El fuego danzaba a su alrededor.
Anaya apenas podía respirar. El calor era intenso, pero extrañamente no la quemaba. Las llamas parecían moverse a su voluntad, formando una barrera entre ella y los encapuchados.
Los hombres retrocedieron.
Por primera vez, parecían tener miedo.
—Es imposible —murmuró uno de ellos.
—La sangre de Priya sigue viva —dijo otro.
Anaya no entendía nada.
Su corazón latía con fuerza mientras observaba sus propias manos. Un resplandor dorado recorría sus dedos como pequeñas corrientes de luz.
—¡Corre! —gritó Sahana.
Las llamas se dispersaron de golpe.
La anciana señaló la trampilla oculta detrás de la chimenea.
Anaya dudó.
—¡No voy a dejarte!
—¡Debes hacerlo!
Uno de los encapuchados avanzó.
Sahana tomó un bastón apoyado contra la pared y golpeó el suelo.
Para sorpresa de Anaya, una onda de energía azul recorrió la habitación.
Los atacantes fueron empujados varios pasos hacia atrás.
La joven abrió los ojos de par en par.
—¿Tú también...?
—Hay muchas cosas que nunca te conté.
La voz de Sahana sonaba cansada.
Demasiado cansada.
Anaya comprendió entonces algo terrible.
La anciana sabía que no saldría de allí.
—No...
—Escúchame.
Las lágrimas comenzaron a caer por las mejillas de Sahana.
—Te encontré cuando eras apenas un bebé. Te prometí que te protegería. Y ahora debes prometerme algo a mí.
Anaya negó con la cabeza.
—No.
—Prométemelo.
Los golpes y los gritos resonaban fuera de la casa.
La aldea estaba cayendo.
—¿Qué quieres que haga?
—Vive.
La palabra quedó suspendida entre ambas.
—Encuentra el Templo del Alba.
Anaya frunció el ceño.
—¿Qué es eso?
—El lugar donde comenzó todo.
Los encapuchados volvieron a incorporarse.
Esta vez eran más.
Figuras oscuras aparecían tras ellos.
Demasiadas.
Sahana respiró profundamente.
—Ahora corre.
La anciana empujó a Anaya hacia la trampilla.
La joven cayó por un estrecho túnel de piedra.
—¡Sahana!
La trampilla se cerró sobre su cabeza.
Lo último que escuchó fue un grito.
Luego, silencio.
El túnel era oscuro y húmedo.
Anaya avanzó a tientas, con el colgante dorado aferrado entre sus manos.
Las lágrimas nublaban su visión.
Todo había sucedido demasiado rápido.
Priya.
La heredera.
Los hombres encapuchados.
La extraña energía.
Nada tenía sentido.
Finalmente vio una luz al final del pasadizo.
Salió al exterior y cayó de rodillas sobre la hierba.
La aldea estaba a cientos de metros detrás de ella.
Desde allí podía ver las llamas elevándose hacia el cielo nocturno.
Su hogar desaparecía entre el fuego.
Y con él, la única familia que había conocido.
Un sollozo escapó de su garganta.
Quería regresar.
Quería salvar a Sahana.
Pero sabía que ya era tarde.
Entonces escuchó un ruido.
Un crujido entre los árboles.
Se puso de pie inmediatamente.
No estaba sola.
Entre las sombras del bosque apareció una figura.
Alta.
Encapuchada.
Inmóvil.
Anaya retrocedió.
El desconocido levantó lentamente las manos para mostrar que no estaba armado.
—Tranquila —dijo una voz masculina—. No he venido a hacerte daño.
—¿Quién eres?
—Alguien que te ha estado buscando durante muchos años.
El miedo volvió a recorrer su cuerpo.
—¿Eres uno de ellos?
—No.
El hombre se quitó la capucha.
Su cabello era oscuro y varias cicatrices cruzaban su rostro.
Pero lo que llamó la atención de Anaya fueron sus ojos.
Eran dorados.
Iguales a los de ella.
—Mi nombre es Kael.
El viento agitó los árboles.
—Y conocí a tu madre.
El mundo volvió a detenerse.
Porque por primera vez tenía delante a alguien que podía contarle la verdad.
Y al mismo tiempo, no sabía si debía confiar en él.