"Hija mía..."
La voz resonó en la mente de Anaya como un eco lejano, pero cargado de una emoción tan intensa que le hizo contener la respiración.
El tiempo pareció detenerse.
El bosque desapareció.
Los sonidos de la batalla se apagaron.
Solo existía aquella voz.
—¿Mamá...? —susurró.
La figura enmascarada y Kael seguían frente a ella, pero ahora parecían imágenes distantes, envueltas en una neblina dorada.
"Escúchame, Anaya."
La joven sintió lágrimas en los ojos.
Había esperado toda su vida para conocer algo sobre su madre.
Y ahora la escuchaba.
"No tengo mucho tiempo."
—¿Dónde estás?
"Ya no pertenezco a este mundo."
Una punzada de tristeza atravesó su pecho.
—Entonces... ¿estás muerta?
Hubo silencio.
Después, la voz respondió.
"Mi cuerpo murió hace dieciséis años. Pero una parte de mí permanece contigo."
La luz del colgante brilló con más intensidad.
Imágenes comenzaron a aparecer ante sus ojos.
Una mujer de cabello oscuro.
Ojos dorados.
Una sonrisa cálida.
Priya.
Anaya sintió que el corazón le dolía.
Porque, aunque nunca la había conocido, algo dentro de ella reconocía aquel rostro.
Era como regresar a casa.
Mientras tanto, en el mundo real, Kael observaba con preocupación.
La energía alrededor de Anaya aumentaba.
Las hojas giraban a su alrededor formando un torbellino dorado.
La figura enmascarada bajó lentamente su espada.
—El despertar ha comenzado.
—Cállate —gruñó Kael.
—Ya es demasiado tarde.
La voz del enemigo sonaba extrañamente satisfecha.
—La elegida finalmente ha despertado.
Anaya apenas podía escuchar lo que sucedía fuera.
Las visiones continuaban.
Ahora veía una ciudad inmensa construida en mármol blanco.
Torres brillantes.
Templos gigantescos.
Miles de personas.
Era un lugar hermoso.
Y también familiar.
—¿Qué es esto?
"Aurelia."
El nombre apareció en su mente.
"La capital del antiguo reino."
—Nunca he estado allí.
"No. Pero naciste allí."
Anaya sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Toda su vida había creído que pertenecía a aquella pequeña aldea.
Toda su vida había vivido una mentira.
—¿Por qué me ocultaron?
Las imágenes cambiaron.
Ahora veía fuego.
Soldados.
Cadáveres.
Gritos.
Y una sombra gigantesca cubriendo el cielo.
Una sombra imposible.
"Porque querían matarte."
El miedo recorrió su cuerpo.
—¿Quiénes?
La respuesta tardó unos segundos.
"Los Hijos del Vacío."
El nombre resonó como una maldición.
"La Orden que destruyó nuestro hogar."
Las piezas empezaban a encajar.
La persecución.
Los ataques.
La muerte de Priya.
Todo estaba conectado.
—¿Por qué me buscan?
Por primera vez, la voz de su madre vaciló.
Como si la respuesta fuera demasiado peligrosa.
"Porque llevas algo que ellos temen."
—¿Qué llevo?
Silencio.
Después una sola palabra.
"Esperanza."
La conexión comenzó a debilitarse.
Las imágenes se rompían.
La luz desaparecía poco a poco.
—¡Espera!
Anaya extendió la mano.
—¡Todavía tengo muchas preguntas!
"Lo sé."
La voz sonaba triste.
"Pero las respuestas no deben venir de mí."
—¡No me dejes!
Por un instante, la imagen de Priya apareció frente a ella.
Sonriendo.
Igual que en las visiones.
Igual que en los sueños.
—Te quiero, pequeña estrella.
Anaya sintió que el corazón se rompía.
Y entonces la visión desapareció.
Regresó al bosque de golpe.
El sonido de la batalla volvió.
El viento.
Las hojas.
La respiración agitada.
Todo regresó.
Pero algo había cambiado.
El colgante ya no brillaba.
Ahora mostraba una marca dorada grabada en su superficie.
Un símbolo desconocido.
Kael la observó con asombro.
—No puede ser...
—¿Qué ocurre?
Antes de que pudiera responder, la figura enmascarada dio un paso atrás.
Por primera vez, parecía inquieta.
—La Marca del Alba...
Kael apretó los dientes.
—Anaya, tenemos que irnos.
—¿Por qué?
—Porque si ellos descubren que la has despertado...
La figura enmascarada terminó la frase.
—Todo el continente vendrá a buscarte.
El silencio cayó sobre el bosque.
Y Anaya comprendió que acababa de convertirse en la persona más perseguida del mundo.