Observar a Mila a través de los monitores de la Torre Lancaster se había convertido en mi propio ritual de masoquismo digital. Había diseñado una fortaleza de cristal, fibra óptica y algoritmos de última generación con un solo propósito: ser el dios invisible que velara por su seguridad sin que ella lo supiera. Pero lo que vi en la pantalla de alta definición hace apenas una hora fue el cumplimiento de mi peor pesadilla, una que se ha repetido en diferentes escenarios durante los últimos cinco milenios.
La vi pasar la lámpara ultravioleta sobre la madera. Vi cómo su mano se detenía justo en el punto donde yo, con los dedos ensangrentados y el alma rota, grabé un código de protección en una tienda de campaña en el desierto, mucho antes de que se inventaran las pirámides. Y entonces, vi cómo su cuerpo se tensaba, cómo soltaba el bisturí y cómo colapsaba en el suelo del taller como si un rayo la hubiera atravesado. No fue un desmayo médico; fue el choque de dos épocas colisionando en su sistema nervioso.
Abandoné mi oficina sin decir una palabra, ignorando a la junta directiva y las llamadas de urgencia. Conducir a través del tráfico de Londres fue una tortura. Cada semáforo en rojo se sentía como un siglo más de espera. Cuando llegué a Southwark, el edificio que yo mismo había vaciado para ella se alzaba como un mausoleo de ladrillo. Subí las escaleras de dos en dos, mis pulmones ardiendo, no por el esfuerzo físico, sino por el terror de llegar demasiado tarde, una sensación que conocía demasiado bien.
Al entrar en el taller, el aire estaba saturado con el olor a ozono de la descarga eléctrica y el aroma ancestral del cedro y la mirra. Mila estaba tendida en el suelo de madera, cerca del caballete, con la respiración entrecortada y la frente perlada de un sudor frío y brillante bajo las luces halógenas. Su cuerpo, tan pequeño y frágil en comparación con el imperio que yo dirigía, parecía estar lidiando con una fiebre que no pertenecía a la medicina moderna. Era una fiebre del alma.
La cargué en mis brazos, y en el momento en que mi piel tocó la suya, esa descarga eléctrica que siempre nos une y nos destruye al mismo tiempo me recorrió la columna vertebral. Fue un latigazo de reconocimiento. La llevé hasta su cama, en esa parte trasera del almacén que ella había convertido en su hogar. Había jurado no invadir su espacio personal, no cruzar la línea entre cliente y obsesivo, pero mis reglas ya no tenían sentido. Nada tenía sentido si ella no abría los ojos.
La acomodé entre las sábanas blancas, retirando con cuidado sus botas manchadas de pigmento. Me senté en el borde del colchón, sintiendo cómo el silencio del edificio —ese silencio que yo mismo compré para ella con millones de libras— se cerraba sobre nosotros como una tapa de sarcófago. Me permití, por primera vez en esta vida, dejar caer la máscara del CEO implacable, del hombre de negocios que no tiene pasado y cuyo único interés es el mercado de valores.
Extendí mi mano y, con una lentitud que me dolía físicamente, comencé a acariciar su cabello desordenado, apartando los mechones que se pegaban a su frente por el sudor. Su piel ardía. Mila soltó un quejido débil, un sonido que me desgarró el alma con la misma eficacia con la que una espada atraviesa la seda. Sus párpados temblaban, pero no se abrían. Estaba perdida en los laberintos de una memoria que su cerebro de 2026 rechazaba, pero que su espíritu reclamaba a gritos.
—Si tan solo pudieras entender por qué te hago esto, Mila —susurré, mi voz apenas un hilo de aire en la penumbra de la habitación—. No es odio, ni es un deseo enfermo de control corporativo. Es que he pasado cinco mil años siendo el testigo mudo de tu destrucción.
Cerré los ojos un momento, y las imágenes me asaltaron con la fuerza de un huracán. La vi morir en las arenas de Egipto, con los ojos llenos de polvo; la vi desaparecer entre las llamas de una biblioteca en Alejandría; vi cómo la guillotina cortaba su risa en una plaza de París que olía a sangre y miedo; y sentí de nuevo el frío del Atlántico Norte cuando el océano decidió que nuestra historia no era más que un naufragio más.
—Te amo tanto que el tiempo se ha convertido en mi enemigo personal —continué, creyendo que mis palabras se perdían en su inconsciencia, que eran solo el desahogo de un hombre que ha callado demasiado tiempo—. Cada cámara que instalé, cada guardia que puse en tu puerta, cada inquilino que saqué de este edificio... todo fue un intento desesperado, casi patético, de engañar al destino. He levantado muros de dinero y tecnología con la esperanza de que esta vez, solo esta vez, la tragedia no te encuentre.
Acaricié su mejilla, sintiendo la suavidad de su piel y la calidez de su aliento. Era tan real, tan presente, y a la vez me parecía una visión que podía desvanecerse si parpadeaba.
—Quiero que estés a salvo, aunque eso signifique que me odies con cada fibra de tu ser. Prefiero que me veas como un monstruo controlador, como el empresario tirano que te quitó la privacidad, a tener que caminar de nuevo detrás de un ataúd con tu nombre grabado en él. Prefiero tu desprecio eterno a tu ausencia eterna. No puedo soportar otro siglo buscándote entre las sombras de las calles, preguntándole a cada rostro extraño si eres tú la que ha vuelto.
Me incliné un poco más, reduciendo la distancia entre nosotros hasta que pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo febril. El poder que Mila ejerce sobre mí no ha disminuido con el paso de los milenios; al contrario, se ha refinado, volviéndose una tortura más exquisita, una adicción de la que no quiero rehabilitarme.
—No dejes que esa pintura te despierte del todo, mi amor —le supliqué en un susurro quebrado, mi mano deteniéndose en su nuca—. Quédate aquí, en este 2026 donde puedo comprar el silencio y el aire que respiras. Quédate en esta ignorancia bendita donde solo soy un jefe arrogante y tú eres una restauradora brillante. Quédate dormida un poco más, porque sé que cuando abras esos ojos verdes y recuerdes quién soy realmente... cuando recuerdes nuestras promesas rotas y el rastro de fuego que siempre nos sigue... sé que el destino volverá a reclamar su deuda.