Tras la victoria sobre el Minotauro, la cámara subterránea pareció transformarse. Los muros de piedra agrietados por la batalla se iluminaron con grabados que antes eran invisibles, revelando intrincados mapas estelares y símbolos arcanos. Minos, con una sonrisa enigmática, señaló uno de los pasajes que se abrían a una nueva sección de las ruinas.
—Bienvenidos, ahora sí, al verdadero corazón de nuestro santuario —dijo Minos, su voz amplificada por la resonancia de los muros encantados—. Aquí es donde los Hijos del Amanecer han custodiado el conocimiento durante siglos. Y aquí es donde tú, Gideon, comenzarás tu camino.
Los condujo a través de un corredor flanqueado por estatuas de antiguos guerreros y sabios, cada uno con una expresión de serena vigilancia. Llegaron a una vasta biblioteca subterránea, donde incontables pergaminos y tablillas de arcilla se apilaban en estanterías talladas en la roca. El aire estaba cargado de un aroma a polvo antiguo y la energía del conocimiento acumulado.
En el centro de la biblioteca, varios individuos aguardaban. Eran hombres y mujeres de diversas edades y procedencias, pero todos compartían una aura de paz y sabiduría. Algunos vestían túnicas sencillas, otros armaduras ligeras, pero en sus ojos brillaba la misma luz de entendimiento que Gideon había vislumbrado en Minos.
—Estos son mis hermanos y hermanas, los Hijos del Amanecer —presentó Minos—. Hemos dedicado nuestras vidas a proteger el equilibrio del mundo, a comprender los designios divinos y a guiar a aquellos que el destino elige.
Una mujer de cabello plateado y mirada profunda se adelantó. —Bienvenido, Gideon. Mi nombre es Lea. Tu linaje es conocido para nosotros. Tu padre, Zeus, nos ha advertido de tu llegada y de la importancia de tu destino.
Gideon se sintió observado, pero no juzgado. Había una calidez en la bienvenida que disipaba parte de su inquietud.
—Gracias por recibirme —respondió Gideon—. Mi padre dijo que ustedes me guiarían.
—Y así será —confirmó Lea—El poder que llevas es inmenso, pero sin control, es un peligro para ti y para el mundo. Aquí aprenderás no solo a manejarlo, sino a comprender su propósito. El astrolabio que has despertado es solo el principio. Es una llave que puede abrir innumerables puertas, tanto de conocimiento como de peligro.
Mientras Lea hablaba, Kaelen observaba a su alrededor, sus sentidos de marinero agudizados. Había algo peculiar en el ambiente, una sensación de que la tranquilidad era frágil, como la calma antes de una tormenta. Elena, por su parte, se sentía intrigada por los pergaminos y la sabiduría que emanaba de los Hijos del Amanecer, pero también cautelosa. Sabía que la paz rara vez duraba mucho en el mundo que ella conocía.
De repente, una sombra cruzó el rostro de Lea. Su mirada se dirigió hacia la entrada de la biblioteca, hacia el pasaje por el que habían llegado.
—Siento una presencia oscura —murmuró—. Una que no pertenece a este lugar.
La misma sensación que Gideon había sentido antes de la llegada del Minotauro, una vibración maligna, comenzó a infiltrarse en la atmósfera serena. El miedo, tan recientemente desterrado, volvió a asomar.
—Lyra —susurró Kaelen, reconociendo la energía.
No tardaron mucho en escuchar el sonido de pasos apresurados, seguidos por la figura de Lyra, acompañada ahora por dos hombres corpulentos y de aspecto amenazador. Uno era alto y delgado, con ojos de serpiente y una túnica cubierta de símbolos oscuros. El otro, fornido y con armadura, portaba una maza de hierro forjado.
—¡Buscaba una biblioteca de secretos, y parece que la he encontrado! —exclamó Lyra, su voz cargada de burla—. Y tú, pequeño semidiós, aún no has aprendido tu lección. ¡El poder de Zeus no es tuyo para juguetear!
—¡Detente, Lyra! —ordenó Lea, interponiéndose entre Gideon y la hechicera—. Este lugar está protegido por la sabiduría de los Hijos del Amanecer. Tus artes oscuras no tienen cabida aquí.
Lyra soltó una carcajada. —¡Sabiduría! ¡Qué ingenuo eres, Lea! El poder es lo único que importa. Y el poder de este niño es mío. ¿O crees que estos débiles custodios pueden detenerme a mí y a mis aliados?
Los dos hombres que acompañaban a Lyra se adelantaron. El delgado, con sus ojos de serpiente, comenzó a murmurar extraños encantamientos, y el aire alrededor de los Hijos del Amanecer se volvió pesado y opresivo. El guerrero con la maza dio un paso amenazante hacia Gideon.
—¡No te permitiremos que profanes este lugar! —gritó Lea, levantando una mano. Una luz dorada emanó de ella, formando un escudo protector alrededor de Gideon, Kaelen y Elena.
La maza del guerrero impactó contra el escudo, pero este resistió, aunque visiblemente tenso. El hombre delgado, cuyo nombre era Silas, continuó sus cánticos, y las sombras de la biblioteca parecieron cobrar vida, retorciéndose hacia los Hijos del Amanecer.
—¡Tu magia no es rival para el conocimiento acumulado durante eones, Lyra! —exclamó Minos, uniéndose a Lea. Una luz plateada surgió de sus manos, neutralizando parte de la oscuridad que Silas invocaba.
Gideon, atrapado dentro del escudo protector, sentía la tensión en el aire. Había aprendido a canalizar el poder, pero no a usarlo de forma ofensiva aún, y mucho menos a defender a otros. Miró a Kaelen y Elena, quienes se mantenían firmes a su lado, listos para la lucha si el escudo cedía.
—Tenemos que hacer algo —susurró Gideon—. No podemos depender solo de ellos.
—Tienes razón —respondió Elena, desenvainando su espada—. Kaelen, tú intenta abrir una distracción. Yo iré por la espalda de ese hechicero. Gideon, tú enfócate en el hombre de la maza.
Mientras Kaelen se movía sigilosamente hacia un lado, Elena se deslizó hacia la oscuridad. Gideon, sintiendo un destello de confianza, se concentró en la energía que había usado contra el Minotauro. No era solo un rayo; era una fuerza que podía repeler, una energía defensiva.