El lienzo de mis siglos

CAPÍTULO 15: EL ECO DE LOS VIÑEDOS

Me quedé profundamente dormida bajo el peso de sus palabras y la suavidad casi irreal de sus caricias. En ese estado de duermevela, donde la fiebre y el agotamiento se mezclaban, mi mente no dejaba de repasar la imagen pública de ese hombre: Julián Lancaster, el titán de la tecnología, el rostro gélido que dominaba las portadas de las revistas de finanzas con una mirada que parecía capaz de congelar el Támesis. El mundo lo conocía como un ser serio, implacable y desprovisto de emociones, un hombre de negocios que solo hablaba el lenguaje de los activos y los mercados de valores.

Sin embargo, el hombre que estuvo en mi habitación anoche no encajaba en ese molde de acero. Susurró confesiones que me desgarraron el alma mientras yo fingía estar perdida en el sueño. Fue amable de una forma que rayaba en lo doloroso, protector hasta un nivel que rozaba la locura. Pero lo que más me perturbaba, lo que hacía que mi pulso se acelerara incluso en el estado de inconsciencia, era esa frase que quedó flotando en el aire de mi taller: "Te amo tanto que el tiempo se ha vuelto mi enemigo".

¿Por qué dijo eso? Apenas nos conocemos de un par de encuentros tensos, de discusiones por contratos de millones de dólares y de su invasión descarada a mi privacidad. ¿Quién soy yo para él? En su voz no había el deseo superficial de un millonario caprichoso, sino el eco de una pérdida milenaria.

Al día siguiente, la luz grisácea y pálida de Londres se filtró por las altas ventanas de mi almacén en Southwark. Me desperté con el nombre de Julián resonando en mis pensamientos, una melodía persistente que no podía silenciar. Al incorporarme, todavía sentía un ligero mareo, un residuo de la extraña descarga eléctrica que había experimentado frente a la pintura.

Al levantarme de la cama y caminar hacia el área común, me detuve en seco. El aire del taller, que normalmente olía a trementina y madera vieja, estaba impregnado de un aroma cálido y reconfortante. Sobre la mesa de la cocina, un desayuno completo estaba servido: frutas frescas, pan recién horneado y café humeante. Todo estaba dispuesto con una precisión que rozaba la perfección. Al lado del plato, una pequeña nota de papel grueso, con una caligrafía elegante y firme, contenía una sola palabra: "Descansa".

Sentí que el corazón me daba un vuelco. ¿Acaso pasó la noche aquí? ¿Estuvo vigilando mis sueños desde las sombras, sentado en esa misma silla mientras yo luchaba contra las visiones de mi pasado?. Miré a mi alrededor con una mezcla de pavor y fascinación, buscando algún rastro físico de su presencia, pero el taller estaba en silencio, custodiado únicamente por los lentes de las cámaras que ahora parecían ojos cómplices.

Me acerqué a la ventana y corrí un poco la cortina. Allí estaba, estático y puntual como un centinela de hierro, el chofer que Julián me había impuesto. ¿Cómo llegó aquí tan temprano? ¿O es que el control de Julián no conocía el descanso nocturno?.

Me obligué a sentarme y probar el desayuno. Tenía hambre, una debilidad física que contrastaba con la agitación de mi mente. Al primer bocado, la comida se sintió extrañamente familiar, con una sazón que no era la de un restaurante de lujo, sino algo más profundo, algo que mi cuerpo reconocía a un nivel celular. Fue en ese instante, cuando el calor del café bajó por mi garganta, que el presente se fracturó por completo.

La realidad de 2026 se disolvió como el humo.

Ya no estaba en un almacén reformado en el sur de Londres. Mis pies, que hace un segundo sentían el frío del suelo moderno, ahora pisaban una tierra fértil y cálida. Me encontré en Italia, en una ladera escarpada de los Alpes, en una época donde el tiempo se medía por las cosechas y no por los segundos de un reloj digital. El aire era puro, cargado con el olor de la resina de pino y el aroma dulce de las uvas maduras.

Vi una cabaña de piedra y madera, rústica pero impregnada de un calor humano que me hizo querer llorar. Era mi hogar. Lo sabía con una certeza aterradora. Salí hacia el viñedo, donde las vides se retorcían bajo el peso de los racimos dorados por un sol que parecía más brillante que el que recordaba. A unos metros, un hombre trabajaba frente a un gran horno de piedra, moviendo las brasas con un palo largo. Llevaba una túnica de lino basto, sus brazos estaban curtidos por el trabajo agrícola y su cabello estaba revuelto por el viento de montaña.

—Cariño, la comida está lista —escuché que decía mi propia voz, pero era una voz que no conocía el miedo ni la duda. Una voz llena de una paz absoluta.

Cuando el hombre se enderezó y se dio la vuelta para limpiarse el sudor de la frente, el mundo entero se detuvo. Sus facciones eran más rudas, su mandíbula estaba cubierta por una barba corta y su piel estaba marcada por el sol, pero sus ojos... esos ojos grises cargados de una devoción infinita eran inconfundibles.

—Julián... —susurré en el presente, soltando el tenedor que chocó contra el plato de cerámica con un sonido que me devolvió bruscamente al taller de Southwark.

Me llevé las manos a las sienes, sintiendo que el cráneo me iba a estallar. ¿Qué mierda había sido eso?. No fue un sueño, ni una fantasía producida por la fiebre. Fue un recuerdo vivido, tan real como el sabor del pan que aún tenía en la boca. La idea de que el hombre más poderoso de la ciudad, el mismo que me vigilaba a través de satélites y cámaras de seguridad, fuera el mismo hombre que horneaba pan en una montaña italiana hace siglos era una locura que desafiaba toda lógica.

Pero mi piel seguía ardiendo en el lugar donde él me había acariciado anoche, y ese calor era la prueba de que Julián Lancaster no me estaba mintiendo cuando decía que el tiempo era su enemigo. No solo nos conocíamos; nos pertenecíamos. Y ese recuerdo era solo la primera grieta en el muro de silencio que él había intentado construir a mi alrededor para "protegerme". El incendio de la memoria acababa de comenzar, y yo no estaba segura de poder sobrevivir a las llamas de lo que estaba por descubrir.




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