1
La verdad es el fuego que calienta y quema con la misma intensidad y quien la porta, no sabe si lleva antorcha o incinerador, pues muchos hombres la buscan con fervor, sin comprender que la luz no siempre alumbra: a veces denuncia. Y el alma humana no fue creada para ser vista sin velo; por eso, el sabio no revela: insinúa. El silencio, bien administrado, cura más que la confesión desnuda.
2
Callar no es cobardía, sino forma elevada de caridad. No toda herida debe abrirse; algunas sangran con solo nombrarlas.
La palabra, cuando pretende sanar sin conocer el pulso del enfermo, se vuelve bisturí sin mano y el verdadero médico del espíritu no habla para liberar, sino para sostener y sostener exige peso, no brillo.
3
En el Reino aprendimos que el exceso de verdad corroe la fe. Las torres caen no por el viento, sino por la transparencia de sus muros, por eso el poder necesita sombra: la sombra no miente, sólo protege.
El hombre común busca claridad; el gobernante busca permanencia y la permanencia requiere, a veces, sacrificar la pureza de la palabra.
4
De los hombres francos: El que dice todo lo que piensa no es sabio, sino impaciente. La verdad absoluta no redime; interrumpe y los hombres francos suelen dejar ruinas a su paso, porque confunden sinceridad con salvación. Mas la sinceridad, sin contexto, es crueldad que se disfraza de virtud.
5
Parábola del Pozo: Un peregrino cayó en un pozo oscuro y desde arriba, un amigo le gritó la verdad: “Estás solo, y nadie vendrá.” El peregrino lloró hasta morir, convencido de su destino. Otro hombre llegó después y mintió: “Espera, hay una cuerda que desciende.” Y aunque nunca bajó cuerda alguna, el peregrino resistió tres días más.
Moral: la esperanza mentirosa prolonga la vida más que la verdad exacta.
6
No toda verdad merece ser dicha: Hay verdades que existen sólo para probar la fortaleza del silencio, el sabio no calla por miedo, sino por respeto. Callar ante el alma desnuda del otro es reconocer su fragilidad. Decirlo todo es un acto de vanidad; callar lo justo, un acto de amor. En otras palabras: La verdad se convierte en crueldad si carece de empatia.
7
De la verdad en el poder: Los reyes que intentaron gobernar con transparencia se ahogaron en su propia claridad. El pueblo los admiró un día, y al siguiente los devoró, porque el pueblo, aunque clame por verdad, sólo soporta la que adorna. La verdad sin ornamento es insoportable: exige virtud en quien la escucha, y el mundo ya no la tiene.
8
Él me enseñó que la palabra sincera es más peligrosa que la mentira bella; una mentira puede ser corregida; una verdad sin piedad, jamás. Por eso, me dijo: “Majestad, cuando digas la verdad, hazlo como un verdugo que acaricia antes de cortar.” Y así aprendí que la verdad, sin compasión, es el arma de los necios.
9
La transparencia absoluta es la utopía de los crueles, pretenden limpiar el alma del otro con su propia sed de pureza, pero toda limpieza es mutilación y lo que hace humana a la verdad no es su claridad, sino su misericordia. Una verdad que no perdona es tan bárbara como una mentira que se justifica.
10
De la palabra final: La verdad no pertenece al hombre, sino al abismo. El hombre sólo puede nombrarla con prudencia, como quien acaricia un animal dormido, por ende, pronunciadla con cálculo, o será ella quien os pronuncie y cuando llegue el día en que todo deba revelarse, que Dios tenga piedad de los sinceros.
Notas a pie de página: DE LA VERDAD por el cronista Caøs.
“Toda verdad necesita un verdugo y un testigo.”
— Fragmento atribuido al Bufón, marginalia del códice del Este.
Cuando se encontró este capítulo, los eruditos discutieron durante años si debía clasificarse como tratado moral o confesión política. Hoy sabemos que fue ambas cosas: la última defensa del Rey ante su propia culpa y, al mismo tiempo, la confesión de MaelgorÏun que hablaba por su boca.
Aquí, la mentira se disfraza de compasión; el amor, de cálculo. Y alcanzó su perfección el día en que descubrió que podía mentir por piedad.
1
El Rey comienza con una declaración de humildad: “La verdad es fuego.” Pero todo fuego necesita combustible, y en este caso, el combustible fue la conciencia de los hombres.
Durante el llamado “Quinteno del Silencio”, se prohibieron las confesiones públicas y los juicios abiertos. El pueblo lo celebró como triunfo de la serenidad. En realidad, había nacido el control más sofisticado: el del alma que teme hablar por amor al prójimo.
MaelgorÏun lo sabía y su frase inmortal lo resume: “Callar por bondad es el primer paso hacia el olvido.”
2
El Rey ensalza el silencio como forma de misericordia, pero su compasión no era espiritual, sino estratégica. En el Reino, callar se volvió signo de virtud social y los hombres se midieron no por lo que hacían, sino por lo que omitían. El resultado fue un civismo perfecto y una humanidad anestesiada. Nadie mentía, porque nadie hablaba y el bien se volvió una forma refinada de parálisis.
3
Sensatez en su libro: La vida de un exiliado, pag 40. cap 4: La demagogia, abro cita: Los hombres temían más al exceso de sinceridad que al pecado. Habían aprendido que decir la verdad era una forma de violencia. Así, el discurso moral del Rey sustituyó el impulso profético por el cálculo afectivo y a verdad dejó de ser deber; se volvió delito de aspereza y el hombre bueno no era ya el justo, sino el discreto. Cierro cita.
4
La parábola del Pozo fue repetida durante esos años como oración de Estado. Se enseñaba en las escuelas bajo el lema: “La esperanza mentirosa prolonga la vida.” Así se construyó la pedagogía del consuelo: la mentira como alimento espiritual del pueblo. Las madres la usaban para dormir a los hijos, los sacerdotes para absolver sin culpa, los reyes para sostener la paz.