El retumbar se hizo más intenso, sacudiendo los cimientos mismos de la antigua cámara. La luz del astrolabio parpadeaba, proyectando sombras danzantes que parecían retorcerse y cobrar vida propia. Gideon sintió una oleada de adrenalina recorrer su cuerpo. La advertencia de Minos sobre la prueba era más que una metáfora; algo terrible se acercaba.
De las profundidades del laberinto, un rugido inhumano se alzó, una mezcla de furia y agonía que heló la sangre de cualquiera que lo oyera. Las paredes de piedra vibraron, y Gideon pudo sentir una presencia poderosa y primigenia acercándose.
—¡El Minotauro! —gritó Elena, su mano firmemente aferrada a la empuñadura de su espada—. ¡Debemos luchar, padre!
Kaelen asintió, su rostro una máscara de concentración. Había luchado contra piratas, bestias marinas y mercenarios despiadados, pero la aura de pura salvajería que emanaba de la oscuridad era diferente. Era antigua, casi divina en su ferocidad.
Minos, el guardián, permanecía sereno junto al astrolabio. —El Minotauro es una criatura de fuerza bruta y rabia indomable. No puede ser derrotado solo con la fuerza. Necesitaréis astucia, y la chispa divina que llevas dentro, Gideon.
Justo en ese momento, una figura descomunal emergió de un oscuro corredor. Era el Minotauro, una criatura aterradora de aspecto bovino, con un cuerpo musculoso de hombre y una cabeza de toro con cuernos afilados. Sus ojos, como ascuas ardientes, se fijaron en Gideon, el semidiós que su propio linaje demoníaco percibía como una amenaza.
El Minotauro cargó con una velocidad sorprendente para su tamaño, su cuerno apuntando directamente a Gideon. Kaelen, con un grito, se interpuso, lanzando un dardo certero que impactó contra el flanco de la bestia. El dardo rebotó inofensivamente contra la piel gruesa del Minotauro.
—¡Es inútil! —gritó Kaelen, retrocediendo—. ¡Sus cuernos son demasiado duros para mis armas!
Elena, con la agilidad de un felino, esquivó un segundo embate del Minotauro, intentando herirlo en las piernas con su daga. Sin embargo, la bestia giró con una rapidez inesperada, y sus cascos golpearon el suelo con una fuerza que hizo temblar a Elena, enviándola hacia atrás.
Gideon, sintiendo la presión de la batalla y el terror latente, recordó las palabras de su padre: "domina la chispa que llevas dentro". Cerró los ojos, concentrándose en la energía que bullía en su interior. Pensó en el rayo, en la furia controlada de Zeus. Abrió los ojos, y una leve aura dorada comenzó a envolverlo.
—¡Ahora, Gideon! —exclamó Minos, señalando el astrolabio—. ¡La energía de las estrellas puede amplificar tu poder! ¡Toca el artefacto y canaliza tu fuerza!
Con una mezcla de esperanza y desesperación, Gideon corrió hacia el astrolabio. El Minotauro, al ver su objetivo dirigirse hacia el pedestal, arremetió de nuevo, decidido a impedir que el joven semidiós accediera a su poder.
Justo cuando el cuerno del Minotauro estaba a punto de alcanzar a Gideon, este puso ambas manos sobre el astrolabio. Una oleada de energía pura recorrió su cuerpo. Las intrincadas tallas del artefacto brillaron intensamente, y un torrente de luz dorada emanó de él, envolviendo a Gideon.
Sintió el poder de Zeus fluir a través de él, como un río caudaloso. Era abrumador, pero también familiar. Extendió una mano hacia el Minotauro, y un rayo de energía dorada salió disparado, impactando directamente en la cabeza de la bestia. El Minotauro rugió de dolor y sorpresa, retrocediendo tambaleándose.
—¡No es suficiente! —gritó Elena—. ¡Necesita más!
Minos señaló una sección del astrolabio, donde una constelación desconocida brillaba con especial intensidad. —Esa es la constelación del Fénix. Representa el renacimento, la resistencia. ¡Concéntrate en ella, Gideon! ¡Busca esa fuerza en tu interior!
Gideon, con el sudor corriendo por su frente, se concentró en la constelación indicada. Imaginó la llama del fénix, la resiliencia, la capacidad de renacer de las cenizas. Sintió una nueva oleada de poder, más cálida y controlada, llenar su cuerpo.
El Minotauro, recuperado de la embestida, volvió a cargar, pero esta vez, Gideon estaba listo. Extendió ambas manos, y un torrente de energía dorada, con destellos de fuego blanco, surgió del astrolabio, impactando de lleno contra el Minotauro. La fuerza era tan colosal que la bestia fue lanzada hacia atrás, estrellándose contra la pared del fondo de la cámara, creando una gran grieta.
El Minotauro intentó levantarse, pero su cuerpo parecía debilitado, su energía drenada. Gideon, sintiendo la victoria al alcance, dio un paso más. Concentró toda su voluntad, toda la esencia de su herencia divina, en un único impulso.
—¡Esto es por todos los que has herido! —gritó, y lanzó un rayo final, más potente que los anteriores, que se estrelló contra el corazón del Minotauro.
Un grito desgarrador, seguido de un estruendo ensordecedor, resonó en la cámara. El cuerpo del Minotauro, expuesto a la energía divina, comenzó a desintegrarse en polvo dorado, que se elevó y se disipó en el aire, dejando solo el eco de su antigua existencia.
El silencio volvió a reinar en la cámara, roto solo por la respiración agitada de Gideon, Kaelen y Elena. El astrolabio dejó de brillar, su energía momentáneamente agotada.
Minos se acercó a Gideon, con una expresión de aprobación en su rostro arrugado. —Lo has logrado, joven semidiós. Has demostrado que la fuerza de Zeus, guiada por la sabiduría y la compasión, puede superar incluso a las criaturas más oscuras.
Gideon, agotado pero victorioso, se tambaleó ligeramente. La fuerza que había liberado lo había dejado vacío, pero también lleno de un nuevo entendimiento de su propio potencial.
—He superado la prueba —dijo Gideon, su voz aún ronca—. Ahora… ¿puedo aprender sobre los Hijos del Amanecer? Y sobre cómo controlar esto… —Señaló sus manos, donde aún sentía el eco del poder.
—Sí, Gideon —respondió Minos—. Has abierto la puerta al conocimiento. Ahora, permíteme mostrarte los verdaderos secretos del laberinto, y el camino hacia el Amanecer. Pero recuerda, el poder que has desatado no pasará desapercibido. Lyra y otros con intenciones menos nobles ya sienten la vibración.