El Legado Del Devorador

La luz que cayo del cielo

En el recuento de los tiempos mucho antes de que los calendarios aprendieran a contar los siglos, antes de que las casas levantaran sus murallas para protegerse de lo desconocido y de que los hombres decidieran que la historia debía tener fronteras, el mundo era distinto.

La magia no pertenecía a los sabios.

No necesitaba nombres o de otras razas.

Corría por los ríos, dormía bajo las montañas, respiraba dentro de los bosques y se levantaba de la tierra cuando una criatura moría.

Había lugares donde las piedras cantaban durante la noche y otros donde las sombras tenían la costumbre de moverse antes que sus dueños.

Los antiguos pueblos convivían con criaturas que, mucho después, serían convertidas en leyendas.

Entonces el cielo se abrió.

No fue una estrella.

Fue algo mucho mayor.

Una llamarada blanca atravesó las nubes y partió la noche en dos. Los habitantes de los valles salieron de sus casas. Los elfos abandonaron sus torres. Los enanos detuvieron sus martillos. Incluso las criaturas que no conocían el miedo levantaron la cabeza.

Aquello descendió envuelto en fuego celestial.

Cuando tocó tierra, no destruyó el mundo.

Eso fue lo primero que hizo que todos confiaran en él.

Entre el cráter y el humo apareció una figura cuya presencia parecía imposible de odiar. Sus escamas tenían el brillo de constelaciones. Su voz era serena y etérea . Sus ojos no mostraban furia si no amor y compasión.

Parecía salvación.

Y por eso comenzaron a llamarlo de una manera que con el tiempo se convertiría en su título más conocido:

La luz que Cayó de las Estrellas.

La criatura observó el mundo.

No con admiración.

Si no con cálculo.

Había llegado para conquistarlo.

Pero sabía que un mundo conquistado por la fuerza siempre podía rebelarse. Necesitaba algo mejor. Algo más limpio.

Promesas Y engaños.

Se acercó primero a los pueblos que sufrían. Les habló de protección.

A otros les ofreció conocimiento. A los ambiciosos, poder. A quienes tenían miedo, seguridad.

—Puedo hacerlos mejores —susurrava en los oídos de las diferentes razas.

Y muchos quisieron creerle.

No tardó en reunir un conjunto de leales seguidores los cuales nombró "la orden del destello caído" un ejército leal a sus ideales de conquista.

No todos los que marcharon bajo su estandarte eran malvados. Algunos simplemente estaban convencidos de que aquel ser podía construir un mundo sin guerras. Otros habían perdido demasiado y necesitaban creer en algo.




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