El Leopardo Y El Bosque De Las Mil Sombras

Capítulo 1 - El cazador de la Meseta Alta

En los tiempos en que todos empezaban jugando limpio, mi niño querido, cuando los animales todavía no habían decidido del todo cómo debían verse, dónde debían vivir ni qué trucos utilizar para evitar convertirse en la comida de otros, existía en el corazón de África una enorme extensión de tierra conocida como la Meseta Alta.

Y debes recordar que no era la Meseta Baja.

Ni la Meseta Escarpada.

Ni la Meseta de los Arbustos.

Era exclusivamente la Meseta Alta.

Allí el sol salía temprano, subía muy deprisa hasta el centro del cielo y parecía quedarse allí durante horas, calentándolo absolutamente todo.

Las piedras eran amarillentas.

La arena era amarillenta.

La hierba era amarillenta.

Los caminos eran amarillentos.

Incluso el polvo que levantaban los animales cuando corrían parecía tener exactamente el mismo color.

Por eso casi todos los habitantes de la Meseta Alta tenían también tonos parduzcos, dorados, grisáceos o amarillentos.

La Jirafa era de un hermoso color tostado.

La Cebra, que todavía no tenía ni una sola raya, era de un beige grisáceo bastante elegante.

El Kudu era pardo.

El Antílope era pardo.

El Guib era pardo.

Y hasta el Búfalo, que insistía en afirmar que él era "castaño oscuro", parecía simplemente pardo cuando se cubría de polvo.

Pero ninguno de ellos estaba tan perfectamente a juego con la Meseta Alta como el Leopardo.

El Leopardo era una criatura magnífica.

Tenía largas patas.

Un cuerpo flexible.

Una cola elegante.

Unos bigotes de los que estaba extremadamente orgulloso.

Y un pelaje parduzco-grisáceo-amarillento que coincidía casi exactamente con el color de las rocas, la arena y la hierba seca.

Si se tumbaba junto a una piedra, parecía una piedra.

Si se agachaba entre la hierba, parecía hierba.

Si se quedaba inmóvil sobre la arena, parecía simplemente una parte un poco más peluda de la Meseta Alta.

Y si además cerraba los ojos...

Bueno.

Entonces era casi imposible verlo.

Aquello le parecía maravilloso.

A los demás animales, no tanto.

Una mañana, antes de que el sol calentara demasiado, la Cebra caminaba tranquilamente hacia un pequeño charco.

-Qué día tan bonito.

Dijo.

En aquellos tiempos la Cebra hablaba mucho consigo misma.

No era porque estuviera sola.

Lo hacía porque le gustaba escuchar opiniones sensatas y consideraba que las suyas eran las más sensatas disponibles.

-No hay nubes.

Continuó.

-No hay viento. No hay moscas. Y, lo más importante, no hay ningún Leopardo.

A pocos metros de allí, junto a una roca, algo abrió lentamente un ojo amarillo.

Era el Leopardo.

La Cebra siguió caminando.

-He mirado detrás de los arbustos.

El Leopardo movió una oreja.

-He mirado junto a las piedras.

El Leopardo bajó aún más la cabeza.

-Y he comprobado cuidadosamente que no haya ninguna criatura peligrosa escondida en la hierba.

El Leopardo sonrió.

-Por tanto.

Concluyó la Cebra.

-Puedo asegurar que hoy estoy completamente segura.

El Leopardo pensó:

"Eso está por verse."

La Cebra se acercó al agua.

Bajó la cabeza.

Bebió.

El Leopardo tensó las patas.

Uno...

Dos...

Tres...

¡ZAS!

Saltó.

La Cebra lanzó un grito.

-¡LEOPARDO!

Y salió corriendo.

El Leopardo aterrizó exactamente donde había estado ella un segundo antes.

-¡Eso no vale!

Protestó la Cebra mientras huía.

-¡Claro que vale!

Gritó el Leopardo persiguiéndola.

-¡Eso es cazar!
-¡Estabas escondido!
-¡Precisamente!
-¡Eso es hacer trampa!
-¡Eso es ser bueno!

La Cebra corrió entre dos grandes rocas.

El Leopardo intentó seguirla, pero tuvo que frenar para no chocar.

Cuando logró pasar, la Cebra ya estaba muy lejos.

El Leopardo se detuvo.

Respiró profundamente.

Miró hacia el horizonte.

-Casi.

Se sentó.

Después añadió:

-Pero "casi" no es desayuno.

Entonces escuchó una voz detrás de él.

-Eso depende de cuánto te guste comer polvo.

El Leopardo se volvió.

Un hombre caminaba hacia él.

Llevaba un arco sobre el hombro, un carcaj lleno de flechas y una bolsa de cuero.

Era el Etíope.

El Leopardo y el Etíope eran compañeros de caza desde hacía mucho tiempo.

Nadie recordaba exactamente cómo se habían conocido.

Algunos animales aseguraban que una vez habían intentado cazar la misma gacela.

Otros decían que se habían encontrado junto a un río.

El propio Leopardo afirmaba que había sido una historia extraordinariamente peligrosa.

El Etíope afirmaba que simplemente habían empezado a caminar juntos y ninguno había tenido ganas de marcharse.

Probablemente ésa era la verdad.

-¿Cuánto has visto?

Preguntó el Leopardo.

-Lo suficiente.
-La tenía.
-No la tenías.
-Casi la tenía.
-Eso tampoco significa que la tuvieras.

El Leopardo levantó la barbilla.

-Corrió hacia las rocas.
-Las cebras suelen correr cuando alguien intenta comérselas.
-Deberían quedarse quietas de vez en cuando.
-No creo que estén de acuerdo.

El Leopardo suspiró.

-Tengo hambre.

El Etíope señaló hacia el este.

-He visto huellas.

El Leopardo se levantó inmediatamente.

-¿De qué?
-Jirafa.
-¿Frescas?
-Muy frescas.
-¿Cuántas?
-Una.

El Leopardo empezó a caminar.

-Una basta.

El Etíope sonrió.

-Eso esperaba que dijeras.

Y los dos se marcharon.

La caza era algo que ambos se tomaban muy en serio.

El Etíope era paciente.

El Leopardo era silencioso.

El Etíope observaba huellas.

El Leopardo utilizaba el olfato.

El Etíope pensaba antes de moverse.



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En el texto hay: cuentos, cuentos para niños, fábula

Editado: 05.09.2026

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