El Legado de Zeus

8~ El Oráculo de Delfos

La noticia de la incursión de Lyra y sus aliados había alterado la calma de la biblioteca cretense. Si bien los Hijos del Amanecer habían logrado repeler el ataque, la advertencia de una presencia aumentada de fuerzas oscuras y la llegada de la guardia cretense los obligaron a tomar una decisión. Era hora de que Gideon continuara su viaje, esta vez hacia la península griega continental.

—La seguridad de este lugar se ha visto comprometida —dijo Minos, mientras observaban un mapa antiguo que mostraba rutas marítimas y terrestres—. Lyra sabrá que has estado aquí. Su búsqueda no cesará. Es imperativo que te dirijas a Delfos.

—¿Delfos? —preguntó Gideon, la palabra evocando imágenes de un sitio sagrado y de profundas profecías—. ¿Por qué allí?

—Delfos es el hogar del Oráculo de Apolo, uno de los más antiguos y poderosos vínculos con el conocimiento divino —explicó Lea—. Allí podrías encontrar información vital sobre los próximos pasos de Lyra, y quizás, obtener una visión más clara de tu propio destino y de cómo fragmentar su poder.

Elena, que había estado examinando un pergamino con detalle, levantó la vista. —He leído sobre Delfos. Se dice que las pitonisas, las sacerdotisas del oráculo, acceden a visiones del futuro a través de vapores sagrados que emanan de las profundidades de la tierra.

—Es correcto —confirmó Minos—. Pero llegar a Delfos no será sencillo. Los caminos están vigilados, y Lyra no será la única que intente detenerte.

Mientras se preparaban para partir, Kaelen organizó la logística, asegurando un barco más rápido y discreto que el "Céfiro Veloz", y equipando a Gideon, Elena y él mismo con provisiones y defensas básicas. La despedida de los Hijos del Amanecer fue solemne. Les entregaron a Gideon varios artefactos menores: un amuleto que disipaba las ilusiones, una brújula mágica que señalaba la proximidad de artefactos divinos, y un pequeño tomo con ejercicios para controlar su aura.

El viaje en barco hacia el continente fue tenso. Cada ola, cada cambio de viento, hacía que Gideon se preguntara si Lyra o sus aliados los seguían. Llegaron a un puerto cercano a las faldas del monte Parnaso, donde se erguía Delfos. El aire era fresco y puro, y una sensación de santidad envolvía el paisaje.

El camino hacia el santuario era un sendero de piedra que ascendía por la ladera de la montaña, bordeado por templos menores y tesoros votivos dejados por peregrinos de antaño. A medida que se acercaban, la energía del lugar se hacía más palpable, una resonancia celestial que hacía vibrar a Gideon.

Sin embargo, al llegar a la entrada principal del santuario, encontraron la escena alterada. La majestuosidad habitual del lugar estaba empañada por la presencia de soldados hoplitas, con sus armaduras relucientes y escudos emblasonados con el símbolo de la serpiente, el emblema de una facción militar que había surgido recientemente, conocida por su fanatismo religioso y su habilidad en la guerra.

Un líder de estos soldados, un hombre de mirada fría y marcada cicatriz en la frente, se adelantó.

—¡Alto! —ordenó—. Nadie entra al santuario sin la aprobación del gran sacerdote de la Serpiente. ¿Quiénes sois y qué buscáis en estas tierras sagradas?

Kaelen, siempre pragmático, intentó negociar. —Solo somos peregrinos en busca de la sabiduría del Oráculo.

El líder soltó una risa seca. —El Oráculo ahora responde a la voluntad de los dioses verdaderos, aquellos que purifican el mundo de la impureza. Y vosotros, con vuestra aura extraña y vuestras intenciones ocultas, parecéis ser precisamente esa impureza.

De repente, del grupo de soldados surgió una figura que hizo que el corazón de Gideon se hundiera. Era Silas, el hombre delgado de ojos de serpiente, vestido ahora con con una túnica sacerdotal. Lyra no estaba presente, pero Silas actuaba como su emisario, su influencia extendiéndose a través de este nuevo culto.

—El joven que buscan los dioses está entre vosotros —anunció Silas, su mirada fija en Gideon—. El hijo de la profanación, nacido de un amor prohibido. Vuestro viaje termina aquí.

Antes de que los Hijos del Amanecer pudieran reaccionar, los soldados hoplitas avanzaron, sus lanzas apuntando al grupo.

—¡No permitiremos que profanen Delfos! —gritó Lea, que había acompañado a Gideon hasta la entrada, camuflada entre los peregrinos. El amuleto de Gideon comenzó a brillar, mostrando que la "profanación" era una ilusión.

La sorpresa de los soldados ante la intervención de Lea y Minos, que también se había unido a ellos sigilosamente, les dio una pequeña ventaja. Sin embargo, Silas, con un gesto, desató una ola de energía oscura que desestabilizó a los Hijos del Amanecer.

—El poder de los dioses verdaderos es inquebrantable —siseó Silas—. Y ahora, el poder de Apolo se doblegará a nuestra voluntad.

Gideon sintió que la energía en Delfos, el poder del Oráculo, estaba siendo distorsionada. Era como si el mismo flujo de la profecía estuviera siendo manipulado. Recordó la fragmentación del poder que Minos le había mencionado. ¿Era esto lo que estaba sucediendo? ¿Lyra, a través de Silas, estaba tratando de controlar el Oráculo?

La lucha estalló en las escalinatas del santuario. Kaelen, con su habilidad marcial, se enfrentaba a varios soldados a la vez. Elena, usando la brújula mágica para anticipar los movimientos de los enemigos, se movía con una agilidad letal. Minos y Lea intentaban contener a Silas y a los soldados, pero la energía oscura que Silas emanaba era poderosa y corrosiva.

Gideon, atrapado en medio del caos, se dio cuenta de que no podía simplemente defenderse. Lyra estaba intentando fragmentar y corromper el poder de Delfos, y él, como un canal potencial del poder divino, era una pieza clave en su plan. Miró el centro del santuario, donde se creía que se encontraba la morada de la Pitia, la sacerdotisa del Oráculo. Si pudiera llegar allí, tal vez podría evitar que Silas corrompiera el flujo de la profecía.



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En el texto hay: fantasia épica, legado, diosesgriegos

Editado: 02.03.2026

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