Kyungsoo regresó al palacio en silencio, recorriendo los pasillos de piedra pulida que resonaban bajo sus pasos. Aún sentía el aire distinto del ala médica pegado a la piel, como si algo de ese lugar se hubiera quedado con él.
Cuando cruzó el umbral del palacio y se dirigió al comedor, no pudo evitarlo: una leve sonrisa se dibujó en su rostro sin que se diera cuenta. Fugaz, casi imperceptible. En su mente reapareció la imagen de Chanyeol recostado en la camilla, su sonrisa torpe… y, sobre todo, esos ojos.
Dorado intenso. Un color imposible de ignorar.
Frunció el ceño, como si quisiera borrar ese pensamiento, justo cuando empujó las puertas del comedor.
El lugar estaba casi vacío.
Las largas mesas de madera oscura permanecían en silencio, iluminadas por la luz suave que entraba desde lo alto. Solo una figura se encontraba sentada al fondo, apoyada de forma despreocupada sobre una de las bancas.
—¿Kai? —murmuró.
Kai levantó la vista, sorprendido de verlo.
—Pensé que no bajarías —dijo—. Los demás se fueron a descansar. Todavía están resentidos por las heridas.
Kyungsoo asintió sin comentar nada y tomó asiento frente a él. Sirvió algo de comida y comenzó a comer con movimientos tranquilos, como si nada fuera distinto.
Pero Kai lo observaba.
—Oye —dijo de pronto—, ¿dónde estabas? No te vi en los pasillos.
Kyungsoo se tensó apenas. Frunció el ceño, sin mirarlo.
—Me quedé dormido.
La respuesta fue seca. Demasiado rápida.
No quería que supiera. No debía. No cuando ni siquiera estaba autorizado por los sanadores para acercarse a Chanyeol.
Kai lo miró fijamente durante unos segundos que se sintieron más largos de lo normal. Luego soltó un suspiro bajo, como si hubiera decidido no insistir.
—Ya veo.
Se levantó de la banca, estirándose un poco.
—Voy a descansar un rato. Por cierto, antes de que se me olvide… —añadió, girándose hacia él— Suho pidió que más tarde nos reuniéramos en el vestíbulo. Quiere explicarle a todos lo que ocurrió con Chanyeol.
Kyungsoo alzó la vista.
—Está bien.
Kai asintió una última vez y se dirigió a la salida sin decir nada más.
Kyungsoo lo siguió con la mirada, extrañado por ese comportamiento tan contenido. Cuando las puertas se cerraron, el comedor volvió a quedar en silencio.
Dejó los cubiertos sobre el plato.
Y, sin querer admitirlo, sus pensamientos regresaron otra vez a ese color de ojos dorados que nunca habia visto antes en su vida.
Chanyeol permanecía recostado en la camilla, con la mirada perdida en el techo blanco del ala médica… y una sonrisa que se negaba a desaparecer desde que Kyungsoo se había ido.
Cada vez que recordaba su expresión seria, la forma en que aceptó estrechar su mano, ese “mucho gusto” dicho casi a regañadientes… su pecho se sentía extraño. Cálido. Inquieto.
—Qué tonto… —murmuró, notando cómo el calor le subía a las mejillas.
El recuerdo de los nudillos rozando la mejilla herida de Kyungsoo lo hizo sonrojarse aún más. Se llevó ambas manos al rostro, cubriéndolo por completo, como si así pudiera ocultar esa emoción inexplicable incluso de sí mismo.
Suspiró largo y dejó caer las manos sobre su pecho.
La sonrisa se fue apagando poco a poco.
En verdad pensó que moriría.
Lo había sentido. Ese instante en el que todo se apagaba, en el que el dolor era tan intenso que parecía arrancarle la conciencia… y luego nada. Oscuridad.
Frunció el ceño, incómodo.
—Pero entonces… ¿por qué sigo vivo?.
Bajó la mirada hacia su cuerpo.
Sus ojos dorados.
Su brazo intacto.
Su pierna completamente sana.
Recordaba con claridad el ardor
de las llamas, la piel quemándose, el miedo de pensar que perdería el brazo. Estaba seguro de que las heridas eran demasiado graves. Demasiado.
Soltó otro suspiro, cargado de frustración.
—No recuerdo nada… nada de lo que pasó después…
Levantó la mano frente a su rostro, observándola con atención. Sin darse cuenta, su mente volvió a ese instante previo a la pelea, cuando Kyungsoo había tomado su mano con fuerza para infundirle ánimo.
El cosquilleo recorrió su palma.
Y entonces ocurrió.
Llamas brotaron de su mano, vivas, intensas… pero no dolían.
Chanyeol abrió los ojos de par en par, conteniendo la respiración. El fuego danzaba sobre su piel como si le perteneciera, como si fuera una extensión natural de su cuerpo.
—¿Qué…?
Pensó, con el corazón acelerado, en que se apagara.
Las llamas desaparecieron de inmediato.
Se quedó mirando su mano, temblando ligeramente.
—¿Puedo… controlarlo?
La idea lo dejó atónito. Impresionado. Asustado.
Pero no tuvo tiempo de profundizar más en ese pensamiento cuando la puerta se abrió suavemente.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Lay al entrar.
Chanyeol giró la cabeza hacia él.
—Bien… supongo —respondió—. Pero… no recuerdo casi nada. Todo está borroso. No entiendo qué pasó.
Lay se acercó a la camilla, con expresión tranquila, pero seria.
—Cuando estabas inconsciente… tu cuerpo se cubrió de una luz dorada. Los sanadores ya no podían hacer nada. Estabas… a punto de morir. Y entonces, de alguna forma, te curaste tú mismo.
Chanyeol soltó una risa corta, incrédula.
—¿Eso es una broma, verdad?
Lay negó con la cabeza.
—No lo es.
La sonrisa de Chanyeol se desvaneció. Bajó la mirada hacia sus manos otra vez, apretándolas con frustración.
—Yo no sé cómo hice algo como eso. —dijo en voz baja—. Y no poder recordar nada de lo que paso… me desespera.
Lay apoyó una mano firme sobre su hombro.
—No te presiones. Sea lo que sea, tu cuerpo lo recuerda aunque tu mente no. Lo recordaras con el tiempo.—
Luego añadió:—Más tarde vendrán los demás a verte. Están muy preocupados por ti. Suho consiguió autorización para poder venir a verte después de insistir tanto.
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Editado: 20.04.2026