El lienzo de mis siglos

CAPÍTULO 8: EL SILENCIO DEL TITÁN

El silencio en la oficina principal de la Torre Lancaster no era un vacío, sino una presencia física. A sesenta pisos sobre el asfalto de Londres, el ruido del mundo —el rechinar de los neumáticos, el murmullo de los millones de almas que buscaban un propósito— se filtraba solo como una vibración sorda, casi imperceptible. Para Julián, esa altura no era un símbolo de estatus, sino una barricada. Una fortaleza de cristal y acero diseñada para mantener a raya el pasado.

Julián Lancaster, el CEO que la prensa económica describía como "el oráculo de la City", permanecía de pie frente al ventanal que abarcaba de suelo a techo. A sus veintiséis años, poseía una riqueza que desafiaba la lógica, pero su mirada gris tormenta no reflejaba orgullo, sino una fatiga milenaria. Había nacido en una cuna de oro en esta vida, pero su verdadera ventaja competitiva era la biblioteca de fracasos y éxitos que cargaba en su memoria desde hacía tres mil años. Entendía los ciclos de los mercados porque había visto caer los graneros de Egipto y colapsar las rutas comerciales de Roma.

En esta encarnación, Julián había tomado una decisión que consideraba su acto de amor más puro: la renuncia absoluta. Había pasado sus primeros años de juventud utilizando sus recursos ilimitados para rastrear bases de datos, redes sociales y registros de propiedad, no para encontrarla, sino para asegurarse de que su órbita nunca chocara con la de ella. Si el destino era una ecuación de probabilidad, Julián estaba decidido a reducir las posibilidades de un encuentro a cero. Si no la buscaba, si no la amaba, tal vez la muerte no la encontraría a ella.

La puerta de madera de nogal se abrió con un clic casi inaudible. Jack, su asistente personal, entró con una carpeta de cuero bajo el brazo.

—Señor Lancaster, la pieza antigua ha sido entregada —anunció Jack con voz monótona—. El equipo de adquisiciones ha seleccionado a una restauradora con una reputación impecable en arte antiguo, aunque prefiere mantener un perfil bajo. Dicen que su técnica para tratar madera milenaria es única en el país.

Julián no se giró. Sus ojos seguían fijos en un punto invisible en el horizonte de la ciudad.

—¿Su nombre? —preguntó Julián. Su voz era una vibración baja, desprovista de emoción.

—Mila Sterling.

El nombre golpeó el pecho de Julián como un mazo de bronce. El aire en sus pulmones pareció transformarse en plomo líquido. Por un segundo, el lujo de su oficina desapareció y sintió el roce de la arena en sus mejillas. Había pasado décadas construyendo un muro de acero entre ellos, y el destino lo había derribado con un simple correo electrónico de su propio departamento de arte.

—Cancela la orden.

Jack parpadeó, desconcertado por la brusquedad de su jefe.

—¿Señor? Pero el contrato está firmado y la pieza ya está en su taller. Es probable que ya haya comenzado con los análisis preliminares de la policromía.

—No me importa. No quiero que la señora Sterling trabaje en esa pintura. Retira la obra de inmediato. Págale una compensación, triplica sus honorarios por la molestia, pero quiero esa tabla fuera de sus manos antes de que termine el día.

Cuando Jack se retiró, cerrando la puerta tras de sí, Julián sintió que la oficina se hacía pequeña. Se desplomó en su silla de cuero, pero la comodidad moderna no pudo aliviar el dolor que brotaba de sus huesos. Sus dedos rozaron la superficie de su escritorio de obsidiana, y de repente, ya no estaba en Londres 2026.

El Recuerdo: Egipto, Dinastía Tardía

El olor era lo primero que regresaba: una mezcla de mirra, aceite de cedro y el humo acre de las antorchas que se extinguían. En aquella vida, Julián y Mila habían logrado lo que parecía un milagro: la vejez. Ella era una Sacerdotisa Mayor, respetada y poderosa, y él era el General de sus guardias personales. Habían pasado décadas ocultos a plena vista, pensando que la maldición se había agotado tras tantos siglos de sangre.

Mila tenía el cabello blanco como el lino fino que vestía, y sus ojos verdes, aunque rodeados de arrugas, conservaban la misma chispa de rebeldía que en Tebas. Estaban en el templo subterráneo, supervisando la creación de una tabla de madera sagrada que narraba su historia secreta.

Pero el destino nunca duerme; solo espera el momento de mayor paz para atacar.

Un grupo de saqueadores, guiados por una facción religiosa que consideraba la unión de Julián y Mila como una abominación contra los dioses, irrumpieron en el santuario. El caos fue instantáneo. Julián desenvainó su espada, luchando con una ferocidad desesperada, pero eran demasiados. Una lámpara de aceite fue derribada contra los tapices secos, y el fuego se extendió con una rapidez sobrenatural.

—¡Julián, los rollos! —gritó Mila, corriendo hacia la cámara interior para salvar el conocimiento que habían acumulado.

—¡Mila, sal de ahí! —rugió él, abriéndose paso entre los atacantes.

Pero el humo, denso y negro, inundó el espacio. Julián la vio a través de las cortinas de fuego; Mila estaba de pie, sosteniendo la tabla de madera contra su pecho mientras el techo de piedra del templo, debilitado por siglos de filtraciones y el calor extremo, comenzaba a fracturarse. El estruendo fue como el fin del mundo. Una enorme losa de granito colapsó, sepultándola justo antes de que él pudiera alcanzarla.

Julián excavó con sus manos desnudas hasta que sus uñas se desprendieron y sus dedos sangraron sobre la piedra caliente, pero solo pudo recuperar un fragmento de la tabla de madera que ella protegía. La misma tabla que ahora, miles de años después, estaba en un taller en Southwark.

De vuelta en el presente, Julián barrió con un brazo los documentos que descansaban sobre su escritorio. El papel voló como ceniza blanca por toda la oficina, un eco visual del desastre en el templo. Su respiración era agitada, errática.

Había intentado ser un CEO frío, un hombre que solo creía en números y algoritmos. Había intentado salvarla mediante la indiferencia. Pero el fragmento de esa tabla, la última conexión física con su pasado más remoto, los había reunido de nuevo. El destino no quería que ella viviera una vida tranquila; el destino quería el espectáculo de su muerte una vez más.




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