El Legado de los De' Rosas

Quince

Pasaron los dos días. La luna perdió brillo al subir al cielo. Él volvió, envuelto de pies a cabeza en una caperuza, portando un cinturón de cuero que sostenía una bolsa de lino tintineante y una espada de plata enfundada, cuya empuñadura mostraba el signo de una mariposa.

Sus ojos azules centelleaban cautelosos bajo la misma sombra de hacía unos días. Su mano giraba una daga adornada con pedernales, ya impaciente por la llegada de su compañera.

Asomó la cabeza una vez más. No hubo señal de Vega. Empuñó el arma con dureza.

Ya debería estar aquí —pensó, conteniendo un gruñido.

Volvió a asomar la cabeza con la esperanza de que apareciera su silueta. Nada. Dio un bufido, dando un puñetazo en la pared y un último vistazo al pasillo.

Resignado, salió de su escondite a pasos ligeros hasta llegar a la pared donde Vega hizo aparecer los pasillos. Tentó el tapiz, plano a simple vista, donde la última vez Vega había hallado el mecanismo con un bulto.

Fue extraño. Frotar la pared como un tonto. Si fuera visto, sería abandonado ahí como un demente, o al menos él lo pensó así. Cerca de su rodilla, sintió apenas cómo su palma se alzó sobre la pared. La razón le dijo que lo presionara. Aplicó más fuerza de la que pensó. Un crujido rocoso emergió de la pared y, al cabo de unos segundos, esta tembló ligeramente, dejando al descubierto una ranura que revelaba un fragmento de los pasadizos.

Dio una caminata; sus ojos azules iluminaron el camino sin dificultad, deteniéndose en la primera división de rutas. Suspiró exasperado. Por un momento, pensó en la eternidad que pasaría en el laberinto hasta que Vega lo encontrase, hasta que denotó algo más que barro y tierra debajo de él. Un pétalo blanco. Al lado, una nota.

Solo síguelos. Recógelos todos, sin excepción”.

“P”.

—P —pronunció él—. Vaya dedicatorias.

Pasó una mano por su rostro. Siguió el camino de pétalos sin objeción, recogiendo cada uno por cada ruta nueva que tomaba. Después de un rato, una luz débil y temblorosa se asomó por una de las entradas. Había otro pétalo en su esquina. Tenía que ser Vega.

Entró y, a unos pasos, estaba ella, sentada, tomando un pedazo de carbón y esparciéndolo por un pergamino. Frente a ella, la mítica frase recién descubierta.

Vega imitaba a la perfección cada curva, cada punto. Ella tan precisa y la frase tan larga que apenas llevaba copiada la mitad.

—¿Vega?

Su cuerpo dio un brinco, sus pupilas temblaron, hasta que reconoció la silueta del caballero. Se acercó una mano al pecho.

—Haze —tomó aire—. Estás aquí.

—Sí —respondió sin mucho titubeo—.¿Cuánto tiempo llevas aquí abajo?

—Unos quince minutos, tal vez.

—¿Y por qué no te vi pasar?

—Tomé otra ruta —dijo, volviendo a sus escritos.

Haze alzó las cejas, genuinamente sorprendido.

—Así que esto tiene más entradas.

—Ajá.

—¿Por qué no me dijiste?

Vega giró su cabeza lentamente; su ceja alzada decía la respuesta por sí sola. Haze rodó los ojos con una sonrisa agria en los labios, creyéndose tonto por un momento.

—Bien, tienes razón.

Se recargó en la pared, a las espaldas de la princesa.

—¿Tardarás mucho?

—Tal vez otros cinco minutos; la frase es algo larga.Haze solo asintió.

Pasó un minuto donde solo se percibió el sonido del carbón raspando la textura del papel. El detallismo de Vega seguía palpable en cada uno de sus trazos. Haze asintió para sí mismo, admirado. El silencio ya comenzaba a pesar entre ellos, incluso para que ella alzara la palabra primero.

—¿Fuiste a tu hogar al final?

—¡Oh! Sí.

—¿Qué tan lejos es?

—Casi hacia la frontera.

—¿Saliste con la autorización de mi hermano? ¿Y hasta la frontera?

—Tenía guardadas unas de estas.

Vega giró su cabeza, oyendo un choque cristalino. No esperaba mucho, hasta que Haze le reveló piedras de esmeralda brillando etéreas sobre su palma. Sus labios se abrieron ligeramente, mirando incrédula hacia sus ojos para después volver a las joyas.

—¿Esmeraldas? —Frunció el ceño.

—No exactamente. Digo, sí son esmeraldas, solo que estas solo se consiguen en las minas prohibidas.

Se arrodilló hacia Vega, extendiéndole su mano para que le fuera más fácil admirar las joyas. Vega extendió insegura su dedo hacia ellas.

—Son bonitas. Su brillo también.

—Son para crear portales —siguió él.

—¿Cómo lo haces? —Vega se atrevió a tocar una.

—Con lanzarlas al suelo basta. Solo necesitas visualizar bien el lugar a donde quieras ir.

—¿Cualquier persona las puede utilizar? —Sus dedos tentaron con libertad las piedras, una añoranza naciendo tras sus pupilas. Hasta que él contestó:

—No, solo un cristal.

Haze notó cómo el brillo de sus ojos desapareció; su propio brazo se volvió más pesado. Sonrió.

—¿Las querías para salir de tu torre, princesa?

Vega frunció los labios en una sonrisa, volviéndose al escrito sin contestar a la broma. Haze se congeló por completo con lo que acababa de pasar. Jamás creyó que Vega perdiera sin querer dar guerra primero. Tragó saliva, incómodo, dejando las joyas en la bolsa e incorporándose nuevamente sobre la pared.

Se recargó sobre su hombro, observándola nuevamente escribir con la misma dedicación. Desde hacía dos días, la Vega que disfrutaba sacarlo de quicio se había transformado en una joven con pensamientos que él aún no podía descifrar. Y no quiso indagar de más, si no hubiera recordado ese detalle no tan pequeño respecto al lugar donde estaban.

—Oye.

—¿Hum? —cuestionó ella sin girarse.

—¿Puedo preguntar algo?

—Claro —respondió sin darle importancia.

Haze sintió un nudo en el pecho.

—¿Por qué mentiste sobre que este lugar era desconocido?

—No mentí.—Entonces, ¿quiénes eran los que nos perseguían la otra noche?



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En el texto hay: magia, thriler, #romantasy

Editado: 06.02.2026

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