó un puñado de telas de su bolsa. Tomó una de extremo a extremo y la dejó extenderse hasta descubrir una prenda. Café. Su color enemigo. Y como si fuera poco, dos tubos cosidos con mediocridad entre sí. La sangre le cayó a los pies.

—No planeas que...

—Mira, nunca me he puesto un corsé —dijo sin apartar la vista de la ropa, exponiéndola como si fuera lo último en moda—, pero estoy casi seguro de que un cinturón aprieta menos que varas contraídas de metal.

Vega estaba a punto de desnucarlo.

—Además, ¿piensas subir a una ventana con tus lanas finas?

—No es lana, es terciopelo. —Se acercó y tiró del pantalón de un arrebato.

Haze adoptó una mueca tan triste como ridícula.

—Y para empezar —siguió Vega—, ¡¿cómo me crees capaz de subir por la ventana?!

—Bueno, sé la distracción y prepárate para recibir otra cachetada.

—No toques ese tema.

—Entonces confórmate con el plan. Subes por la ventana mientras yo los distraigo y tomas el libro.

—¿No es muy arriesgado? ¿Para un brujo exponerse a los dos príncipes más sanguinarios en esta guerra? Digo, yo sí pude notar tu magia.

—No lo notarán. Y a ti tampoco, si te hace sentir mejor.

Haze metió su mano a la bolsa, golpeando y sacudiendo lo que parecieron ser metales y vidrios. Entonces, su mano emergió con un frasco tubular con un líquido transparente. Pero al estudiarlo más de cerca, se apreciaban destellos finos, iguales al reflejo de un diamante.

Haze se lo ofreció a Vega para después seguir esculcando en su bolsa para encontrar la segunda.

—¿Qué es eso? —dijo sin quitar la mirada del peculiar objeto.

—Logré crear una poción para pasar desapercibidos. Dos, mejor dicho.

—¿Entonces también eres alquimista?

—Uno tiene que aprender para sobrevivir.

—¿Seremos invisibles?

—No, desapercibidos.

—¿Y cuál es la diferencia?

—¿Has oído el cuento de la Cenicienta?

—Poco; está prohibido entre mi familia.

—Bueno, su madrastra y hermanastras no podían reconocerla en el baile por el hechizo.

—¿Entonces no te reconocerán?

—Solo mis ojos perderán su brillo.

—¿Lo usas siempre entonces?

—Tienes una curiosidad peligrosa.

—¿No es así como se sobrevive?

Haze se dirigió hacia ella, esperando su expresión arrogante, y aunque la halló, se trataba de una sonrisa más triunfante que verdaderamente altanera. Sin darse cuenta, esbozó una sonrisa, aceptando el juego.

— Astuta. Pero no, estas tienen otro efecto.

Al cabo de un rato encontró el otro frasco.

—Bien, solo tenemos estas dos. Tómala en el momento adecuado. No dura hasta la medianoche como en el cuento.

—Ja, ja.

—Yo no me reiría, alteza. El efecto solo dura quince minutos.

—¡¿Qué?! ¡Haze!

—No pude hacer más tiempo que eso.

—¡¿Pero quince minutos?! ¡No sé ni escalar por una cuerda!

—Sí, tal vez sí debí enseñarte.

—¡¿Tal vez?!

—Mira, ya repasamos el plan. Adaptate y no te quejes.

— Qué fácil para tí decirlo.

Haze tomó una cuerda deshilachada, lanzándola contra su pecho. Vega retrocedió por el impacto.

—Haze, por favor.

—La vida no es amable, princesa.

Tomó su propia soga, asegurándola con dos tirones y lanzándola por el balcón sin otra palabra, abandonando a la pobre chica en su dilema.

Vega entrelazó sus dedos en su cabello. Era un plan que, por más que Haze proclamara sencillo, su poca habilidad la podría condenar a las peores sentencias. Sus ojos encontraron el harapiento pantalón que el caballero le ofreció. Sus manos bajaron con pesadez por su cara.



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En el texto hay: magia, thriler, #romantasy

Editado: 20.01.2026

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