El Legado Del Poder

Ecos de un recuerdo

La sonrisa del hombre enmascarado permaneció grabada en la mente de Anaya.

—Así que empiezas a recordar.

Aquellas palabras hicieron que un dolor repentino atravesara su cabeza.

La joven cayó de rodillas.

Imágenes fragmentadas inundaron su mente.

Fuego.

Una gran sala de mármol.

Una mujer corriendo con un bebé en brazos.

Priya.

Y detrás de ella...

Un hombre.

No llevaba máscara entonces.

Su rostro era joven.

Sus ojos observaban a Priya con una mezcla de tristeza y determinación.

—¡Anaya! —gritó Kael.

La visión desapareció.

Volvió al bosque.

A la batalla.

A la oscuridad.

Kael bloqueó otro golpe de espada y fue lanzado varios metros hacia atrás.

La fuerza del impacto lo hizo chocar contra un árbol.

El hombre enmascarado avanzó sin prisa.

Como si supiera que ya había ganado.

—Sigues siendo débil, Kael.

—Y tú sigues siendo un cobarde.

La figura soltó una carcajada.

—Llámalo supervivencia.

Anaya se obligó a levantarse.

Su cabeza seguía doliendo.

Pero ahora estaba segura de algo.

Había visto a aquel hombre antes.

No personalmente.

A través de los recuerdos.

—¿Quién eres? —preguntó.

El enemigo se detuvo.

—Alguien que una vez amó a tu madre.

El mundo pareció congelarse.

Incluso Kael abrió los ojos con sorpresa.

—No te atrevas...

—¿Amabas a Priya? —susurró Anaya.

La figura permaneció en silencio.

—Antes de que eligiera su destino... sí.

Anaya sintió un extraño nudo en el pecho.

No sabía por qué.

Aquella revelación parecía importante.

Peligrosa.

Dolorosa.

—Mientes.

—Ojalá lo hiciera.

Por primera vez, la voz del hombre sonó cansada.

Humana.

Como si debajo de toda aquella oscuridad todavía quedara algo de la persona que había sido.

—Hubo un tiempo en que habría dado mi vida por ella.

Kael apretó los dientes.

—Y luego la entregaste a sus asesinos.

El silencio cayó sobre el bosque.

La expresión del enmascarado se endureció.

—No conoces toda la historia.

—Conozco la parte que importa.

—¿De verdad?

La oscuridad comenzó a rodearlo.

—Entonces dile quién mató realmente a las Guardianas.

Kael no respondió.

Y ese silencio fue más inquietante que cualquier palabra.

Anaya los observó a ambos.

Los secretos seguían acumulándose.

Y empezaba a sospechar que nadie le estaba diciendo toda la verdad.

La batalla se reanudó.

Esta vez fue aún más brutal.

La espada oscura descendió como un rayo.

Kael apenas logró esquivarla.

La tierra explotó.

Fragmentos de roca salieron despedidos por todas partes.

Uno de ellos golpeó el brazo de Anaya.

El dolor fue inmediato.

Y entonces ocurrió algo extraño.

La herida comenzó a cerrarse.

Ante sus propios ojos.

La sangre desapareció.

La piel volvió a unirse.

Como si nunca hubiera estado herida.

Anaya se quedó inmóvil.

—¿Qué...?

El colgante brilló suavemente.

La misma energía cálida que había sentido antes recorrió su cuerpo.

Era ella.

Su poder.

Y estaba despertando cada vez más rápido.

El hombre enmascarado la observó.

—Ya está sucediendo.

—¿Qué está sucediendo?

—La herencia de Priya.

Kael se giró hacia ella.

Y por primera vez parecía realmente preocupado.

—Anaya, escucha bien.

—¿Qué?

—Debemos llegar al Templo del Alba antes de que tu poder despierte por completo.

—¿Por qué?

La respuesta llegó del enemigo.

—Porque si no aprende a controlarlo...

La oscuridad se agitó alrededor de él.

—Morirá.

El corazón de Anaya se detuvo por un instante.

—¿Qué?

—Las Guardianas del Alba nacían preparadas para soportar el poder.

Su voz era fría.

—Pero tú naciste incompleta.

—¡Eso no es cierto!

—¿Estás segura?

Las palabras golpearon más fuerte de lo que ella quería admitir.

Porque desde pequeña siempre se había sentido diferente.

Extraña.

Como si algo faltara.

Como si una parte de sí misma estuviera dormida.

—No le escuches —dijo Kael.

—Dime que está mintiendo.

Kael guardó silencio.

Y eso fue suficiente.

Un rugido resonó en la distancia.

Todos se giraron.

Algo enorme se movía entre los árboles.

Las ramas se rompían a su paso.

El suelo temblaba.

Incluso el hombre enmascarado pareció sorprendido.

—No puede ser...

Una gigantesca criatura emergió de la oscuridad.

Tenía el cuerpo de un lobo, pero era tres veces más grande que cualquier animal normal.

Su pelaje plateado brillaba bajo la luna.

Y sus ojos...

Sus ojos eran dorados.

Exactamente iguales a los de Anaya.

La bestia fijó su mirada en ella.

Luego inclinó la cabeza.

Como si la reconociera.

Como si hubiera estado buscándola.

Y en lo más profundo de su mente, Anaya escuchó una voz.

"Por fin te encontré, heredera."

Fin del Capítulo 7



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En el texto hay: misterio, mis experiencias, parati

Editado: 15.06.2026

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