El invierno de 1793 no solo trajo nieve a París; trajo el olor a hierro y a miedo. El Sena parecía una serpiente de hielo que atravesaba una ciudad enloquecida, donde los gritos de "Libertad, Igualdad y Fraternidad" se mezclaban con el sonido rítmico y metálico de la "Cuchilla Nacional" cayendo una y otra vez en la Plaza de la Revolución.
Julián Lancaster, conocido en esta vida como el Ciudadano Julien, vestía el uniforme azul de la Guardia Nacional. Su rostro, endurecido por el frío y los siglos de pérdidas, estaba oculto bajo el ala de su sombrero tricolor. Sus ojos gris tormenta, siempre alerta, observaban el Palacio de las Tullerías no con la devoción de un patriota, sino con la desesperación de un hombre que sabía que el tiempo se estaba agotando.
Él había elegido este bando por una sola razón: acceso. Como oficial de la Revolución, tenía el poder de moverse entre las sombras del nuevo orden, buscando una forma de borrar el nombre que encabezaba la lista de los condenados.
Mila, en esta encarnación, era Mademoiselle Camille, una de las favoritas de la corte de María Antonieta. Su vida era un sueño de encajes, sedas de Lyon y banquetes que desafiaban la hambruna que consumía a Francia. Mientras el pueblo pedía pan, Camille vivía en una burbuja de placeres sensoriales: el sabor dulce de los macarons de violeta, la frescura del champán en copas de cristal tallado y el aroma de los perfumes más caros de Grasse. Ella no era malvada; era simplemente una criatura de luz y lujo que no comprendía que el mundo bajo sus pies de seda estaba a punto de estallar.
Julián la había visto una vez, durante una patrulla forzosa en los jardines de Versalles. Ella estaba comiendo fresas con crema, riendo mientras una mancha de dulce quedaba en la comisura de sus labios. En ese instante, Julián sintió el peso de Egipto, Roma y Florencia golpeándolo a la vez. Era ella. Siempre era ella.
La noche del gran alzamiento, París se convirtió en una hoguera. Julián cabalgaba por las calles empedradas, esquivando las barricadas y las antorchas de la muchedumbre enardecida. El aire estaba cargado del humo de los incendios y del rugido de miles de voces que exigían la cabeza de los aristócratas.
Él sabía que el Comité de Salvación Pública había firmado la orden. Camille, por su cercanía con la "Austriaca", no tendría juicio. Sería ejecutada en el acto por la turba si la encontraban, o llevada directamente al cadalso al amanecer.
—¡Abran paso en nombre de la República! —gritaba Julián, abriéndose camino con su sable entre la multitud que rodeaba el refugio secreto donde se escondían los restos de la corte.
Su corazón martilleaba contra sus costillas con una fuerza que no sentía desde las arenas de Tebas. "Esta vez no", se juraba a sí mismo. Había pasado meses planeando su huida. Tenía caballos listos en las puertas de la ciudad y pasaportes falsos para llevarla a Inglaterra. Había traicionado sus propios principios por ella, se había convertido en un "revolucionario" para proteger a la mujer que simbolizaba todo lo que el pueblo odiaba.
Cuando finalmente llegó al refugio, un antiguo palacete en las afueras, la puerta principal ya había sido derribada. Los gritos de las mujeres y el sonido de los cristales rompiéndose le indicaron que el caos se le había adelantado.
Julián corrió escaleras arriba, su capa azul ondeando tras él. Entró en el salón principal, donde el lujo de las alfombras de Aubusson estaba ahora manchado por el barro de las botas de los sans-culottes.
—¡Camille! —rugió él, su voz barítona imponiéndose sobre el estrépito.
La encontró en un rincón de la biblioteca. Ella sostenía un pequeño pincel, intentando terminar un autorretrato mientras el mundo se caía a pedazos a su alrededor. Incluso en medio del terror, Camille mantenía esa aura de artista, de alguien que solo sabe crear belleza. Cuando vio a Julián entrar con el uniforme de la Revolución, sus ojos verdes se llenaron de una confusión dolorosa.
—¿Viniste a arrestarme, Julien? —preguntó ella, con una voz que sabía a miel y tragedia.
Julián se arrojó a sus pies, tomándole las manos manchadas de óleo.
—Vine a salvarte. Tienes que cubrirte con esta capa. No hables, no mires a nadie. Si llegamos a la puerta del norte antes del alba, estaremos a salvo.
Camille lo miró, y por un segundo, la niebla del presente se disipó. Ella soltó el pincel y rozó la mejilla de Julián. El contacto fue como una descarga eléctrica.
—He soñado contigo —susurró ella, y Julián supo con horror que la maldición estaba despertando. Ella estaba empezando a recordar—. Soñé con una lanza de bronce y con un fuego que devoraba una ciudad de mármol. Siempre llegas tarde, Julian... siempre intentas alcanzarme cuando la sombra ya me toca.
—¡No digas eso! —Julián la levantó en brazos con una fuerza desesperada—. Esta vez soy yo quien tiene el poder. Esta vez el Rey no ganará.
Pero el destino no tiene piedad con los inmortales. Mientras Julián intentaba sacarla por una salida trasera, una horda de hombres armados con picas y antorchas irrumpió en el pasillo. Eran hombres que habían perdido a sus hijos por el hambre, hombres que veían en el vestido de seda de Camille la razón de sus desgracias.
—¡Miren! ¡Una de las perras de la Reina! —gritó un hombre con el rostro manchado de hollín.
Julián se puso delante de ella, desenvainando su sable. Su presencia era imponente, la de un guerrero que había sobrevivido a mil batallas.
—¡Atrás! —rugió—. Esta mujer está bajo la custodia de la Guardia Nacional por orden directa de Robespierre. ¡Si dan un paso más, los ejecutaré por traición a la República!
Por un momento, los hombres vacilaron. La autoridad de Julián era real, casi física. Pero en la Revolución, el odio es más fuerte que la jerarquía. Un disparo salió de la parte de atrás de la turba. La bala no iba dirigida a Julián, sino a la "aristócrata".