El verano en Roma no era un clima, era un castigo. El aire sobre las siete colinas vibraba con un calor denso que transportaba el hedor del Tíber y el perfume pesado del incienso de los templos. Pero esa noche, el 18 de julio del año 64 de la era de los césares, el viento del sur traía algo más: un susurro abrasador que olía a resina quemada y a pánico.
Julian Lancaster, conocido en esta vida como Marco Julio Juliano, Tribuno de la Guardia Pretoriana, permanecía de pie en el balcón del Palatino. Su armadura de cuero y bronce brillaba bajo la luna creciente, y su capa de lana roja ondeaba como una herida abierta. Sus ojos gris tormenta, los mismos que habían visto la sangre secarse en las arenas de Egipto siglos atrás, escudriñaban el horizonte con una ansiedad que ningún entrenamiento militar podía mitigar.
Había pasado diez años en Roma. Diez años de servir a un emperador, Nerón, cuya locura crecía a la par de su poder. Pero Julian no estaba allí por la gloria del Imperio. Estaba allí porque, tres meses atrás, en un pequeño taller de la Subura —el barrio más populoso y peligroso de la ciudad— había encontrado lo que su alma reclamaba.
La había visto pintando un mosaico en la entrada de una villa patricia. Sus manos estaban manchadas de cal y polvo de mármol, pero su rostro... era el mismo. Los mismos ojos verdes que le habían sonreído antes de que el bronce le cortara la vida en Tebas. En esta vida, ella era Livia, una artista de mosaicos de origen humilde, una mujer que encontraba la belleza en los fragmentos de piedra rota.
Julian había roto todos los protocolos. Un Tribuno pretoriano no debía frecuentar los callejones de la Subura, pero él la visitaba cada noche, oculto bajo una capa oscura, solo para escucharla hablar sobre el color del cielo al atardecer. No le había contado quién era él realmente; no podía. La maldición del Rey de Egipto seguía grabada en su memoria: si ella lo amaba con la misma intensidad que en el pasado, la muerte vendría a buscarla.
—Tribuno, el fuego ha comenzado cerca del Circo Máximo —la voz de un centurión lo sacó de sus pensamientos—. El viento es fuerte. Las insulae de madera están ardiendo como paja.
Julian no esperó la orden de Nerón. No le importaba el Circo, ni los templos, ni el palacio. Solo había una imagen en su mente: Livia atrapada en el laberinto de edificios de madera de la Subura.
Roma se había convertido en el antecámara del infierno. El incendio, que había comenzado como una chispa en las tiendas de aceite del Circo, se había transformado en un monstruo de mil lenguas que lamía el cielo nocturno. El color violeta de la noche había sido reemplazado por un naranja sangriento, un resplandor que recordaba horriblemente a los rayos sin lluvia de Egipto.
Julian corría por las calles empedradas, abriéndose paso entre la multitud de plebeyos que huían enloquecidos, cargando sus pocas pertenencias. El humo negro, espeso y cargado de cenizas, cegaba a los caballos y asfixiaba a los niños. Los gritos de "¡Roma arde!" se mezclaban con el estruendo de los edificios colapsando.
—¡Livia! —gritó Julian, su voz barítona siendo devorada por el rugido del fuego.
Llegó a la Subura justo cuando una fila de casas de alquiler, construidas precariamente una sobre otra, comenzaba a desplomarse. El calor era tan intenso que el metal de su armadura quemaba su piel, pero él no se detuvo. Su inmortalidad maldita le permitía soportar el dolor que mataría a cualquier otro hombre, pero no le daba el poder de detener el tiempo.
La encontró en la planta baja de su taller. Livia no estaba huyendo. Estaba de rodillas, intentando rescatar un pequeño mosaico que había estado terminando: el retrato de un hombre con ojos grises y capa roja.
—¡Livia, sal de aquí! —Julian irrumpió en la habitación, derribando la puerta que ya ardía por las esquinas.
Ella alzó la vista. El humo había manchado su rostro de hollín, pero sus ojos verdes brillaron con un reconocimiento repentino que heló la sangre de Julian.
—Tú... —susurró ella, y por un segundo, la Livia de Roma desapareció y Julian vio a la Mila de Egipto—. Te conozco. Te he visto en mis sueños, bajo un sol que quema más que este fuego.
Julian la tomó en sus brazos, levantándola del suelo con una urgencia desesperada.
—No hay tiempo para sueños, mi vida. Tenemos que irnos. El techo no resistirá.
Corrieron hacia la salida, pero el destino, ese viejo enemigo de Julian, ya había movido su pieza. Una viga de cedro envuelta en llamas cayó desde el piso superior, bloqueando la puerta principal con un estruendo de chispas. El taller se convirtió en una trampa de brasas.
Julian buscó otra salida, pero el humo era ahora una pared sólida. El oxígeno desaparecía, reemplazado por los vapores tóxicos de las pinturas y los aceites que Livia usaba. Ella comenzó a toser violentamente, sus pulmones fallando bajo el ataque del aire ardiente.
—¡Aguanta, Livia! ¡Mírame! —Julian la envolvió con su capa roja, intentando protegerla del calor con su propio cuerpo.
Encontró una ventana alta que daba a un callejón trasero. Con una fuerza sobrehumana, Julian golpeó el marco de piedra hasta que cedió. Subió a la repisa y estiró la mano para subirla a ella. Solo faltaba un paso. Un solo paso para sacarla de ese horno y llevarla hacia los jardines del Esquilino, donde el aire aún era respirable.
Pero en ese momento, el suelo bajo los pies de Livia se fracturó. El sótano, debilitado por el calor, cedió.
—¡JULIAN! —gritó ella, usando el nombre que él nunca le había dicho en esa vida.
Julian saltó hacia ella, sus dedos rozando la punta de los suyos en un eco cruel de su muerte en Tebas. Pero no fue suficiente. Livia cayó en la brecha mientras el techo del piso superior se desplomaba sobre ella, sepultándola bajo una lluvia de vigas ardiendo y escombros de mármol.
—¡NO! —el rugido de Julian fue más fuerte que el incendio.