El grito del líder espartano rompió la relativa calma de "El Ancla Oxidada". Los ojos de Gideon se posaron en el hombre, sintiendo una mezcla de temor y rabia. El camino a Ítaca se había convertido en una trampa. Kaelen, con una rapidez sorprendente para su edad, se interpuso entre Gideon y los soldados espartanos.
—Este joven está bajo mi protección —sentenció Kaelen, su voz resonando con una autoridad nacida de innumerables batallas y negociaciones turbias—. No le debéis nada a vuestro rey en estas aguas.
El líder espartano soltó una carcajada áspera. —La protección de un viejo contrabandista no vale nada frente a la ley espartana. ¿Quién es este muchacho? ¿Lo has traído de contrabando para algún noble?
Mientras la tensión aumentaba, las sombras en el exterior de la taberna comenzaron a agitarse. Lyra, observando desde la distancia, calculaba sus movimientos. Permitir que los espartanos se llevaran a Gideon sería un error. Su plan requería que el joven estuviera vivo y, preferiblemente, desorientado.
Antes de que el líder espartano pudiera responder a Kaelen, un nuevo grupo irrumpió en la taberna. No eran soldados, sino hombres de aspecto rudo, vestidos con pieles de lobo, los mismos que Gideon había visto en las colinas de Olenos. Liderados por un hombre imponente con una cicatriz en forma de media luna en la mejilla, portaban arcos y hachas de guerra. Eran los Hijos de la Luna, el culto fanático que había atacado su hogar.
—¡Nadie se moverá! —rugió el líder de los Hijos de la Luna, su voz un eco salvaje—. ¡El semidiós profano está aquí! ¡Artemis nos guía para purificar esta tierra!
El caos estalló. Los Hijos de la Luna atacaron sin previo aviso. Los espartanos, sorprendidos pero preparados para la batalla, desenvainaron sus espadas. La taberna se convirtió en un campo de batalla improvisado. Gideon, atrapado en medio del fragor, sintió que su instinto de supervivencia se activaba. Kaelen lo agarró del brazo.
—¡Esto es lo que te dije! ¡El destino te persigue! ¡Por aquí!
Kaelen guió a Gideon a través de un pasadizo secreto detrás de la barra, un túnel estrecho y oscuro que olía a humedad y moho. Mientras se adentraban en las entrañas de la ciudad, los sonidos de la lucha resonaban en sus espaldas.
—¿Quiénes son esos hombres? —preguntó Gideon, tratando de recuperar el aliento.
—Los Hijos de la Luna —respondió Kaelen, su voz tensa—. Un culto salvaje que adora a Artemis y odia todo lo que no sea "puro". Te culpan de alterar el orden divino.
Se detuvieron en una pequeña cámara subterránea, iluminada por antorchas que proyectaban sombras danzantes. Allí, esperándolos, se encontraba una mujer joven, con una armadura ligera y una mirada decidida. Llevaba un arco corto a la espalda y su cabello oscuro estaba recogido en una trenza apretada.
—Kaelen, ¿has traído al chiquillo? —preguntó la joven, su voz firme y directa.
—Este es Gideon, hija de Asora —dijo Kaelen, presentando a Gideon—. Y esta es Elena, mi hija. Elena, él es Gideon.
Elena estudió a Gideon con una intensidad que lo hizo sentir desnudo. Había algo en sus ojos, una mezcla de curiosidad y cautela, que le recordaba a su madre.
—Mi padre me ha contado cosas de tu madre —dijo Elena, su tono ligeramente más suave—. Asora era una mujer fuerte. Espero que tú también lo seas.
En ese momento, se escuchó un temblor en el suelo. Lyra, la hechicera, había decidido actuar. No le interesaba la pelea entre espartanos y Hijos de la Luna; su objetivo era el poder de Gideon. Con un gesto, invocó una densa niebla oscura que se extendió rápidamente por las calles de Ítaca, envolviendo la taberna y sus alrededores.
La niebla no era solo un truco visual; estaba impregnada de magia que confundía los sentidos y debilitaba la voluntad. Los espartanos y los Hijos de la Luna, sumidos en la oscuridad sobrenatural, comenzaron a atacarse entre sí, desorientados y temerosos.
—¡Maldición! —exclamó Kaelen—. ¡Es la Maga de las Sombras!
—¿Quién? —preguntó Gideon, sintiendo una punzada de pánico al recordar la figura que había visto en Olenos.
—Lyra —respondió Elena con rabia—. Ha estado merodeando por la costa últimamente, buscando algo… o a alguien. Su magia es peligrosa.
En ese instante, un rugido ensordecedor resonó desde el exterior. No era humano, ni de lobo. Era un sonido primal, antiguo, que hizo vibrar los cimientos de la tierra. Era un grifo, una criatura majestuosa y aterradora, con el cuerpo de un león y la cabeza y alas de un águila, cuyas garras estaban recubiertas de un aura sombría.
—¡No puede ser! —exclamó Kaelen, con los ojos desorbitados—. Lyra ha invocado a un grifo de las sombras. ¡Esto es mucho más grave de lo que pensábamos!
Lyra, montada sobre la criatura, observaba con una sonrisa triunfal. La confusión y el caos eran sus aliados. El grifo, bajo su control, era una fuerza devastadora. Su objetivo era capturar a Gideon, o al menos, forzarlo a revelar la magnitud de su poder.
—¡Gideon! —la voz de Lyra resonó a través de la niebla, amplificada por la magia—. ¡Entrega tu poder y te perdonaré la vida! ¡O perece junto a estos mortales insignificantes!
Gideon sintió una furia helada recorrerlo. La presencia de Lyra, su desprecio por la vida humana y su ambición por su poder, lo enfurecieron. Miró a Kaelen, luego a Elena. No estaba solo.
—No te saldrás con la tuya, Lyra —gritó Gideon, sorprendiéndose a sí mismo con la audacia de sus palabras.
Elena, viendo la determinación en los ojos de Gideon, sacó una daga de su cinturón. —Mi padre tiene un barco, el "Céfiro Veloz". Si podemos llegar a él, podremos escapar de esta pesadilla.
Kaelen asintió con determinación. —Yo me encargaré de distraer a tu padre, Elena. Tú, muchacho, ven conmigo. Necesitas aprender a controlar esa fuerza que llevas dentro si quieres sobrevivir.
Mientras Kaelen y Elena se preparaban para la acción, Lyra y su grifo descendían, sus sombras cubriendo la tierra. La verdadera naturaleza del peligro al que se enfrentaba Gideon estaba empezando a manifestarse, y el joven semidiós se dio cuenta de que su viaje no solo sería una huida, sino una lucha por su propia existencia, una batalla contra fuerzas que iban más allá de su comprensión...