El cielo sobre la ciudad de Tebas había dejado de pertenecer al mundo de los hombres. No era el azul infinito que solía abrazar las aguas del Nilo, sino un manto de color violeta purpúreo, denso y cargado de una electricidad que hacía que el aire pesara como el plomo. No había nubes que prometieran el consuelo de la lluvia; era una tormenta seca, un fenómeno antinatural donde los rayos, como látigos de luz blanca, rasgaban la cúpula celeste con una violencia ciega. Cada descarga iluminaba por una fracción de segundo las puntas de oro de los grandes obeliscos, pero el trueno que seguía no era un sonido terrenal; era el rugido de dioses antiguos que observaban con ojos de piedra el sacrificio de la inocencia.
En el epicentro de la gran plaza, flanqueada por columnas colosales talladas con las victorias de faraones muertos, se encontraba ella.
Mila no vestía las sedas de una princesa ni portaba el ureus de la realeza, pero en su presencia había una majestad que hacía que los nobles bajaran la mirada. Llevaba una túnica de lino blanco, tan pura que parecía brillar bajo el cielo tenebroso. Su piel, del color de la miel y el desierto, estaba tensa. Sus ojos verdes, vibrantes y llenos de una vida que el Rey pretendía extinguir, permanecían fijos en un solo punto del horizonte humano que la rodeaba. Mila Sterling, la joya del Nilo, la mujer cuyos trazos en las paredes de los templos daban vida a las sombras, estaba a punto de convertirse en el inicio de una tragedia milenaria.
Su pecado no había sido la traición, ni el robo, ni la blasfemia contra los templos. Su pecado había sido la soberbia de un corazón que se negaba a ser propiedad de nadie que no fuera su igual. El Rey de Egipto, sentado en su trono de ébano y malaquita, la observaba desde lo alto de su estrado. Sus ojos, rodeados de kohl negro, eran pozos de una ambición herida. Había ofrecido a Mila la inmortalidad a su lado; le había prometido que su belleza sería adorada como la de una encarnación de Isis. Pero Mila, con una valentía que rozaba la locura, le había devuelto la corona de oro, prefiriendo la choza de un guerrero y la libertad de amar a un hombre que no la miraba como un trofeo, sino como su propia alma.
—¿Es este el destino que eliges, pequeña pintora de sombras? —la voz del Rey resonó, amplificada por la acústica perfecta de la plaza y el silencio sepulcral de la multitud—. ¿Prefieres el abrazo de la muerte al trono del sol? El Nilo te dio la gracia, y hoy, el Nilo reclamará tu aliento. Nadie rechaza al faraón y vive para contar su historia.
A unos pocos metros, retenido por una guardia de élite que apenas lograba contener el volcán de furia que amenazaba con estallar en su pecho, estaba Julian.
Sus músculos estaban tensos hasta el punto de la ruptura. No era el coleccionista refinado de la Londres contemporánea; era un general de las arenas, un hombre cuya sola presencia solía decidir el destino de las batallas. Sus ojos gris tormenta, que hoy en día cargan con el cansancio de los siglos, en ese entonces ardían con una luz plateada y peligrosa. Sus manos, atadas con gruesas cuerdas de cáñamo, sangraban por el esfuerzo de intentar romper sus ataduras.
—¡Mila! —el grito de Julian rasgó el aire, imponiéndose sobre el estruendo de un rayo que acababa de golpear el templo de Amón—. ¡Mírame! ¡No cierres los ojos!
Ella giró el rostro. En medio del caos, en medio de la sentencia de muerte, Mila le regaló una sonrisa. Era una sonrisa de despedida, pero también de triunfo. En ese cruce de miradas, el tiempo se estiró como una cuerda de arpa a punto de romperse. Julian vio en los ojos verdes de su amada todo lo que estaba a punto de perder: los amaneceres en el río, los planes de una vida juntos, la calidez de su piel.
—¡Mátala! —rugió el Rey, alzando su cetro de oro—. ¡Que su nombre sea borrado de cada piedra y que su sombra se pierda en el olvido del Duat!
El verdugo, una mole de músculos sin rostro bajo una máscara de chacal, alzó la hoja de bronce. El metal captó el brillo de un relámpago, pareciendo encenderse en llamas azules. Mila ofreció su cuello con la elegancia de un cisne, sin derramar una sola lágrima de arrepentimiento. El golpe fue rápido, un tajo de luz que separó la vida del cuerpo. El lino blanco se transformó instantáneamente en un manto carmesí, y Mila Sterling cayó sobre la arena caliente, convirtiéndose en el primer sacrificio de una deuda que la humanidad no podría pagar.
El silencio que siguió al golpe fue tan absoluto que se podía escuchar el latido del corazón de Julian, deteniéndose y reiniciando con una fuerza violenta.
Julian no gritó de inmediato. El dolor fue tan vasto que no cabía en un sonido humano. Primero vino una quietud aterradora, una calma pre-volcánica. Sus ojos grises se volvieron completamente plateados, perdiendo cualquier rastro de blanco, absorbiendo la electricidad del cielo como si fuera un pararrayos viviente. Con un movimiento seco y brutal, rompió las cuerdas de sus muñecas, destrozando la piel y la carne, pero sin sentir nada. Golpeó al primer guardia con tal potencia que el cráneo del hombre estalló contra el suelo, y lanzó a los otros dos como si fueran simples juncos en una tormenta.
Se puso de pie en el centro de la plaza, rodeado de cadáveres de guardias y frente al cuerpo inerte de su amada. Señaló al trono y luego al cielo, donde los rayos parecían bailar al ritmo de su rabia.
—¡Escúchenme, dioses de la arena y el cielo! —su voz no salió de sus pulmones, sino de las entrañas mismas de la tierra. Era un sonido barítono que hizo que la gente en las últimas filas cayera de rodillas por el miedo—. ¡Hago este juramento ante la sangre de Mila y ante el silencio de los inmortales! Mi alma no conocerá el descanso. Mi memoria no conocerá el olvido. Aunque los imperios caigan y se conviertan en polvo de estrellas, aunque el sol se apague y la luna se rompa, yo la buscaré.
Julian dio un paso hacia el estrado, ignorando a los arqueros que le apuntaban con flechas temblorosas.