El lienzo de mis siglos

CAPÍTULO 11: LA DESCARGA DEL ALMA

El sonido del pincel sobre la madera era lo único que mantenía mi cordura en el silencio sepulcral de Southwark. Estaba concentrada, con la espalda encorvada y los ojos fijos en el panel central de la tabla milenaria. Había logrado limpiar casi la mitad de la obra; el rostro de la mujer bajo la suciedad revelaba una piel de porcelana y una mirada de una dignidad tan desgarradora que me hacía temblar las manos. Estaba a punto de aplicar una solución química para estabilizar el pigmento cuando el mundo exterior, ese que Julian Lancaster intentaba borrar, irrumpió con la violencia de un terremoto.

Primero fue el chirrido de frenos hidráulicos. Luego, el golpe seco de puertas de camiones cerrándose al unísono. Dejé las herramientas con cuidado y salí del cuarto estéril, con el corazón martilleando contra mis costillas. Al abrir la puerta de mi taller, el pasillo, que siempre olía a madera vieja y a la humedad típica de Londres, estaba inundado por una actividad frenética y mecánica.

Vi a mis vecinos, personas con las que había compartido saludos matutinos durante años, arrastrando maletas y cargando cajas con una desesperación que bordeaba el pánico.

—¡Vecina! —grité, interceptando a la mujer del 2B que intentaba bajar una cómoda por las escaleras—. ¿Qué está pasando? ¿Hay una evacuación? ¿Una fuga de gas?

La mujer me miró con ojos desencajados, sin detener su marcha. —Alguien compró el edificio de golpe, Mila. Unos hombres de traje vinieron hace una hora. Nos pagaron una fortuna, más de lo que vale este bloque entero, pero la condición era desocupar hoy mismo. Nos mandaron a la calle en menos de seis horas.

—¿De verdad? Pero yo no recibí ninguna notificación. No me ha llegado ningún correo, ninguna llamada —dije, sintiendo que el suelo se volvía inestable bajo mis pies.

—Es porque usted es la única que se quedará —una voz gélida y monótona cortó el aire tras de mí.

Me giré bruscamente. Allí estaba el secretario de Julian, ese hombre que parecía más un algoritmo que un ser humano. No mostraba ni un ápice de empatía por las familias que estaban siendo desplazadas. Simplemente estiró el brazo y me entregó una nota con el sello dorado de Lancaster Global Dynamics.

“Para su tranquilidad y la preservación absoluta de la obra, Julian Lancaster ha adquirido la propiedad total del inmueble. A partir de este momento, el edificio funcionará como una extensión privada de nuestros laboratorios. Usted podrá continuar su labor sin molestias externas ni distracciones innecesarias.”

—Julian compró el edificio para que solo usted esté trabajando aquí sin molestias o problemas —explicó el secretario, como si estuviera recitando un manual—. Queremos estar seguros de que nada interfiera con el activo más valioso de la compañía.

Antes de que pudiera protestar, una oleada de hombres vestidos con uniformes tácticos negros inundó el vestíbulo. Se movían con una precisión militar, rodeando el perímetro del edificio con vallas de seguridad. Otros, cargados con taladros y cables de fibra óptica, empezaron a perforar las paredes de ladrillo visto para instalar cámaras de vigilancia con sensores de movimiento y visión térmica en cada esquina del rellano.

—También tendrá seguridad privada las veinticuatro horas —añadió el secretario, señalando a los guardias que ya se posicionaban frente a mi puerta—. Nada entrará ni saldrá sin ser escaneado.

La furia me subió por la garganta como una llamarada. Quise gritar, quise arrojarle la nota a la cara, pero la magnitud del despliegue de poder me dejó momentáneamente muda. Julián Lancaster no solo era rico; era un arquitecto de la realidad que estaba rediseñando mi vida a su antojo. Bufe con un desprecio que pretendía ocultar mi miedo y, por el momento, terminé aceptando la situación. ¿Qué otra opción tenía contra un hombre que podía comprar el aire que yo respiraba?

La semana que siguió no fue una estancia en un taller de lujo; fue una tortura psicológica refinada. Intenté refugiarme en la pintura, buscando consuelo en los trazos de hace cinco mil años, pero la paz era imposible. Cada dos horas, el silencio era interrumpido por el eco metálico de las botas de los guardias haciendo el cambio de turno en el pasillo.

La vigilancia era total. No podía moverme por mi propio hogar sin sentir el ojo electrónico de las cámaras siguiéndome. Sentía el lente ajustando el foco cuando me levantaba por un vaso de agua a medianoche; sentía la presencia invisible de Julián observando mis rutinas más íntimas, desde que me preparaba el café en pijama hasta cuando iba al baño. Me sentía como una mariposa clavada con un alfiler bajo un microscopio de alta resolución.

Incluso mis cuadros, esas escenas de desastres históricos que solían darme paz, ahora parecían burlarse de mí. ¿Eran premoniciones? ¿Eran recuerdos? El rostro de la mujer en la tabla milenaria parecía suplicarme que la terminara de limpiar, como si bajo el barniz estuviera la clave para romper los muros de cristal de Julián.

Siete días. Siete días de ser una prisionera de lujo en mi propia casa. Julián pensaba que podía domesticar mi espíritu con seguridad y comodidades, pero había olvidado que la terquedad que tanto le asustaba en el pasado seguía viva en mí.

A las dos de la mañana del octavo día, tomé una decisión. No iba a esperar a que él decidiera cuándo era digna de ver el sol.

Me acerqué al panel eléctrico principal de mi departamento. Durante años, me había quejado de la instalación deficiente de este viejo almacén, pero hoy, esa deficiencia era mi aliada. Con un par de herramientas de restauración y un cable de puente, provoqué una descarga eléctrica controlada. El chispazo iluminó el taller por un microsegundo y el olor a ozono llenó mis pulmones. El sistema de seguridad de Lancaster, diseñado para proteger contra ataques externos, colapsó ante un sabotaje interno. Las cámaras parpadearon y se apagaron.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.