El sol del Egeo bañaba las humildes casas de piedra de Olenos, un pueblo costero anclado en la tradición y el temor reverencial a los dioses del Olimpo. Gideon, un joven de veinte años con la fuerza forjada en el trabajo del campo y la agilidad aprendida en los senderos escarpados, se afanaba en reparar una red de pesca desgarrada por la furia del mar. Su rostro, curtido por el salitre y el sol, reflejaba una mezcla de inocencia y una inquietud latente que no sabía nombrar.
Su madre, Asora, una mujer de mirada profunda y gestos serenos, observaba desde el umbral de su modesta morada. Sus manos, marcadas por los años y el sacrificio, tejían con una destreza hipnótica un manto que parecía capturar la luz misma del crepúsculo. Desde hacía semanas, un velo de preocupación se había posado sobre ella, un presagio que Gideon no lograba descifrar.
—Madre, ¿estás bien? —preguntó Gideon, su voz resonando con la familiaridad de una vida compartida.
Asora levantó la vista, y por un instante, sus ojos parecieron albergar un secreto ancestral, tan antiguo como las montañas que rodeaban Olenos. —Gideon, mi hijo… Hay algo que debo contarte. Algo que debí haberte dicho hace mucho tiempo.
El corazón de Gideon dio un vuelco. La urgencia en la voz de su madre, la forma en que sus manos se detuvieron sobre el tejido, todo apuntaba a una revelación trascendental.
—¿Qué sucede, madre? —insistió.
Asora se acercó a él, sus ojos clavados en los suyos, buscando una fuerza que sabía que él poseía, aunque él mismo la desconociera. —Sé que siempre has sentido una conexión… diferente. Una fuerza que te impulsa, un destino que parece ir más allá de estas costas.
Gideon asintió lentamente. Había momentos, en medio de una tormenta o en el fragor de una disputa, en que sentía una oleada de poder recorrerlo, una intuición que lo guiaba con una precisión sobrenatural.
—Hace muchos años —continuó Asora, su voz ahora apenas un susurro cargado de emoción—, antes de que te concibiera, mi vida dio un giro inesperado. Un encuentro… que cambió mi destino y el tuyo para siempre.
Se detuvo, tomando una profunda bocanada de aire, como si las palabras fueran pesadas de pronunciar. —El rey de los dioses, el poderoso Zeus, no solo gobierna el Olimpo, sino que a veces desciende a la tierra, buscando placeres fugaces. Y en una de esas ocasiones, nuestros caminos se cruzaron.
Las palabras de Asora cayeron sobre Gideon como un rayo. ¿Zeus? ¿El gran Zeus, padre de dioses y hombres? La idea era tan monumental que rozaba lo inverosímil, y sin embargo, algo en la solemnidad de su madre, en la verdad que ardía en sus ojos, le decía que era cierto.
—Tú, Gideon, eres su hijo. Un hijo bastardo, sí, pero un hijo de Zeus al fin y al cabo.
El mundo de Gideon se tambaleó. De ser un simple pescador de Olenos, se veía catapultado a un linaje de poder divino. Pero con ese descubrimiento, también llegó la sombra de la peligrosidad.
—¿Por qué me dices esto ahora, madre? —preguntó, la confusión dando paso a una incipiente aprehensión.
—Porque el destino te llama, Gideon —respondió Asora, su voz firme ahora—. Los secretos de tu nacimiento no permanecerán ocultos para siempre. Hera, la esposa de Zeus, no perdona las infidelidades de su esposo, y menos aún a los frutos de sus encuentros. Y hay otros, que envidian el favor divino, que buscarán tu perdición.
Mientras Asora hablaba, una figura sombría se deslizó entre las sombras de los olivos que bordeaban el pueblo. Era Lyra, una hechicera exiliada de Tesalia, cuyos ojos, acostumbrados a la oscuridad, escrutaban con avaricia la escena. Había sentido la resonancia del poder de Zeus emanando de la humilde cabaña, una señal que la impulsaba a desenterrar secretos.
De repente, un aullido salvaje rompió la quietud de la tarde. De las colinas descendieron tres figuras cubiertas con pieles de lobo, sus rostros ocultos bajo capuchas. Portaban arcos y flechas, y sus intenciones eran inequívocas. Los Hijos de la Luna, un culto fanático devoto de Artemis, que despreciaban cualquier unión entre mortales y dioses, excepto la de su patrona.
—¡No permitirán que el linaje de Zeus prospere en la tierra de los mortales! —exclamó Asora, empujando a Gideon hacia el interior de la casa—. ¡Debes huir, hijo mío!
Gideon, aturdido pero con la adrenalina comenzando a fluir, sintió una nueva determinación nacer en su interior. No era solo un pescador. Era el hijo de Zeus, y no se doblegaría ante el miedo.
—No huiré, madre —dijo, su voz resonando con una fuerza que sorprendió incluso a Asora—. Si soy quien dices que soy, enfrentaré lo que venga.
En ese preciso instante, las flechas silbaron en el aire, impactando contra la puerta de madera. Lyra, satisfecha de haber localizado su objetivo, se retiró sigilosamente, la promesa de un gran poder brillando en sus ojos oscuros. Los Hijos de la Luna avanzaban, sus rostros ahora visibles, tensos por la caza.
Asora, con una determinación férrea, agarró un viejo amuleto de su cuello, un símbolo de protección que había pertenecido a su propia madre. —Por los dioses que te dieron la vida y por los que te odian, mi hijo, que este juramento de protección te acompañe. No estarás solo.
La noche caía sobre Olenos, y con ella, el principio de una odisea que llevaría a Gideon a través de un mundo de dioses celosos, mortales ambiciosos y fuerzas primigenias que amenazaban con desgarrar el orden del cosmos. Su vida como simple pescador había terminado. Su destino como hijo de Zeus acababa de comenzar…