El León de Judá: El descenso al Sheol

PROLOGO

Antes de la llegada de Jesús, no existía cielo ni infierno al que las almas ir.
No había reinos de luz ni abismos de fuego…
Solo un vasto silencio eterno al que los antiguos llamaron Sheol.

Era un territorio sin horizonte, una tierra hueca donde las sombras no proyectaban formas y el tiempo dormía sin latidos. Allí caían todas las almas desde Adán: los justos, los injustos, los olvidados, los reyes, los profetas… todos por igual, engullidos por un mismo destino gris.

Nadie subía.
Nadie descendía.
Nadie escapaba.

Pero lo que el mundo de los vivos ignoraba era que, en la profundidad más honda del Sheol, una garra oscura había tendido su reino en secreto.

Lucifer, el caído, el que una vez fue portador de luz, había extendido su sombra a través de los siglos. Había encadenado almas, deformado esperanzas, y convertido el Sheol en un dominio de cautiverio silencioso. Un reino oculto. Prohibido. Provisional… pero real.

Y el universo entero contuvo la respiración cuando, en el momento exacto marcado desde la eternidad, una luz descendió al abismo.
Porque lo que vas a leer aquí no es leyenda…
Ni mito…
Ni palabra perdida entre templos antiguos.

Esto es el relato de cómo el León de Judá irrumpió en el Sheol y cómo liberó a las almas que durante mil generaciones habían esperado su llegada.




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