Regla y cálculo para la paz entre hombres
1
La paz no nace de la bondad, sino del equilibrio; las almas no se armonizan por virtud, sino por medida y el amor es un accidente; la convivencia, un arte.
Por eso, quien desee vivir entre hombres, debe aprender el oficio de la moderación. No basta con ser justo: hay que ser tolerable.
2
Entre los hombres, toda verdad debe vestirse con cortesía, pues el tono es el puente entre el conflicto y la guerra y no importa la pureza del argumento, sino la temperatura de la voz. Muchos pueblos se arruinaron no por falta de justicia, sino por exceso de franqueza: El sabio calla a tiempo; el necio insiste en tener razón.
3
De los gestos y silencios: Una mirada puede edificar más que un decreto; un silencio a tiempo salva una amistad, y un elogio mal medido destruye un reino.
La convivencia es el arte de calibrar el alma en función del otro; el que no sabe dosificar su presencia, termina siendo carga o fantasma.
4
El Bufón me enseñó que la paz es una aritmética invisible: si un hombre ama demasiado, otro debe renunciar en la misma proporción. La sociedad es una balanza donde la felicidad pesa más cuando se reparte y si no se puede repartir, al menos debe parecerlo, porque la paz no necesita justicia, sino apariencia de justicia.
5
De las reglas invisibles: Donde los hombres se agrupan, nace una ley callada: nadie debe ser completamente sincero, nadie está completamente feliz. El exceso individual descompone la armonía común, por eso el sabio reparte su dicha como quien raciona vino: para que todos beban, y ninguno emborrache su poder.
6
Parábola del Banquete: Un rey invitó a cien hombres a su mesa. Sirvió pan duro y agua clara; los convidados, al ver la pobreza del banquete, comenzaron a elogiarlo por humildad. El rey sonrió y dijo: “Comed lo que no os gusta; es el primer paso de la convivencia.” Y así aprendieron que compartir la decepción es más duradero que compartir el placer.
El gozo divide; la austeridad une.
7
De los vínculos y sus límites: Ningún amor debe prolongarse más que la necesidad que lo engendró; la lealtad perpetua es una forma de ceguera. El hombre sabio ama mientras sirve; cuando deja de servir, se despide con gratitud. La sociedad no se sostiene en la pasión, sino en el pacto de los resignados.
8
De la compasión en el trato: No pidáis comprensión total: corrompe al que concede y esclaviza al que recibe. El otro debe ser siempre misterio suficiente para evitar el desprecio, por eso, la cortesía es una forma de distancia sagrada. El que se muestra del todo, se vuelve insoportable; el que se vela un poco, se vuelve necesario.
9
El pueblo que quiere paz debe aprender a fingir moderación. Las pasiones colectivas son incendios disfrazados de himnos, por eso, el gobernante no apaga el fuego: lo distribuye.
Un poco de fervor en el templo, un poco de odio en la plaza, y un poco de amor en los hogares; así se mantiene el equilibrio del alma nacional.
10
Conclusión: La convivencia no se funda en la verdad, sino en la renuncia compartida. No es la justicia la que sostiene a los hombres, sino el disimulo amable, porque la armonía no es natural, sino administrada y mientras los hombres crean que viven en paz, el Reino no necesitará más leyes.
Notas a pie de página: DE LA CONVIVENCIA por el cronista Caøs.
“Llamaron paz a la costumbre de no incomodarse.”
— Fragmento apócrifo atribuido al Bufón.
1
El Rey declara que “la paz no nace de la bondad, sino del equilibrio”. Esta frase se convirtió en credo político durante la “Edad de los Moderados”, posterior a la Decada del silencio. Los gobernantes dejaron de prometer justicia: ofrecieron serenidad y mi pueblo, cansado de tragedias, aceptó el trueque.
2
MaelgorÏun en sus habladurias, se comenta que exclamó: “Cuando la mentira aprenda a ser amable, el mundo será ingobernable por la verdad.”
La convivencia se convirtió en un sistema de hipocresía consensuada, en donde los hombres dejaron de luchar por ideales: comenzaron a tolerarse por comodidad.
3
La parábola del Banquete fue reinterpretada como símbolo de austeridad republicana, pero en realidad era sátira. MaelgorÏun había dictado al Rey para demostrarle que la paz no siempre es virtud, que a veces es resignación compartida.
El pan duro y el agua clara no eran lección de humildad, sino advertencia: cuando todos se conforman, el trono ya no necesita soldados.
4
El tratado enseña que “ningún amor debe prolongarse más que la necesidad que lo engendró”. Así se institucionalizó el utilitarismo afectivo. Las familias se volvieron contratos, la amistad, moneda, la lealtad, inversión de corto plazo.
5
En las escuelas del período inicial se enseñaba “la ciencia de la neutralidad”, en donde los niños aprendían a no apasionarse, los poetas a no insistir, los profetas a no molestar.
El resultado fue una paz absoluta y una tristeza perfecta. A lo que décadas después MaelgorÏun sentenció: “La armonía es el modo más civilizado del vacío.”
6
Caøs, contempla estas páginas, recuerda el retrato de una humanidad exangüe: ordenada, correcta, sin alma. La sociedad había alcanzado la paz de los cementerios, donde nada se mueve porque todo teme romper el equilibrio.
7
El Reino de las Mentiras cayó entre otras cosas por educación. Los hombres se habían vuelto tan razonables que dejaron de sentir y cuando el último niño lloró en público, por tener que separarce de su padre, pues este fue obligado a servir al ejercito, fue condenado por indecencia emocional.
Nadie quiso gobernar después: no quedaba nada por fingir. Y así murió la civilización más educada de la historia. “Donde los hombres sólo se toleran, el amor se convierte en fósil moral. Y sobre ese fósil, aún hoy, edificamos la palabra ‘sociedad’.”