El lienzo de mis siglos

CAPÍTULO 6: EL CIELO DE HIERRO (LONDRES, 1940)

Londres no dormía; vigilaba. El otoño de 1940 había transformado la capital del Imperio en una ciudad de sombras y sirenas. El toque de queda obligaba a los ciudadanos a cubrir sus ventanas con pesadas telas negras, convirtiendo las calles en un laberinto de oscuridad donde el único brillo provenía de los reflectores que escudriñaban las nubes, buscando la silueta de los bombarderos alemanes. El aire olía a carbón, a té racionado y a ese miedo seco que se instala en la garganta cuando se sabe que la muerte puede caer del cielo en cualquier segundo.

​Julian Lancaster, conocido en esta vida como el Capitán James Sterling —un apellido que adoptó por un impulso subconsciente que no lograba explicar—, trabajaba en las oficinas de inteligencia del Almirantazgo. Vestido con su uniforme impecable de la Marina Real, sus ojos gris tormenta analizaban mapas de incursiones aéreas y mensajes cifrados. Julian no era un soldado común; su capacidad para predecir movimientos enemigos y su calma sobrenatural bajo el fuego le habían ganado una reputación de hombre de hierro.

​Pero Julian no servía a la corona por patriotismo. Servía porque Londres era pequeña, y sabía que Mila estaba allí.

​La había encontrado dos años antes, en una estación de metro durante un simulacro. En esta vida, ella se llamaba Sarah y era una voluntaria de la Cruz Roja, una mujer con el cabello recogido bajo una cofia blanca y una determinación que recordaba a la cuidadora de Florencia. Sarah pasaba sus noches en los refugios antiaéreos, consolando a los ancianos y curando las heridas de los niños tras cada bombardeo.

​Julian había intentado, con todo su poder e influencia, sacarla de la ciudad. Le ofreció una casa en la campiña, lejos de los objetivos militares. Pero Sarah, con esa terquedad heroica que era el sello de su alma, se negó.

​—Mi lugar está aquí, James —le decía ella mientras compartían un café amargo en un café bombardeado—. Si todos los que pueden ayudar se van, ¿quién sostendrá la mano de los que se quedan?

​Julian sentía que el ciclo se cerraba. Había visto a Mila morir en palacios, en naves espaciales de madera, en hospitales de peste y en barcos de lujo. Ahora, la muerte era una máquina industrializada.

​La noche del 7 de septiembre comenzó con un silencio antinatural. Julian estaba en la sala de mando cuando las señales de radar estallaron. Cientos de aviones cruzaban el Canal de la Mancha. El objetivo no eran las fábricas; era el East End, los muelles y los barrios residenciales. El Blitz había comenzado en serio.

​—¡Va a ser una carnicería! —gritó un oficial subalterno.

​Julian no respondió. Salió del edificio ignorando el protocolo militar. Corrió hacia su coche, un Bentley negro, y condujo a través de las calles oscuras mientras las primeras sirenas de ataque aéreo comenzaban su lamento lúgubre. El sonido era como el grito de un animal herido, un eco moderno de los truenos de Tebas.

​Cuando llegó al distrito de Stepney, el cielo ya no era negro. Era de un naranja eléctrico y furioso. Las bombas incendiarias estaban convirtiendo las casas de ladrillo en antorchas gigantescas. El estruendo de las explosiones hacía vibrar el suelo, un terremoto provocado por la mano del hombre.

​—¡Sarah! —gritó Julian, bajando del coche justo cuando una ráfaga de metralla destrozaba el parabrisas.

​El refugio donde ella trabajaba era una estación de metro profunda, pero los edificios de arriba estaban colapsando. Julian se abrió paso entre los equipos de rescate, usando su rango para apartar a los bomberos que intentaban detenerlo. Su inmortalidad le permitía ignorar el calor que derretía el asfalto y el humo que cegaba a los mortales.

​La vio en la entrada del refugio, ayudando a bajar una camilla con un herido. Sus ojos verdes estaban llenos de ceniza, pero brillaban con una luz de alivio al verlo llegar.

​—¡James! ¡Tienes que ayudarme con los de la planta baja! —gritó ella sobre el rugido de los motores de los Heinkel que pasaban por encima.

​Julian la tomó por los hombros. Su uniforme estaba cubierto de polvo y hollín.

​—¡Se acabó, Sarah! Tienes que salir de aquí. El edificio de arriba ha recibido un impacto directo, la estructura no aguantará otra vibración.

​—¡Hay gente atrapada debajo, Julian! —ella usó su nombre real sin darse cuenta, un desliz que hizo que el tiempo se detuviera para él.

​En ese instante, el silbido de una bomba de mil libras cortó el aire. Era un sonido agudo, descendente, la firma de la fatalidad. Julian se lanzó sobre ella, intentando cubrirla con su cuerpo, con su capa de oficial, con toda su eternidad.

​La explosión fue absoluta.

​El edificio sobre la estación de metro colapsó. Toneladas de hormigón, ladrillos y vigas de acero cayeron en una avalancha de destrucción. Julian sintió el impacto, un peso que habría aplastado a un regimiento entero, pero sus huesos de inmortal resistieron, aunque el dolor fue un incendio en sus nervios.

​Quedaron sepultados bajo tres metros de escombros. La oscuridad era total, solo interrumpida por el goteo de las tuberías rotas y el siseo del gas escapando.

​—¿Sarah? —la voz de Julian era un susurro roto.

​Él estaba sobre ella, protegiéndola con su espalda de las losas de piedra. Pero el peso había sido demasiado rápido. Una viga de acero había atravesado el suelo de la planta superior antes de que él pudiera cubrirla por completo.

​Julian movió los escombros con una fuerza desesperada, sus manos sangrando mientras apartaba trozos de cemento. Logró encender un pequeño mechero de metal. La luz vacilante iluminó el rostro de Sarah.

​Ella estaba pálida, con un rastro de sangre corriendo por su frente. La viga la había herido de muerte. No había médicos, ni elixires de Florencia, ni tecnología del Almirantazgo que pudiera salvarla allí abajo.

​—Julian... —susurró ella, y sus ojos verdes se enfocaron en los de él con una intensidad que traspasaba el tiempo. La cercanía de la muerte, como siempre, rompía el sello del Rey de Egipto—. Me duele... la espalda... como si una lanza me hubiera atravesado...




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.