Estaba amaneciendo.
Las primeras luces apenas empezaban a romper la noche, pero Jerusalén ya estaba despierta… despierta para presenciar un acto que estremecería a toda la creación.
Jesús avanzaba arrastrando la cruz, mientras los latigazos de los soldados romanos desgarraban el aire como cuchillas.
Los golpes caían sin piedad.
Las risas, los insultos y el desprecio se mezclaban con el polvo que se levantaba a cada paso.
Su cuerpo estaba agotado, debilitado, roto.
Su espalda era un mapa de heridas abiertas.
Sus rodillas temblaban cada vez que la madera le vencía y lo obligaba a caer.
Cayó.
Y el estruendo de la cruz golpeando la piedra fue como un trueno en la madrugada.
Los soldados soltaron carcajadas.
Algunos lo empujaron con la punta de la lanza.
Otros escupieron en su rostro, bañando de saliva y odio la sangre que le corría por la frente.
Y aun así, Jesús se levantó.
Sus manos se afirmaron en la tierra.
Sus brazos temblorosos abrazaron de nuevo el madero.
Se irguió lento, como quien carga con el peso de un mundo que no quiere ser salvado.
No tenía fuerzas.
Su cuerpo apenas respondía.
Y sin embargo, sus ojos… sus ojos ardían con una determinación que ningún látigo podía quebrar.
Porque Él seguía adelante por fe,
por amor,
por un propósito que nadie a su alrededor era capaz de imaginar.
Las calles seguían ascendiendo.
El camino se hacía más estrecho.
Los gritos de la multitud crecían como un mar de voces ansiosas de ver caer a aquel que nunca había hecho daño a nadie.
Jesús respiró hondo.
Y dio otro paso.
Uno más.
Otro.
Sin dejar que el dolor decidiera su destino.
En aquel amanecer su cuerpo era débil, sí…
pero su espíritu era indestructible.
Jesús seguía avanzando por la Vía Dolorosa.
El sol comenzaba a alzarse, pero su luz parecía incapaz de atravesar la mezcla de polvo, odio y sufrimiento que llenaba la calle.
Un soldado romano, más cruel que los demás, se acercó entre risas.
Tenía la mandíbula cuadrada, los ojos encendidos por el desprecio y el puño cerrado como una piedra.
¿Qué pasa, rey de los judíos? -se burló inclinándose sobre Él-.
¿Te pesan tus milagros? ¡A ver si te sostienen esto!
Y con un movimiento rápido, el romano le lanzó un puñetazo directo al rostro.
El impacto fue seco.
Un estallido de sangre y silencio.
Jesús cayó contra el suelo con un gemido apenas audible.
La cruz se inclinó hacia un lado, golpeando el pavimento.
El polvo se levantó y se mezcló con la sangre que corría desde su mejilla.
El soldado rió a carcajadas, satisfecho por el dolor ajeno.
-Venga, levántate, profeta. ¿No decías que venías del cielo? ¡Pues vuela!-.
La multitud rugía, algunos con morbo, otros con miedo, otros sin entender nada…
Pero Jesús no miró al soldado.
Ni a la sangre en sus manos.
Ni a la cruz que lo aplastaba.
Miró al gentío.
Y entre todas las caras, curiosas, burlonas, indiferentes, vio algo que no era humano.
Una sombra.
Una figura oscura, detenida entre la gente como si el tiempo no la tocara.
No tenía forma definida; era como humo vivo, como un pozo de noche en mitad de la mañana.
Los ojos de Jesús se clavaron en ella.
Y la sombra, lenta, muy lenta… sonrió.
Nadie más la vio.
Ninguno la sintió.
Pero Jesús sí.
Jesús sabía quién era.
Lucifer.
El que siempre acecha.
El que disfruta del dolor de los justos.
El que esperaba ese momento para alimentar su soberbia.
Jesús cerró los ojos un instante, respiró hondo y, apoyando las manos en la piedra, comenzó a levantarse otra vez.
Porque aunque el mundo solo veía a un hombre destrozado…
Lucifer sabía que ese hombre era su peor pesadilla hecha carne.
A Jesús no dejaban de golpearlo.
Los látigos caían una y otra vez sobre su espalda abierta, arrancando jirones de piel y carne. Cada golpe sonaba como el estallido de una rama seca, pero lo que se quebraba no era Él… sino la humanidad que lo contemplaba.
Los soldados reían.
Reían como bestias.
Reían como si el sufrimiento de un inocente fuera un espectáculo digno de celebrarse.
¡Más fuerte! -gritó uno.
¡Que aprenda quién manda aquí! -rugió otro.
Y el látigo descendió de nuevo, silbando como una serpiente envenenada antes de morder.
Cualquier hombre, cualquier persona con menos fe… habría muerto ya.
Habría quedado tendido en medio de la calle, incapaz de respirar, de hablar, de levantarse.
Pero Jesús seguía.
No por fuerza física.
No por resistencia humana.
Sino por algo que ningún tormento podía apagar:
una fe más grande que el dolor, más grande que la vida, más grande que el mundo.
A los lados, la muchedumbre lo miraba.
Muchos apartaban la vista, otros lloraban sin poder contenerse.
Y había quienes, con el alma encogida, querían correr hacia Él, protegerlo, gritar basta…
Pero no podían hacer nada.
Un muro de lanzas, armaduras y brutalidad romana se interponía entre ellos y aquel hombre que avanzaba como si cargara no una cruz… sino el destino entero de la humanidad.
Algunos susurraron su nombre.
Otros lo llamaron profeta.
Otros, simplemente, no pudieron pronunciar palabra.
Y aun así, Jesús dio otro paso.
Otro más.
Entre sangre, polvo y silencio contenido.
Entre dos romanos, Jesús volvió a ser derribado al suelo.
Lo empujaron con tanta fuerza que su rostro golpeó la piedra, y un hilo de sangre se deslizó hacia el polvo. La cruz cayó a un lado con un estruendo que hizo temblar incluso a los que tenían el corazón endurecido.
Los soldados, riendo como hienas, sacaron una corona trenzada de espinas largas, afiladas como garras.
—Mira, mira… ¡Nuestro rey necesita su corona! —se burló el primero, levantando el símbolo de tortura con teatralidad cruel.
—Póntela bien, Majestad, no vaya a ser que no te reconozcamos en tu trono —añadió el segundo, escupiendo al suelo junto al rostro de Jesús.
Y sin esperar más, entre risas, tomaron la corona…
y la hundieron en su cabeza.