Desde el piso sesenta y cinco de la Torre Lancaster, el mundo parecía un tablero de ajedrez diseñado para un solo jugador. Los rascacielos de cristal de la City de Londres se alzaban como agujas de plata bajo un cielo que hoy, por fin, lucía de un azul pacífico. Julian Lancaster, el CEO más joven y poderoso de la era moderna, observaba el horizonte con una expresión que nadie en su junta directiva lograba descifrar.
A sus veintiséis años, Julian poseía una fortuna que otros tardarían diez vidas en acumular. No era solo suerte o herencia, aunque había nacido en el seno de una de las familias más aristocráticas de Europa. Su éxito radicaba en un secreto que guardaba bajo siete llaves: Julian poseía el conocimiento acumulado de tres mil años. Entendía la ingeniería gracias a las construcciones romanas, dominaba la química por sus estudios en Florencia y comprendía la estrategia militar y comercial porque había visto caer imperios desde sus cimientos. Su mente era una biblioteca de victorias y fracasos históricos que aplicaba con una frialdad quirúrgica a los mercados actuales.
Sin embargo, en esta vida, Julian había tomado la decisión más difícil de su existencia: la renuncia.
—Si no la busco, ella vive —susurró para sí mismo, sintiendo el peso de su traje de diseñador como si fuera una armadura—. Si no la encuentro, la maldición no tiene un blanco.
Había pasado sus primeros años de juventud luchando contra el instinto de rastrear cada galería de arte, cada escuela de restauración, cada rincón de la ciudad. El amor que sentía por Mila seguía siendo el fuego que mantenía su corazón latiendo, pero su sentido de la responsabilidad era ahora mayor. Había visto a Mila morir por una lanza, por el fuego, por la peste, por la guillotina, por el hielo y por las bombas. No podía permitir que el 2026 fuera testigo de otra tragedia. Si su destino era vivir una vida de éxito absoluto en la más profunda soledad, ese sería el sacrificio que pagaría por verla llegar a vieja, aunque fuera en brazos de otro.
Al otro lado de la ciudad, en un pequeño barrio bohemio donde el olor a café y pintura fresca flotaba en el aire, Mila, de veintitrés años, se encontraba sumergida en un trance creativo. Su casa-taller era un refugio de techos altos, lleno de lienzos apoyados contra las paredes y frascos de pigmentos antiguos.
Mila estaba terminando de aplicar los últimos trazos de su obra más reciente: una escena del terremoto de San Francisco de 1906. Con un pincel fino, detallaba la angustia en los rostros de la gente y la caída de los edificios con una precisión que rozaba lo imposible.
—Es curioso... —murmuró Mila, alejándose un paso para observar el cuadro. Sus manos estaban manchadas de gris ceniza y siena—. Yo ni siquiera había nacido cuando esto pasó. Jamás he estado en San Francisco. Pero puedo sentir el polvo en mis pulmones y el calor del suelo rompiéndose bajo mis pies.
Mila dejó el pincel y caminó por su taller, observando sus otras pinturas. Eran su "colección de fantasmas". Había cuadros de una plaza egipcia, de una Roma envuelta en llamas y de un barco hundiéndose en aguas negras. No sabía por qué tenía esos sueños tan vívidos, esas visiones que la asaltaban en la madrugada y que la obligaban a pintar hasta que le sangraban los dedos. Los coleccionistas pagaban fortunas por su obra, diciendo que su técnica tenía una "melancolía histórica" que nadie más podía imitar.
A pesar de que sus cuadros se vendían bien, Mila prefería la tranquilidad de su trabajo principal: la restauración. Había algo sanador en arreglar lo que el tiempo había roto. No era famosa —prefería el anonimato de su taller—, pero su reputación entre los museos era impecable.
De pronto, el sonido de una notificación interrumpió el silencio. Mila se acercó a su computadora y abrió el correo electrónico. Sus ojos verdes se abrieron de par en par al leer el asunto: “Solicitud Urgente de Restauración – Propiedad Privada de Lancaster Global Dynamics”.
Al abrir el archivo adjunto, el aliento se le detuvo. Era una fotografía de una tabla de madera policromada que parecía tener cinco mil años de antigüedad. Representaba un fragmento de una figura femenina, con una túnica blanca y una mirada de una dignidad desgarradora. No era solo la antigüedad lo que la atrajo; era una sensación de déjà vu tan potente que sintió un mareo repentino.
—Cinco mil años... —susurró—. Es casi imposible que algo así se haya conservado.
Bajó la vista para leer los detalles del cliente. Julian Lancaster. El nombre saltó de la pantalla. El empresario más importante del momento, el hombre cuyas fotos aparecían en todas las revistas de economía, pero que siempre mantenía una distancia misteriosa de la vida social.
—Si acepto esto, estaré trabajando para el hombre más rico del país —pensó Mila, con el corazón latiendo con fuerza—. Pero esa pintura... siento que me está llamando. Como si hubiera estado esperando por mí todo este tiempo.
Sin pensarlo más, sus dedos volaron sobre el teclado y presionó el botón de "Aceptar".