El lienzo de mis siglos

CAPÍTULO 3: LA DANZA DE LAS SOMBRAS (FLORENCIA, 1348)

​El aire en Florencia ya no olía a flores ni al incienso de las iglesias; olía a vinagre, a carne quemada y al hedor dulzón y podrido de la muerte que se filtraba por las grietas de las puertas atrancadas. Las campanas de la catedral, que antes marcaban el pulso de una ciudad vibrante, ahora guardaban un silencio sepulcral, roto únicamente por el rechinar de las carretas de madera que recorrían las calles desiertas recogiendo cadáveres al grito de: "¡Saquen a sus muertos!".

​Julian Lancaster, conocido en esta vida como el Maestro Giuliano, era el médico más respetado y, a la vez, más temido de la Toscana. Vestía su pesada túnica de cuero encerado, guantes de piel de cabra y la icónica máscara de pico de ave, rellena de hierbas aromáticas y triaca para filtrar el aire pestilente. Sus ojos gris tormenta, ocultos tras los cristales redondos de la máscara, observaban el mundo con una frialdad que ocultaba una agonía milenaria.

​Él recordaba. Recordaba el calor de Egipto y las cenizas de Roma. Por eso, en esta encarnación, se había entregado al estudio de la medicina en la Universidad de Bolonia. Pensó que si comprendía el cuerpo humano, si dominaba las hierbas y los elixires, podría proteger a Mila de la fragilidad de la carne. Había pasado años preparándose para este momento, sabiendo que la muerte siempre regresaba por ella.

​Y la peste, la "Muerte Negra", era su mayor desafío.

​Mila, en esta vida una joven de nombre Elena, no vivía en palacios ni talleres de arte. Era una cuidadora de huérfanos en los barrios más pobres de la ciudad, una mujer que entregaba su escaso pan a los niños que la plaga dejaba solos. Julián la había encontrado meses atrás y, aunque su estatus como médico de la nobleza le prohibía mezclarse con la plebe, la visitaba a escondidas, llevándole alimentos y ungüentos, intentando desesperadamente convencerla de que huyera con él a las montañas.

​Pero Elena, con esa misma terquedad luminosa que Mila había tenido en todas sus vidas, se negaba a abandonar a los pequeños.

​El hospital improvisado en la iglesia de Santa María Novella era un vestíbulo del infierno. Julián entró, golpeando el suelo con su bastón para apartar a los moribundos que suplicaban un milagro que él no podía dar. Buscó entre los jergones de paja hasta que la vio.

​Elena estaba tendida en un rincón, rodeada de tres niños que ya habían dejado de respirar. Su piel, antes dorada, estaba ahora pálida y sudorosa. En su cuello, Julián vio lo que más temía: los bubones negros, los nódulos hinchados que eran la firma de la plaga. Ella se había contagiado al limpiar el sudor de uno de sus huérfanos, entregando su vida por un acto de piedad.

​—Giuliano... —susurró ella al verlo, su voz apenas un silbido roncante.

​Julián se quitó la máscara, ignorando las leyes de la medicina y el riesgo de contagio. Como inmortal, la peste no podía tocarlo, pero el dolor de verla así le dolía más que cualquier enfermedad. Se arrodilló a su lado, manchando sus finas ropas de seda con la paja sucia del suelo.

​—Estoy aquí, Elena. Te sacaré de aquí —dijo él, su voz quebrada por una rabia que llevaba siglos acumulándose.

​—No... las puertas están selladas —dijo ella, señalando a los guardias de la ciudad que, desde afuera, habían clavado tablones en las puertas de la iglesia para evitar que la peste se extendiera. Nadie podía salir de allí vivo. Era la ley de la cuarentena.

​Julián se puso de pie, sus ojos plateados brillando con una luz peligrosa. Sacó un frasco de su bolsa, un elixir que él mismo había destilado con opio y hierbas prohibidas por la Iglesia. No era una cura, pero le daría tiempo. Se acercó a la puerta sellada.

​—¡Abran en nombre del Duque! —gritó, pero solo recibió silencio como respuesta.

​Sin dudarlo, Julián sacó una daga de su cinturón. Con la fuerza de un guerrero que recordaba cómo derribar muros en Tebas, comenzó a hachar los tablones de madera. Los guardias del otro lado, aterrados por el médico que parecía poseído por un demonio, intentaron detenerlo con lanzas a través de las rendijas. Julian agarró la punta de una lanza con su mano desnuda, permitiendo que el metal le cortara la palma, y tiró con tal violencia que el guardia al otro lado salió despedido contra la pared.

​Rompió la ley del hombre y la ley de Dios. Derribó la puerta y, cargando a Elena en sus brazos, caminó entre los soldados que no se atrevieron a tocarlo, viéndolo como una aparición de la misma muerte.

​La llevó a su laboratorio privado, un lugar oculto lleno de pergaminos, frascos de cristal y restos de conocimientos olvidados de civilizaciones antiguas. Allí, Julián intentó lo imposible. Usó fuego para cauterizar las heridas de Elena, aplicó compresas de hierbas traídas de Oriente y recitó palabras en idiomas que ya nadie hablaba en el siglo XIV.

​Pasaron tres días. Julián no durmió ni un segundo. Sostenía su mano, transmitiéndole su propia energía vital, rogándole a cualquier dios que estuviera escuchando que esta vez fuera diferente. Pero la fiebre de Elena no bajaba. La peste estaba devorando sus órganos internos con una ferocidad que ninguna medicina podía frenar.

​En la tercera noche, mientras la luna se ocultaba tras los cipreses de Florencia, Elena abrió los ojos. Ya no eran los ojos nublados de una enferma; tenían una lucidez que a Julián le desgarró el alma.

​—Giuliano... no —dijo ella, su mano apretando la de él con una fuerza inesperada—. Ya no soy Elena.

​Julián se congeló. El aire en la habitación se volvió frío, y el olor a peste pareció desaparecer, reemplazado por un aroma efímero a sándalo y flores del desierto.

​—Recuerdo el río —susurró ella, y una lágrima corrió por su mejilla—. Recuerdo la arena roja... y el sonido de tu voz gritando mi nombre mientras el cielo estallaba en luces. Recuerdo el fuego de la ciudad de piedra... y el peso de tu capa roja sobre mis hombros.

​La maldición del Rey de Egipto se manifestaba con su crueldad habitual: la memoria regresaba solo cuando la vida se escapaba.




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