Estoy en medio del bosque.
Es un bosque que ya conozco bien, un bosque tan frondoso que incluso la luz del Sol no puede filtrarse por los árboles, me encuentro completamente a oscuras.
No es la primera vez que estoy aquí, este sueño me lo sé de memoria, no es como que pueda hacer algo diferente a lo que el sueño dicta, así que solamente sigo la corriente.
En el sueño, yo camino hacia el centro del bosque, el aire es helado, lo que me causa escalofríos en todo mi cuerpo, me abrazo a mi misma, y me doy cuenta de que estoy usando el uniforme del Internado.
Una falda tableada café, acompañada por un saco del mismo color, una blusa blanca con un listón café al cuello, tal vez por eso me estoy congelando, porque lo único que traigo para cubrir mis piernas son unas calcetas que me llegan debajo de la rodilla.
En este sueño siempre me siento observada.
Creo que es una sensación que todos hemos tenido, la de sentir que tienes dos ojos detrás de ti, como si algo, o alguien te estuviera acechando.
Es una sensación que no se va, y los árboles le dan la oportunidad perfecta para esconderse.
En muchas ocasiones, yo misma doy media vuelta, dispuesta a enfrentar lo que sea que me esté siguiendo, en otros sueños, no lo hago y suelo despertar sin ningún problema.
Pero en esta ocasión, esa sensación es más fuerte que en otros sueños.
Así que solo me queda dar media vuelta, para por fin satisfacer mi curiosidad.
Pero justo cuando voy a dar ese giro—
Un fuerte ruido me despierta, dándome cuenta de que estoy en el salón de clases, todos mis compañeros me miran de manera casi burlesca, mi cuello me duele, por la extraña posición en la que tuve mi cabeza, honestamente, no recuerdo en qué punto me quedé dormida.
Alzo la mirada y me encuentro con la mirada castigadora de mi maestra, sus ojos furiosos me analizan de pies a cabeza, y puedo ver como en su mano está sujetando un cuaderno, que creo, es el autor del ruido que me despertó.
La maestra me mira con molestia, y yo le devuelvo la mirada, no es mi culpa que su clase sea tan aburrida que haga que todos se duerman, entre ellos yo.
La clase de matemáticas es en extremo soporífera.
—Señorita Íñiguez— Su voz fuerte me llama, provocando que en la parte de atrás, muchos de mis compañeros soltaran pequeñas risitas, como si mi situación fuera en exceso divertida para ellos— Es la segunda vez que hace esto en mi clase, ¿Qué a caso mi clase es tan aburrida?
Yo no respondo nada, porque sé que no buscan honestidad en mi respuesta, la última vez que fui sincera con los profesores, terminé en detención por una semana entera.
No es como que aquella detención haya tenido mucho efecto, solamente me dejaban encerrada en un salón, pero si has estado tanto tiempo en este lugar, aprendes a conocer todos los trucos para abrir puertas que parecen estar cerradas con llave.
—No, maestra, para nada— Digo con cierta acidez, las risas de mis compañeros aumentan de intensidad, lo cual provocó aún más a la profesora.
—En verdad no sé qué planea conseguir con esto, señorita Íñiguez— La maestra me responde, llegando a un punto de extrema molestia— No necesito de este tipo de energía en la clase.
—Entiendo— Es lo único que digo, completamente resignada, antes de ponerme de pie— Entonces, no creo que tenga problema si me retiro.
Y justo cuando estoy a punto de salir, la voz de uno de mis compañeros me interrumpe.
—Si hablamos de maleducadas, Beu Ribé se lleva el premio.— Escucho a una voz masculina decir detrás de mí, yo solamente lo fulmino con la mirada, la voz le pertenece a Rodrigo Mendoza, el perro faldero de todas las maestras, siempre busca quedar bien, como en estos momentos.
No le voy a dar el gusto de responderle, así que solamente salgo del salón, cerrando la puerta detrás de mí.
Camino por los largos pasillos de este lugar, tan conocido para mi como la palma de mi mano.
El Internado de Santa Carlota, este ha sido mi hogar desde que cumplí los 6 años, aquí llegué yo, con solo una maleta vieja, sin nada ni nadie que me pudiera apoyar, recuerdo que a mis cortos 6 años, el Internado parecía un castillo de cuentos, en la región más alta de la colina del pueblo, con sus torres oscuras y sus hermosos jardínes, resalta mucho, en comparación al pueblo, que, a pesar de ser un pueblo pintoresco, no tiene como característica los edificios tan imponentes.
Y no es que no esté agradecida, al final del día, gracias al Internado tengo una cama para dormir y comida para sobrevivir, pero es imposible ignorar la enorme grieta que tengo en mi corazón desde que cumplí los seis años, y hasta ahora, solamente he aprendido a vivir con ella.
Todos los estudiantes del Internado son como yo, de alguna forma u otra, todos somos huérfanos, y todos se supone, le debemos pleitesía al Internado de Santa Carlota y la familia Fernández, que son la cabeza del Internado desde hace algunos años, no sé cuántos.
No hablo con todos mis compañeros, quiero decir, tengo conversaciones casuales con las chicas que tienen su habitación a lado de la mía, pero no me gusta conversar con las demás personas.