La mañana en Southwark comenzó con una luz pálida y fría que se filtraba por los altos ventanales de mi taller, bañando los lienzos inacabados con una claridad implacable. Me desperté con el sabor metálico de un sueño que ya no podía recordar, pero que dejó mis dedos hormigueando de una extraña urgencia. No perdí el tiempo. Desayuné de pie, apenas consciente del sabor del café amargo, mientras mis ojos no se despegaban de la tabla de madera que descansaba sobre el caballete principal.
Esa pieza... había algo en ella que me robaba el aliento. Según los documentos de Lancaster Global Dynamics, tenía cinco mil años. Era un fragmento de una historia que el mundo había olvidado, y sin embargo, cada vez que me acercaba, sentía que la madera me reconocía a mí.
Me preparé para trabajar con un ritual casi religioso. Alineé mis bisturíes de acero inoxidable, preparé las mezclas de solventes químicos con una precisión de boticaria y ajusté las lámparas halógenas para que no quedara una sola sombra sobre la superficie policromada. Me puse la bata de trabajo, manchada con las cenizas de mis "cuadros de desastres", y me sumergí en el silencio del taller.
El trabajo de limpieza es hipnótico. Con un hisopo humedecido en una mezcla suave de alcohol y agua destilada, comencé a retirar la mugre de los milenios. Centímetro a centímetro, la costra oscura cedió ante mi tacto. Debajo de la suciedad, empezó a emerger un azul lapislázuli tan vibrante que parecía latir con sangre propia. Era el color del cielo justo antes de una tormenta de arena, o quizás el color de los ojos de alguien que solo veía en mis sueños.
Había logrado limpiar casi un cuarto de la pintura, revelando parte de lo que parecía ser una túnica de lino blanco con bordes dorados, cuando el sonido de unos pasos firmes contra la madera del pasillo me sacó de mi trance. No era el paso de un mensajero común; era el ritmo de alguien que se sentía dueño del suelo que pisaba.
La puerta se abrió y apareció el secretario del señor Julian Lancaster. El mismo hombre impecable del día anterior, pero esta vez su armadura de eficiencia parecía tener grietas. Su rostro estaba pálido y sus manos se entrelazaban con nerviosismo.
—Señorita Sterling, lamento interrumpir su labor —dijo, sin atreverse a pasar del umbral, como si el taller estuviera maldito—. He recibido órdenes directas y urgentes del despacho principal. Debemos retirar la pintura de inmediato.
Me quedé helada, con el hisopo aún en la mano. Una chispa de indignación, una que nunca antes había sentido con un cliente, estalló en mi pecho.
—Ya he empezado a trabajar en ella —respondí, mi voz sonando más grave y autoritaria de lo normal. Señalé la zona limpia, donde el pigmento antiguo brillaba bajo la luz artificial—. Mover una madera de cinco mil años en este estado de hidratación es un suicidio artístico. La policromía podría saltar al menor cambio de presión.
—No hay problema con eso —insistió el secretario, dando un paso vacilante hacia adelante—. Se le pagará una compensación generosa por el tiempo invertido. El señor Lancaster ha sido muy claro: el dinero no es un obstáculo. Solo queremos la pieza de vuelta ahora mismo.
Dejé las herramientas sobre la mesa de mezclas y me crucé de brazos. Sentía una fuerza extraña recorriéndome la espalda, una terquedad que no era mía, o quizás era la suma de todas las mujeres que había pintado en mis cuadros trágicos.
—¿Hice algo malo para que el señor Julian no quiera que trabaje en esta pintura? —le pregunté, clavando mis ojos verdes en los suyos—. ¿O hay alguna otra razón justificable?
El secretario guardó un silencio sepulcral. Miró por encima de mi hombro hacia la pared del fondo, donde colgaban mis óleos de Pompeya ardiendo y del Blitz de Londres. Parecía aterrorizado, como si los cuadros fueran ventanas a crímenes reales.
—Dígale al señor Julian lo siguiente —continué, con una frialdad que me sorprendió a mí misma—. El contrato fue firmado por ambas partes y es legalmente vinculante. Si decide rescindirlo sin una causa técnica demostrable, no solo enfrentará una demanda por incumplimiento, sino que me encargaré de que la comunidad artística sepa cómo trata el hombre más poderoso de la City a los profesionales independientes. Su reputación vale mucho más que la compensación que intenta ofrecerme.
El secretario tragó saliva, visiblemente afectado por mi amenaza. No dijo nada más. Asintió con la cabeza de forma mecánica y salió del taller casi huyendo, dejando tras de sí el eco de sus pasos apresurados.
Me quedé sola, respirando de forma agitada. Mis manos temblaban mientras volvía a sentarme frente a la tabla de madera. Jamás en mi vida había sido tan agresiva con un cliente; siempre había sido la restauradora silenciosa que aceptaba los cambios de humor de los ricos. Pero esta pintura... esta maldita y hermosa tabla de madera me atraía de una manera que jamás había sentido.
Era una atracción física, casi dolorosa. Sentía que si dejaba que se llevaran la pintura, algo dentro de mí se rompería para siempre. Miré el cuarto que había limpiado y me di cuenta de que, bajo la túnica pintada, había una pequeña cicatriz en la madera, una marca que yo conocía sin haberla visto nunca antes.
—¿Quién eres, Julian Lancaster? —susurré al aire cargado de solventes—. ¿Y por qué siento que me estás quitando esta pintura para salvarme la vida?
Ignoré el miedo que empezaba a reptar por mi nuca y volví a tomar el bisturí. No iba a detenerme. Si él quería la pintura de vuelta, tendría que venir él mismo a quitármela de las manos. Por primera vez en mis veintitrés años, sentía que no estaba pintando el pasado de otros, sino que estaba desenterrando mi propio presente.