El Linaje del Fénix (chansoo)

Capítulo 1. El chico que ardía sin saberlo.

Park Chanyeol no recordaba haber sido abandonado.

Para él, la vida siempre había comenzado en una casa modesta de paredes claras, con olor a té caliente por las mañanas y el sonido constante de una radio vieja que su madre encendía mientras cocinaba.

No tenía recuerdos de otra cuna, de otro cielo, de un mundo que respirara energía viva.

Su mundo era la Tierra.

Y durante muchos años, eso fue suficiente.

Chanyeol era un niño grande incluso antes de entender lo que significaba serlo. Más alto que los demás, brazos largos, piernas torpes y unas orejas que parecían no haber recibido la orden de crecer con discreción.

-¡Miren sus orejas! -se burló un niño una tarde en el patio de la escuela-. ¡Parecen alas!

Las risas explotaron alrededor.
Chanyeol sintió el golpe directo en el pecho. No entendía por qué dolía tanto, pero dolía. No era la primera vez. Siempre era lo mismo. Su tamaño. Su torpeza. Su risa demasiado fuerte.

-Déjenme en paz -murmuró, intentando pasar de largo.

El niño se interpuso.

-¿O qué? ¿Vas a volar?

Algo se rompió.

Chanyeol no pensó.
No razonó.
Solo reaccionó.

Agarró al niño de la muñeca.
No apretó con fuerza.
No lo empujó.
Solo lo sostuvo.

Pero el niño gritó.

-¡QUEMA! ¡ME ESTÁ QUEMANDO!

Chanyeol soltó de inmediato, retrocediendo como si hubiera tocado algo prohibido. El otro niño cayó al suelo llorando, sosteniéndose la muñeca, la piel ligeramente enrojecida, como si hubiera estado demasiado tiempo cerca de una estufa.

La maestra llegó corriendo.

-¿Qué pasó aquí?

-¡Me quemó! -sollozó el niño-. ¡Me agarró y me quemó!

La maestra miró la muñeca, luego a Chanyeol.

-¿Quemarlo? -repitió, incrédula-. Chanyeol, ¿qué hiciste?

-Yo... -Chanyeol miró sus manos-. No hice nada. Solo lo agarré.

La maestra suspiró, observando el brazo.

-Eso no es una quemadura. Es una irritación leve. Probablemente estabas jugando cerca del sol o exagerando.

El niño protestó. Nadie le creyó.
Chanyeol se quedó mirando sus manos el resto del día.

No sentía calor.
No sentía nada.

Pero por primera vez, tuvo la sensación extraña de que algo dentro de él se había movido.

Esa noche, durmió inquieto.
Soñó con luz. Con algo dorado, latiendo, escondido.

No se lo contó a nadie.

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Park Young-mi siempre supo que Chanyeol no era un niño común.
No por algo sobrenatural -eso jamás cruzó su mente- sino por la forma en que parecía demasiado grande para el mundo, como si la Tierra le quedara pequeña.

Era cariñoso. Protector. Demasiado sensible para su propio bien.

Cuando Chanyeol llegó a casa ese día con la mirada baja, ella lo notó de inmediato.

-¿Te pasó algo? -preguntó mientras le acomodaba el cabello.

-No -mintió.

Ella no insistió. Solo lo abrazó.

Y por un instante, el ambiente se volvió cálido.
Confortable.

Como un hogar que no podía arder.

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Los años pasaron.

Chanyeol creció más rápido que sus compañeros. Siempre demasiado alto, siempre destacando aunque no quisiera. Aprendió a reírse de sí mismo antes de que los demás lo hicieran. Aprendió a fingir que nada le afectaba.

Pero las cosas... seguían pasando.

Una noche, a los trece años, estaba solo en la cocina intentando freír un huevo. Se distrajo con el teléfono, pensó en música, en una melodía que no lograba sacar de su cabeza.

El aceite chisporroteó.

De pronto, la llama de la estufa creció.

No explotó.
No se descontroló.

Simplemente se elevó, obediente, como si hubiera escuchado algo.

Chanyeol retrocedió asustado.

-¿Qué...?

La llama volvió a la normalidad.

Se quedó mirando, con el corazón acelerado.

-Debo estar cansado -murmuró.

Otra vez, no dijo nada.

A los quince, una vela encendida se apagó sola cuando se encontraba sentado en la sala de noche. Estaba deprimido por una mala nota. No habia rafagas de viento que la hubiesen apagado.

A los diecisiete, una fogata se reavivó cuando él se acercó sin darse cuenta.

A los diecinueve, hizo funcionar un encendedor sin gas.

Nada grave.

Nada que pudiera probarse.

Solo pequeñas anomalías que Chanyeol enterró bajo la explicación más cómoda: solo eran coincidencias.

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Había una chica.

No era un amor épico ni dramático. Era simple. Dulce. Cotidiano.

Se llamaba Kim Haein.

Le gustaba su risa. Le gustaba cómo escuchaba cuando él hablaba demasiado. Le gustaba que no pareciera intimidada por su tamaño.

Chanyeol había decidido que el día de su cumpleaños sería el momento perfecto.

-Después de la fiesta -pensó-. Será perfecto.

No sabía que los planes humanos rara vez sobreviven al destino.

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Durante dias, Park Young-mi estaba nerviosa.

Chanyeol no lo notó, pero ella llevaba días preparando una sorpresa. El pastel. Le habia comprado la guitarra que tanto queria y una cena especial en familia. Quería que su hijo fuera feliz. Quería verlo comenzar una nueva etapa.

-Ve a dormir temprano -le dijo esa noche-. Mañana será un día largo.

Chanyeol sonrió.

-¿Tan obvia soy con mis sorpresas? -bromeó ella.

Él rió y subió a su habitación.
No sabía que esa sería la última noche que dormiría allí.

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Chanyeol estaba despierto, mirando el techo, pensando en Haein, en su vida, en lo normal que todo parecía... cuando el aire cambió.

No fue un ruido.

Fue una presión.

Como si el espacio se hubiera comprimido.

La luz de su habitación parpadeó.

-¿Mamá? -llamó asustado.

El aire frente a su cama se rasgó.
Literalmente.




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