El lienzo de mis siglos

CAPÍTULO 10: EL ARQUITECTO DE LA DESOLACIÓN

El informe que Jack dejó sobre mi escritorio de obsidiana no era solo una actualización logística; era una declaración de guerra. Escuchar que Mila Sterling no solo se negaba a abandonar la restauración, sino que me amenazaba con acciones legales y con arrastrar mi nombre por el fango de la opinión pública londinense, provocó algo en mí que no sentía desde hacía siglos. Una mezcla de furia ciega y una admiración que me quemaba las entrañas.

Me puse en pie, caminando hacia el ventanal de mi oficina en la Torre Lancaster. Observé el cielo plomizo de Londres, sintiendo cómo la sangre me hervía bajo el traje de seda. Había pasado décadas —no, milenios— intentando ser su salvador silencioso, su protector invisible. Había construido este imperio de cristal y algoritmos con el único propósito de tener el poder suficiente para mantenerla a salvo de las garras del destino. Y ahora, ella usaba esa misma fuerza para desafiarme.

—Qué ingenua... y qué magnífica —susurré, mi aliento empañando el vidrio reforzado.

Había olvidado su fuerza. Había olvidado esa terquedad indomable que la hacía permanecer en pie mientras los imperios se desmoronaban a su alrededor. No importaba si estábamos en Tebas, en Roma o en el Londres de 2026; Mila seguía siendo la misma llama que se negaba a ser extinguida por el viento del sentido común. Ella no entendía que su rebeldía era el imán que atraía a la tragedia.

—Bien, Mila —dije para mis adentros, mientras mi reflejo me devolvía una mirada gélida—. Si quieres jugar a los desafíos, si quieres medir tu voluntad contra la mía, juguemos. Pero debes saber que en este siglo, yo soy el dueño del tablero.

Me giré hacia mi secretario, quien aguardaba en la puerta con la respiración contenida. La tensión en la habitación era tan densa que se podía cortar con un bisturí.

—Jack, cambia de estrategia —ordené, mi voz sonando como el golpe de un martillo sobre un yunque—. No quiero abogados. No quiero negociaciones. Compra el edificio. Ahora.

—¿Señor? —balbuceó él, parpadeando confundido.

—Compra todo el bloque de Southwark donde se encuentra su taller. Quiero que cada apartamento, cada local comercial y cada centímetro cuadrado de ese edificio pase a ser propiedad de Lancaster Global en las próximas seis horas. Ofréceles lo que sea: el doble, el triple del valor de mercado. Quiero que todos los inquilinos se vayan hoy mismo. Menos ella.

Caminé hacia él, rodeándolo como un depredador acechando a su presa. La adrenalina de la toma de decisiones absoluta me devolvía la vitalidad de mis vidas como general.

—Mila se queda sola en ese edificio. Quiero que despliegues a mil guardias de seguridad de élite. Pon vigilancia de 24 horas, siete días a la semana. Cámaras térmicas, sensores de movimiento, drones perimetrales. Quiero que no se mueva, que no dé un paso fuera de ese taller y que no respire un aire que yo no haya filtrado primero. Veremos cuánto aguanta tu orgullo, Mila, cuando el único sonido que escuches sea el de mis cámaras vigilando tus sueños.

La semana que siguió fue un ejercicio de control absoluto y una tortura refinada. Mi oficina se transformó en un búnker de alta tecnología. Las paredes de mi santuario corporativo ahora estaban cubiertas por monitores que transmitían, en tiempo real, cada ángulo del edificio en Southwark.

Observaba las pantallas con una obsesión que rozaba la locura. Veía a Mila a través de las lentes de alta definición: la veía caminar de un lado a otro en su taller, su rostro transformándose de la confusión a la comprensión, y finalmente, a una rabia contenida que hacía vibrar el aire. El edificio, una vez lleno de vida y ruido, se había convertido en un mausoleo de ladrillo donde ella era la única habitante viva.

Mis guardias reportaban cada detalle. "La sujeto 1 ha intentado salir por la puerta trasera", decía el intercomunicador. "Acceso denegado. Se le informó que hay una fuga química en la calle". Mentirosos profesionales protegiéndola de un peligro que solo yo comprendía.

Día cuatro. La vi arrojar un pincel contra la pared. Día seis. La vi sentada en el suelo, mirando la puerta durante horas, como si esperara que su voluntad pudiera derribar las cerraduras electrónicas que yo mismo había programado.

—¿Cuánto más, Mila? —preguntaba yo a la pantalla, acariciando el cristal frío que nos separaba—. Solo ríndete. Deja la pintura. Déjame salvarte de la única forma que sé: aislándote del mundo.

Pero la vigilancia llegó a su tope. El sistema de seguridad de Lancaster Global es perfecto, pero no está diseñado para contener a un alma que ha nacido para ser libre. El séptimo día, los sensores de presión de los ascensores se volvieron locos. Los guardias del vestíbulo informaron de una brecha. No era un ataque externo; era ella. Mila había encontrado una forma de burlar los perímetros, probablemente usando los conductos de servicio que solo alguien que conoce las entrañas de un edificio viejo podría identificar.

Estaba en mi oficina, revisando los últimos informes de la junta, cuando el estruendo comenzó. No fueron gritos de auxilio, sino gritos de guerra. Escuché el forcejeo en la antesala, el sonido de cuerpos pesados chocando contra las paredes de mármol y las voces de mis hombres intentando contenerla sin herirla, siguiendo mis órdenes estrictas.

Me recliné en mi silla, ajustando el nudo de mi corbata de seda negra. El corazón me latía con una fuerza que amenazaba con romper mis costillas de inmortal. Sabía que este momento llegaría. La fiera había roto su jaula de cristal.

—Es hora del show —murmuré, una sonrisa sombría curvando mis labios.

La puerta de mi oficina voló hacia atrás, golpeando los topes de acero con un estruendo que resonó por toda la Torre Lancaster. Mila entró como un torbellino de furia y pigmento. Su bata de trabajo estaba sucia, su cabello desordenado y sus ojos verdes... Dios, sus ojos verdes ardían con la intensidad de un incendio forestal. Estaba jadeando, con las mejillas encendidas por el esfuerzo físico de haber burlado a mis equipos de seguridad.




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