El eco de las flechas impactando contra la madera de la cabaña aún resonaba en los oídos de Gideon, pero el instinto de supervivencia había tomado el control. Empujado por su madre, salió por la puerta trasera, un estrecho sendero que se perdía entre los campos de olivos y viñedos. Detrás de él, escuchó los gritos de furia de los Hijos de la Luna al darse cuenta de su huida.
Asora, con el amuleto brillando débilmente contra su pecho, le lanzó una pequeña bolsa de cuero. —Toma esto, Gideon. Contiene algunas monedas, un poco de pan y un trozo de queso. No es mucho, pero te mantendrá alimentado. Busca a Kaelen en el puerto de Ítaca. Él te ayudará.
—¿Kaelen? ¿Quién es Kaelen? —preguntó Gideon, su mente acelerada tratando de asimilar la información.
—Un viejo amigo… de tiempos más complicados. Es un hombre astuto, curtido por la vida en el mar. Te reconocerá por la marca que llevas. —Asora señaló un pequeño lunar con forma de rayo en la muñeca de Gideon.
—¿Y tú, madre? —inquirió Gideon, su voz teñida de preocupación.
—Yo me quedaré. Debo distraerlos, darte tiempo. Ve ahora, hijo. ¡Ve y vive tu destino!
Con un último vistazo a su madre, cuya figura se difuminaba en la creciente oscuridad, Gideon corrió. El camino hacia Ítaca era largo y peligroso, especialmente para un joven que de repente se encontraba huyendo. El aire fresco de la noche le picaba en la cara, pero el calor de la adrenalina lo mantenía en movimiento. Cada sombra le parecía un enemigo, cada crujido de ramas un acecho.
Mientras tanto, en las afueras de Olenos, Lyra, la hechicera, observaba con una sonrisa cruel cómo los Hijos de la Luna registraban la cabaña de Asora. Había sentido la energía de Zeus, sí, pero también la de un mortal con un potencial latente. Y ella ansiaba ese poder, o al menos, la oportunidad de subyugarlo. No le importaba la verdad del nacimiento de Gideon, solo su utilidad.
Lyra poseía el don de la manipulación de las sombras y una astucia tan afilada como el obsidiana. Había sido desterrada de su tierra natal por sus experimentos prohibidos, y ahora buscaba un nuevo camino hacia el poder. Un hijo de Zeus, inexperto y vulnerable, era la pieza perfecta en su maquiavélico juego. Si podía controlar a Gideon, o al menos, dirigir su poder hacia sus propios fines, las puertas del Olimpo podrían abrirse ante ella.
Viajó con la agilidad de una serpiente, utilizando caminos ocultos y encantamientos menores para moverse sin ser vista. Su objetivo era alcanzar a Gideon antes que él llegara a Ítaca, o al menos, seguir sus pasos y observar. Conocía la debilidad de los Hijos de la Luna: su fanatismo los hacía predecibles. Pero el joven semidiós era una incógnita, una variable que debía ser controlada.
Al amanecer, Gideon llegó a las costas del Mar Jónico. La ciudad de Ítaca se erigía majestuosa ante él, un crisol de mercaderes, marineros y soldados. El puerto estaba abarrotado de barcos de todas las formas y tamaños, un bullicio de vida que contrastaba con el silencio opresivo de su huida.
Desorientado y hambriento, se acercó a un grupo de pescadores que reparaban sus redes. —Disculpen, ¿saben dónde puedo encontrar a un hombre llamado Kaelen? Un hombre de mar, quizás un tanto rudo…
Uno de los pescadores, un hombre corpulento con una barba canosa, lo escaneó de arriba abajo. —Kaelen, ¿eh? El viejo lobo de mar… Suele estar en la taberna "El Ancla Oxidada", al final del muelle. Pero no esperes que te reciba con los brazos abiertos si no tienes un buen motivo para buscarlo.
Gideon agradeció al pescador y se dirigió hacia la taberna indicada. El olor a pescado frito, vino rancio y sudor llenaba el aire. El lugar estaba lleno de marineros borrachos y mercenarios de mirada dura. Con el corazón latiéndole en el pecho, Gideon buscó entre la multitud. Y allí, sentado solo en un rincón, con una cicatriz que le cruzaba el rostro y unos ojos que habían visto demasiadas tormentas, estaba Kaelen.
Se acercó con cautudín. —Disculpe, ¿es usted Kaelen?
El hombre levantó la vista, sus ojos penetrantes como dos fragmentos de hielo. Observó a Gideon detenidamente, y una chispa de reconocimiento pareció encenderse en su mirada. —Depende de quién pregunte, muchacho. Y por qué.
Gideon se quitó el guante improvisado y mostró la marca de su muñeca. —Mi madre, Asora, me dijo que usted podría ayudarme. Dijo que me reconocería por esto.
Kaelen se inclinó, sus ojos fijos en la pequeña marca con forma de rayo. Una expresión indescifrable cruzó su rostro
—¿Asora? Hace mucho tiempo que no oía ese nombre. Y esa marca… —Se irguió, su tono cambiando drásticamente. —Muchacho, tienes un linaje más peligroso de lo que imaginas.
Mientras Kaelen hablaba, Lyra se aproximaba al puerto, disfrazada con el atuendo de una mercader de especias. Había seguido el rastro de Gideon desde Olenos y ahora observaba la entrada de "El Ancla Oxidada". Sabía que el encuentro con Kaelen sería crucial. Si Kaelen protegía al chico, su plan se complicaría. Si no… el poder de Gideon podría ser suyo.
—Escucha con atención, joven —dijo Kaelen, su voz baja y grave—. Tu vida acaba de dar un giro irrevocable. El mundo de los dioses está mucho más cerca de ti de lo que crees, y no todos te darán la bienvenida. Hay fuerzas que te querrán muerto antes de que puedas siquiera comprender tu propio poder.
En ese momento, un grupo de hombres con la insignia del Águila Imperial, el emblema del rey de Esparta, Leonidas, entró en la taberna. Buscaban desertores, pero sus miradas se posaron en Gideon. Habían recibido rumores sobre un joven con una marca inusual huyendo de Olenos.
—¡Tú ahí! —gritó el líder de los espartanos, un guerrero formidable con una armadura reluciente—. ¿Tienes algo que decirnos?
Gideon sintió el pánico regresar, pero la mirada firme de Kaelen le dio una pizca de calma. La sombra de Lyra se cernía en el exterior, esperando el momento oportuno para intervenir, ya fuera para ayudar o para observar la caída del joven semidiós. La red de peligros comenzaba a cerrarse sobre Gideon, y su viaje apenas había dado sus primeros pasos...