El lienzo de mis siglos

CAPÍTULO 16: EL JURAMENTO DE LUZ

El desayuno seguía sobre la mesa, enfriándose lentamente como las cenizas de un incendio antiguo, pero mi apetito se había esfumado junto con mi cordura. Me levanté mecánicamente, con las articulaciones rígidas y el corazón latiendo contra mis costillas con una fuerza que me hacía doler el pecho. Caminé hacia el taller, con las manos aún temblando por la visión de los viñedos italianos que seguía grabada detrás de mis párpados como una quemadura solar. Necesitaba una prueba, algo tangible que me dijera que no me estaba volviendo loca, algo que separara la realidad de 2026 de los delirios de una mente agotada.

Me acerqué a la tabla milenaria, esa pieza que Julián Lancaster protegía con un ejército de hombres y tecnología punta. Encendí de nuevo la lámpara de luz ultravioleta, y el cuarto estéril se inundó con ese resplandor azulado y frío que revelaba lo que el ojo humano era incapaz de ver. Mis manos, expertas en la delicadeza de la restauración, se movían con una urgencia que nunca antes había sentido en mi carrera profesional.

Busqué en el marco de la obra, específicamente en las uniones inferiores de la madera donde el barniz era más grueso, oscuro y antiguo. Sabía que había algo más oculto bajo la superficie. Con un cuidado extremo y el pulso de un cirujano, utilicé un disolvente suave para retirar la costra de suciedad de una de las esquinas. Allí, bajo capas de olvido acumulado durante siglos, apareció una escritura rústica, grabada con una presión que indicaba una urgencia desesperada, como si quien lo hizo supiera que el tiempo se le escapaba entre los dedos.

No eran símbolos al azar ni jeroglíficos tradicionales; era una inscripción en un dialecto antiguo, una mezcla de raíces latinas y sonidos olvidados que mis ojos no podían descifrar a simple vista. Saqué mi teléfono y tomé una fotografía de alta resolución de la escritura. Utilicé un software de traducción arqueológica avanzada que guardaba en mis archivos personales para casos de inscripciones crípticas. Mientras la barra de carga avanzaba en la pantalla, el silencio en el taller se volvió asfixiante, pesado como el aire antes de una tormenta de arena.

El resultado apareció finalmente en la pantalla y el aire se escapó de mis pulmones en un suspiro entrecortado. No era una marca de propiedad ni una firma de artista. Era una declaración de amor, una promesa grabada en el tiempo para desafiar a la muerte misma:

"Ni las cenizas del incendio, ni el olvido de los siglos nos separarán. Te buscaré en cada vida, bajo cada cielo, hasta que el fuego deje de perseguirnos. Tuyo por siempre, Julián."

Mis nombres y el suyo estaban entrelazados al final de la frase en una caligrafía que reconocí instantáneamente de mis propias visiones, una caligrafía que se sentía más mía que mi propia firma actual. El impacto fue tal que dejé caer el teléfono sobre la mesa de trabajo, el sonido metálico resonando en las paredes vacías del almacén. Sin pensarlo, impulsada por un instinto que gritaba desde lo más profundo de mis huesos, extendí la mano y toqué la escritura directamente con la yema de mis dedos.

En ese instante, el mundo tal como lo conocía dejó de existir.

La inscripción no solo brilló; emitió un resplandor dorado y líquido que iluminó todo el cuarto estéril, cegándome por un segundo eterno. La descarga eléctrica fue diez veces más potente que la anterior, pero esta vez no me dolió; fue una explosión de conocimiento puro. Fue como si un dique se rompiera dentro de mi cabeza, liberando un torrente de aguas negras y memorias olvidadas que inundaron mi consciencia.

Me tapé la boca con ambas manos para ahogar un grito de puro terror, sintiendo el sabor metálico del miedo en la lengua. Los recuerdos de la maldición aparecieron como ráfagas de ametralladora, imágenes violentas y hermosas que se sucedían sin darme tregua. Vi la primera vida, el momento exacto en que un antiguo pacto fue roto por una traición y una sombra eterna fue lanzada sobre nosotros dos.

Vi, con una claridad desgarradora, que nuestro amor no era una bendición romántica, sino una condena circular. Estábamos destinados a encontrarnos en cada siglo, en cada rincón del mundo, solo para que yo muriera siempre en sus brazos, obligándolo a él a vagar por la eternidad, acumulando riquezas y poder solo para financiar la búsqueda de mi siguiente reencarnación. Vi mi propia muerte en el desierto, en la guerra, en la peste y en el fuego. Cada vez que recordábamos quiénes éramos, el ciclo de destrucción comenzaba de nuevo. El conocimiento era el detonante de la tragedia.

El brillo anómalo de la madera y la interferencia eléctrica activaron instantáneamente los sensores de Lancaster Global Dynamics. En menos de un segundo, las alarmas de seguridad de Julián comenzaron a sonar en todo el edificio, un pitido rojo, rítmico y estridente que anunciaba su llegada inminente. Las luces del taller parpadearon al ritmo de la alarma, convirtiendo mi refugio en una jaula de señales de peligro.

Pero yo ya no tenía miedo de sus cámaras, ni de sus guardias de seguridad, ni de su inmenso poder corporativo. Ahora entendía por qué me ocultaba la verdad con tanto celo. Julián no me estaba protegiendo de los ladrones de arte o de los espías industriales. Me estaba protegiendo del destino que siempre terminaba con mi vida. Me estaba ocultando de mi propia memoria para intentar, por una vez, que llegáramos a la vejez juntos.

Escuché el chirrido de los neumáticos del convoy de Julián deteniéndose frente al edificio. Los pasos pesados de los guardias resonaron en el pasillo, pero yo permanecí allí, de pie frente a la pintura, con las manos todavía cubriendo mi boca y las lágrimas empañando mi visión. Ahora lo sabía todo. Sabía quién era el hombre que horneaba pan en Italia, quién era el que me buscaba en las sombras de Londres y quién era yo: la mujer que siempre moría por amarlo. El fuego ya estaba aquí, y esta vez, el incendio no se detendría ante nada.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.