El aire en la cubierta de tercera clase del RMS Titanic no entendía de lujos, pero estaba cargado de una esperanza que Julian no había sentido en siglos. El 14 de abril de 1912, el cielo sobre el Atlántico era una cúpula de terciopelo negro salpicada de estrellas tan brillantes que parecían diamantes fríos observando la arrogancia humana. No había luna, solo el reflejo plateado del gigante de acero cortando las aguas negras como el azabache.
Julian Lancaster, conocido en esta vida como Thomas, un fogonero de las calderas, subía a cubierta con el rostro manchado de carbón y los pulmones ardiendo por el calor de las entrañas del barco. Sus ojos gris tormenta, sin embargo, brillaban con una paz inusual. En esta encarnación, no era un general, ni un pretoriano, ni un médico de la nobleza. Era un hombre común, un trabajador con las manos callosas que había encontrado lo que buscaba en los comedores de la clase baja.
Mila era Mary, una camarera que servía mesas con una sonrisa que iluminaba incluso los pasillos más oscuros del navío. No había reyes persiguiéndolos, ni revoluciones que pusieran precio a su cabeza. Por primera vez en tres mil años, Julian se permitió creer que el Rey de Egipto se había cansado de jugar.
—Thomas, pareces un espectro saliendo del Hades —le dijo Mary una noche, mientras compartían un trozo de pan cerca de las barandillas.
Julian la miró y sintió el tirón familiar en el alma. Ella no recordaba nada; para ella, él era solo un fogonero silencioso con una mirada que parecía contener la sabiduría de mil edades. Se amaban con la sencillez de quienes no tienen nada que perder, planeando una vida pequeña en una granja de Nueva York.
"Esta vez será diferente", se decía Julian mientras sentía el suave vibrar de los motores. "Aquí, en medio del océano, el destino no tiene dónde esconderse".
El impacto no fue un estruendo, sino un escalofrío que recorrió el espinazo del barco. Un sonido de algo desgarrándose, como si un gigante estuviera abriendo una cremallera en el costado del Titanic. Julian, que conocía el sonido del desastre mejor que nadie, sintió cómo la sangre se le congelaba antes que el agua.
Cuando las alarmas comenzaron a sonar y el pánico se filtró desde las cubiertas inferiores, Julian corrió contra la marea de gente. Mientras todos subían, él bajaba al laberinto de pasillos inundados, buscando a la mujer que el mar intentaba reclamar.
La encontró ayudando a una madre con sus hijos, con el agua ya por las rodillas. El vapor escapaba de las tuberías rotas y el crujido del acero era como el grito de un animal agonizante.
—¡Mary! ¡Vámonos, ahora! —la tomó de la mano, y el contacto fue eléctrico, una chispa de reconocimiento que hizo que ella se estremeciera.
Trataron de alcanzar los botes, pero el caos era absoluto. Los oficiales disparaban al aire, la orquesta tocaba un vals que sonaba a funeral y la inclinación del barco se volvía cada vez más agresiva. Julian luchó con la fuerza de un guerrero antiguo, cargando a Mary sobre sus hombros cuando el agua alcanzó la cubierta principal.
No hubo bote para ellos. El destino se aseguró de que los últimos lugares fueran ocupados por otros. Cuando la popa del Titanic se elevó hacia las estrellas, un monstruo negro desafiando al cielo, Julian abrazó a Mary con todas sus fuerzas.
—¡Respira hondo y no me sueltes! —gritó justo antes de que el barco se partiera en dos y el océano los succionara hacia la oscuridad.
El frío no era una sensación; era un cuchillo que cortaba la carne y llegaba hasta los huesos. El agua del Atlántico estaba a dos grados bajo cero, un frío que paralizaba el corazón en cuestión de minutos. Julian emergió a la superficie, escupiendo agua salada y buscando desesperadamente entre los gritos de cientos de almas que flotaban en la oscuridad.
—¡Mary! ¡Mary!
La encontró aferrada a un trozo de madera flotante, una puerta de roble que el barco había expulsado en su agonía. Con un esfuerzo sobrehumano, Julian nadó hacia ella y la ayudó a subirse. La puerta era pequeña, apenas suficiente para mantener el torso de una persona fuera del agua, pero Julian, impulsado por su inmortalidad maldita que se negaba a dejarlo morir, se mantuvo en el agua, sosteniendo el borde de la madera para que ella estuviera lo más alta posible.
—Sube, Thomas... hay espacio —gemía ella, con los dientes castañeando tanto que apenas podía articular palabra.
—No, mi amor. La madera no nos aguantará a los dos —mintió él, sabiendo que su peso la hundiría a ella también—. Estoy bien. Soy fuerte. Solo mírame a mí. No mires al agua.
Pero el frío era implacable. El cabello de Mary comenzó a cubrirse de una fina capa de escarcha blanca. Sus labios, antes del color de las cerezas de Versalles, se volvieron de un violeta cadavérico. Julian soplaba sobre sus manos, intentando darle un calor que su propio cuerpo, ya al borde de la hipotermia, empezaba a perder.
—Thomas... —susurró ella. Sus ojos verdes estaban fijos en los de él, y en ese momento, la neblina del olvido se disipó por completo. El frío extremo estaba rompiendo las barreras de su mente—. Julian...
El corazón de Julian se detuvo.
—¿Mila? —la llamó con el nombre de su primera vida.
—Recuerdo... la arena —dijo ella, y una pequeña sonrisa, trágica y hermosa, apareció en su rostro congelado—. Recuerdo el fuego de Roma... y la máscara de pájaro en Florencia. Siempre estás conmigo en el final... mi guardián de ojos grises.
—No es el final, Mila. La ayuda viene. ¡Escucha los silbatos! —Julián lloraba, pero sus lágrimas no corrían por sus mejillas; se convertían en pequeñas gotas de hielo antes de caer, cristales de dolor puro que se perdían en el mar.
—Esta vez... es tan silencioso —susurró ella. Su mirada empezó a perderse en las estrellas—. No dejes de buscarme... Julián. Me gusta... Nueva York... encuéntrame allí.