El lienzo de mis siglos

CAPÍTULO 13: LOS CÓDIGOS DE LA PIEL

El silencio en el edificio, ahora vacío de vecinos pero lleno de presencias invisibles tras los lentes de las cámaras, se sentía como una campana de vacío. El eco de los camiones de mudanza y los gritos de la calle se habían desvanecido, dejando un zumbido sordo en mis oídos que solo se interrumpía por el latido de mi propio corazón. Sabía que él estaba allí, en alguna parte de esa torre de acero y cristal que dominaba el horizonte de Londres, observando cada milímetro de mi espalda, cada vacilación de mi pulso. Pero hoy, mi atención no estaba en el hombre, sino en la madera. Mi obsesión no era Julián Lancaster, sino el secreto que él intentaba custodiar con tanta desesperación.

Regresé al cuarto estéril con una sensación de pesadez en el pecho. Las luces halógenas se encendieron con un zumbido eléctrico que ahora, de manera irracional, me recordaba a la vibración profunda de la voz de Julián. Me senté frente al caballete y tomé la lámpara de luz ultravioleta. Es una herramienta estándar; la uso para detectar repintes, falsificaciones o intervenciones modernas en piezas antiguas. Sin embargo, algo en mi instinto —esa brújula interna que nunca me había fallado y que parecía haberse vuelto loca desde que crucé miradas con él— me decía que buscara más allá de lo evidente. Mis manos, expertas en tratar con la fragilidad del tiempo, temblaban ligeramente mientras ajustaba el lente de aumento.

Empecé a pasar la luz sobre el área que acababa de limpiar: la zona cercana al hombro de la mujer pintada, donde el pigmento parecía más denso. Bajo la luz normal, el color era un azul lapislázuli profundo, un tono que solo los antiguos maestros sabían extraer de las piedras más puras. Pero bajo el espectro ultravioleta, la madera comenzó a hablar un lenguaje distinto, un lenguaje que no figuraba en ningún catálogo de restauración que yo hubiera estudiado jamás.

—¿Qué es esto? —susurré, mi aliento empañando ligeramente el cristal de aumento.

Debajo del barniz, en una capa que técnicamente no debería existir en una pieza de esta antigüedad, empezaron a brillar unos trazos finos, casi imperceptibles al ojo humano. No eran jeroglíficos tradicionales, ni escritura demótica, ni ningún símbolo conocido por la arqueología moderna. Eran marcas pequeñas, grabadas directamente sobre la madera virgen antes de aplicar el pigmento, como si alguien hubiera querido ocultar un mensaje dentro de la propia estructura de la obra, protegiéndolo de los siglos y de los curiosos.

Al acercar la lámpara, los símbolos parecieron cobrar vida bajo el espectro violeta. Eran una serie de coordenadas rítmicas o quizás un nombre que se negaba a ser olvidado. Pero lo que me hizo soltar el bisturí de acero y retroceder bruscamente fue la sensación física que me recorrió el cuerpo. Al rozar accidentalmente la madera en ese punto exacto, un calor intenso, casi eléctrico, se disparó desde las yemas de mis dedos hasta mi hombro. Fue una quemadura seca, un eco de fuego que no dejó marca roja en la piel, pero que incendió mi memoria de una forma violenta y repentina.

De repente, las paredes blancas del taller de Southwark parecieron desvanecerse. Por un segundo, el olor acre de los solventes químicos fue reemplazado por el aroma denso a cedro quemado, resina de mirra y aceite de sándalo. Vi unas manos —unas manos fuertes, curtidas por el sol del desierto y las cicatrices de la guerra— tallando esos mismos símbolos con un estilete de bronce. Había una devoción en esos movimientos que me hizo doler el pecho. No era un artista cualquiera trabajando por encargo; era alguien que grababa un juramento en la carne de un árbol, una promesa de que, incluso si el mundo se acababa, este rastro permanecería.

Sacudí la cabeza con fuerza, alejándome del caballete con la respiración entrecortada. El sudor frío perleaba mi frente.

—Es solo el cansancio, Mila. Es el aislamiento. Estás proyectando tus fantasías en el trabajo —me dije a mí misma, pero mis manos no dejaban de temblar y el calor en mi brazo se negaba a desaparecer.

Miré hacia la cámara de seguridad que pendía del techo, ese ojo negro y silencioso que Julián usaba para vigilar mis jornadas. Por primera vez desde que empezó este asedio, no sentí rabia por la invasión de privacidad, sino una duda aterradora que me heló la sangre. ¿Él sabía que estas marcas estaban aquí? ¿Es por eso que quería comprar el edificio, silenciar a mis vecinos y mantenerme encerrada? ¿Era por eso que su manzana de Adán subió y bajó cuando lo confronté, delatando un miedo que ningún CEO debería sentir ante una restauradora?

Si Julián Lancaster conocía el secreto bajo el barniz, significaba que él no era solo un coleccionista excéntrico con demasiado dinero. Significaba que él, al igual que esa pintura, pertenecía a un tiempo que no debería ser suyo. Significaba que su interés en mí no era profesional, sino algo mucho más oscuro y ancestral.

Volví a mirar la tabla. La mujer de la pintura, con su piel de porcelana recién descubierta, parecía observarme con una tristeza infinita a través del espectro ultravioleta. Sus ojos verdes —tan parecidos a los míos que el corazón me dio un vuelco— parecían suplicarme que la terminara de limpiar, como si estuviera atrapada en esa madera esperando a que yo terminara de despertarla para contarme la verdad.

Sentí una conexión física con ella, una atracción que trascendía los contratos firmados y los honorarios millonarios. Ya no se trataba de restaurar una obra de arte para un hombre caprichoso; se trataba de descubrir por qué mi piel reaccionaba a un código de hace cinco mil años y por qué el nombre de Julián Lancaster sonaba en mi mente como una promesa y una advertencia al mismo tiempo.

Él me había puesto un chofer para vigilar mis pasos, me había rodeado de guardias y cámaras, pero no podía controlar lo que sucedía dentro de mi cabeza. No podía detener la forma en que la pintura me llamaba.

—No voy a detenerme, Julián —susurré hacia la cámara, sabiendo que él probablemente me estaba escuchando—. Aunque me estés observando a través de tus monitores, aunque estés midiendo cada uno de mis suspiros y analizando mis reacciones con tus algoritmos, voy a llegar al fondo de esto.




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