El lienzo de mis siglos

CAPÍTULO 12: EL REFLEJO DE UN SIGLO OLVIDADO

El trayecto desde Southwark hasta el corazón financiero de la ciudad fue un borrón de luces de neón y lluvia fina. La adrenalina, esa chispa eléctrica que me había impulsado a sabotear mi propio sistema eléctrico y burlar a los guardias de Lancaster, todavía vibraba bajo mi piel. No me detuve a pensar en las consecuencias legales ni en la magnitud del imperio que estaba desafiando. Solo sabía que el aire en mi taller se había vuelto irrespirable y que el responsable tenía un nombre que resonaba en cada rascacielos de acero: Julián Lancaster.

Al entrar en la Torre Lancaster, el lujo gélido del mármol blanco y el cristal reforzado pareció absorber el sonido de mis botas embarradas. La secretaria de la planta presidencial, una mujer cuya perfección estética era casi insultante, se levantó de un salto cuando me vio cargar contra las puertas dobles.

—¡Señorita! No puede pasar, el señor Lancaster está en medio de una... —su voz se perdió en un chillido cuando la ignoré por completo.

—¡Sin cita no hay entrada! —gritó de nuevo, intentando interceptarme con una mano enguantada.

No me importó el protocolo, ni su mirada de horror, ni el hecho de que probablemente estaba cometiendo un allanamiento de morada corporativo. Empujé las puertas de nogal con una fuerza que no sabía que poseía. El estruendo de la madera golpeando los topes de seguridad hizo que el silencio del despacho estallara en mil pedazos.

—¡Julián Lancaster! —entré gritando, con la voz quebrada por el esfuerzo y los puños apretados a los costados—. ¡Usted no tiene derecho a hacerme esto!

Él estaba de espaldas, una silueta oscura y perfecta recortada contra el ventanal que mostraba el Támesis como una serpiente de plata. Se tomó su tiempo. Se giró con una lentitud deliberada, como si hubiera estado esperando este estallido desde el momento en que me envió la primera notificación de seguridad.

Cuando finalmente sus ojos se encontraron con los míos, el aire abandonó mis pulmones de forma violenta. Me quedé sin aliento, paralizada por una sacudida visceral que no tenía nada que ver con la rabia. Sus ojos eran de un gris tormenta, profundos y cargados de una fatiga que no correspondía a un hombre de veintiséis años. Su apariencia, su porte, incluso la forma en que inclinaba la cabeza... sentí un impacto de reconocimiento tan potente que mis rodillas flaquearon. ¿En dónde lo había visto antes? Mi mente buscaba desesperadamente en mis recuerdos, en las galerías, en los libros de historia, pero mi cuerpo reaccionaba con una familiaridad aterradora, como si cada célula de mi ser gritara que este hombre era el centro de gravedad de mi mundo.

—¿Quería algo, señorita Mila? —preguntó.

Su voz era una vibración profunda que pareció acariciar mi espina dorsal, haciendo que mi corazón se acelerara hasta el punto del dolor. Sus ojos me miraban fijamente, analizándome con una intensidad que parecía leer las cicatrices invisibles de mi alma. Vi cómo tragaba saliva con dificultad, haciendo que su manzana de Adán subiera y bajara en un gesto que delataba una tensión contenida bajo su máscara de hielo. Ese pequeño detalle me hizo estremecer. Con razón decían que era el hombre más cotizado y misterioso del país; emanaba un magnetismo peligroso, una mezcla de poder absoluto y una vulnerabilidad oculta que me atraía como una polilla a una llama.

Antes de perderme en ese abismo gris o de permitir que mi cuerpo me traicionara, sacudí la cabeza con violencia para recuperar el control.

—¡Es un invasor! —le reclamé, mi voz recuperando su filo—. He pasado una semana viviendo bajo el lente de sus cámaras. Ha vaciado mi edificio, ha echado a mis vecinos y me ha convertido en una prisionera en mi propio taller. ¡Usted no puede comprar mi privacidad por mucho dinero que tenga!

—La obra que tiene en sus manos vale millones de dólares, señorita Sterling —respondió él, dando un paso hacia el frente. El olor a sándalo y lluvia que emanaba de él llenó el espacio entre nosotros—. Es una pieza única de cinco mil años. Tengo todo el derecho, como propietario legal, de implementar los protocolos que considere necesarios para proteger mi inversión de cualquier factor de riesgo.

—¡Yo no soy un factor de riesgo! —le espeté, acortando la distancia entre nosotros hasta que solo el escritorio nos separaba—. Soy la única persona capaz de restaurar esa tabla sin destruirla. Pero está invadiendo mi propiedad, mi intimidad y mi vida privada. ¿Cree que por ser Julian Lancaster las leyes de este país no se aplican a usted?

Él soltó una serie de excusas técnicas con una frialdad exasperante. Habló de seguros internacionales, de la fragilidad de la madera ante agentes externos y de la posibilidad de sabotaje o robo. Pero mientras hablaba, su cuerpo se acercaba más al mío. Discutíamos con una ferocidad que rozaba lo irracional, cada palabra era un pretexto para no apartar la vista del otro. Estábamos tan cerca que podía sentir el calor irradiando de su pecho y ver el rastro de una antigua determinación en sus facciones. La tensión eléctrica en la habitación era tan alta que sentía que el vello de mis brazos se erizaba.

Tras unos minutos de una cercanía asfixiante, donde el oxígeno parecía haberse agotado, Julián carraspeó bruscamente. Sus ojos se apartaron de los míos por un segundo y se alejó varios pasos hacia su escritorio, rompiendo el hechizo que nos mantenía suspendidos.

—Es mi propiedad —reiteró, aunque su voz sonaba un poco menos firme que antes—, y yo decido cómo se protege.

Yo sentía mi rostro arder, roja de ira y de una agitación que no quería nombrar. Me sentía expuesta, pero no me iba a rendir.

—Aceptaré las cámaras en el área de trabajo del taller —dije, tratando de que mi voz no delatara el temblor de mi cuerpo—. Estarán enfocadas exclusivamente en la obra, no en mí. Pero tiene que quitar las cámaras de mi casa de inmediato. Y quiero a esos guardias fuera de mi pasillo. No viviré otro día sintiéndome observada mientras duermo.




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