El Leopardo Y El Bosque De Las Mil Sombras

Capítulo 2 - La Reunión Secreta

Aquella noche, mi niño querido, la Meseta Alta parecía más silenciosa de lo normal.

No completamente silenciosa, por supuesto.

Una meseta nunca está completamente silenciosa.

Los grillos cantaban entre las piedras.

El viento hacía susurrar la hierba seca.

Algún pájaro nocturno lanzaba un silbido desde las ramas de una acacia.

Y, de vez en cuando, el Búfalo resoplaba mientras dormía, porque el Búfalo era capaz de resoplar incluso cuando no tenía absolutamente nada de qué quejarse.

Pero, a pesar de todos aquellos sonidos, había algo extraño en el aire.

Algo parecido a cuando se acerca una tormenta aunque todavía no haya nubes.

La Jirafa no podía dormir.

Estaba de pie junto a una acacia, observando el horizonte.

La luna iluminaba la Meseta Alta con una luz pálida.

Durante el día todo parecía amarillo.

De noche, en cambio, las rocas eran grises, la arena parecía plateada y las sombras se convertían en enormes manchas oscuras.

La Jirafa levantó la cabeza todo lo que pudo.

Desde allí veía mucho más lejos que cualquier otro animal.

Y allá, en el límite más remoto del mundo que conocía, creyó distinguir una vez más aquella franja oscura.

Verde durante el día.

Negra bajo la luna.

El lugar desconocido.

—Sigue allí.

Murmuró.

—¿Qué sigue allí?

La Jirafa dio un pequeño salto.

Detrás de ella estaba la Cebra.

—¡No hagas eso!
—¿Hacer qué?
—Aparecer sin avisar.

La Cebra ladeó la cabeza.

—Creí que el Leopardo era el especialista en eso.
—Precisamente por eso estoy nerviosa.

La Cebra se colocó junto a ella.

Miró hacia el horizonte.

—¿Puedes verlo?
—Sí.
—Yo no.
—Ya lo sé.
—Eso empieza a molestarme.

La Jirafa sonrió.

—No tienes suficiente altura.

La Cebra levantó la barbilla.

—Tengo una altura perfectamente razonable.
—Para una cebra.
—Exactamente.

Permanecieron unos instantes en silencio.

Después la Cebra preguntó:

—¿Sigues pensando en marcharte?

La Jirafa no respondió de inmediato.

Miró la meseta.

Aquel era su hogar.

Conocía cada charca.

Cada grupo de acacias.

Cada sendero que atravesaba la hierba.

Sabía dónde crecía la hierba más dulce después de las lluvias.

Sabía qué piedras permanecían frescas durante la tarde.

Sabía dónde dormían los antílopes.

Dónde discutían los babuinos.

Dónde el Búfalo iba a revolcarse en el barro cuando había barro suficiente para revolcarse.

Marcharse significaba abandonar todo aquello.

Pero quedarse significaba continuar mirando cada piedra con miedo.

—Sí.

Dijo finalmente.

—Sigo pensando en marcharme.

La Cebra bajó la cabeza.

—Yo también.

La Jirafa la miró sorprendida.

—Esta mañana no parecías muy convencida.
—Esta mañana pensé que podríamos encontrar otra solución.
—¿Y ahora?

La Cebra suspiró.

—Ahora he descubierto que he empezado a desconfiar hasta de mi propia sombra.

La Jirafa no pudo evitar sonreír.

—Tu sombra no se parece al Leopardo.
—De noche todas las sombras se parecen a algo peligroso.

Después se acercó un poco más.

—Pero hay un problema.
—¿Cuál?
—El Búfalo.

La Jirafa cerró los ojos.

—Ah.
—Exactamente.
—¿Qué ha hecho ahora?
—Ha convocado su propia reunión.
—¿Otra?
—Dice que marcharse es cobardía.
—Naturalmente.
—También dice que piensa organizar una defensa de la Meseta Alta.
—¿Con qué?
—Con búfalos.

La Jirafa pensó.

—Eso suena bastante parecido a cualquier otro plan del Búfalo.
—Él cree que si todos caminamos en grupo podremos espantar al Leopardo.
—El Leopardo no necesita acercarse cuando todos estamos mirando.
—Se lo dije.
—¿Y qué respondió?

La Cebra imitó una voz profunda:

—“Entonces miraremos todo el tiempo”.

La Jirafa soltó una carcajada.

—¿Y cuándo comeremos?
—También se lo pregunté.
—¿Qué dijo?
—Que podemos comer mirando.
—¿Y beber?
—Beber mirando.
—¿Dormir?
—Dormir por turnos.

La Jirafa negó con la cabeza.

—Eso no es vivir.
—Eso mismo pensé yo.

La Cebra miró alrededor.

—Los demás ya están llegando.

Desde las sombras fueron apareciendo animales.

Primero el Kudu.

Después dos antílopes.

Luego el Guib.

Más tarde una pequeña gacela.

Detrás de ellos apareció el Búfalo, caminando como si estuviera entrando en una reunión que ya le pertenecía.

—Bien.

Dijo.

—Ya estamos todos.
—No.

Respondió la Cebra.

—Falta medio mundo.
—Los importantes ya estamos.

El Guib levantó una pata.

—Yo acabo de llegar.
—Precisamente.

La Jirafa intervino antes de que empezaran a discutir.

—Tenemos que hablar en voz baja.

El Búfalo resopló.

—¿Por qué?

Todos lo miraron.

El Búfalo se quedó pensando.

—Ah.
—El Leopardo.

Susurró el Kudu.

—Exactamente.

Entonces ocurrió algo curioso.

Todos miraron inmediatamente hacia las rocas.

Después hacia los arbustos.

Después hacia la hierba.

Después otra vez hacia las rocas.

La gacela se acercó a la Jirafa.

—¿Crees que está aquí?
—No lo sé.
—Eso es lo peor.

Dijo la Cebra.

—Nunca lo sabemos.

El Búfalo golpeó el suelo con una pezuña.

—¡Que venga!

Todos lo hicieron callar.

—¡Shhhhh!

El Búfalo bajó la voz.

—Que venga.
—Eso sigue siendo demasiado alto.

Murmuró el Kudu.

Se reunieron formando un círculo entre varias piedras.

La Jirafa se colocó en el centro.

—Tenemos que decidir qué vamos a hacer.

El Búfalo habló inmediatamente.

—Quedarnos.
—Todavía no he terminado.
—No hace falta.



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En el texto hay: cuentos, cuentos para niños, fábula

Editado: 05.09.2026

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