Caminaron juntos por los pasillos del ala residencial en un silencio que no era incómodo, pero sí cargado de una atención mutua constante.
Kyungsoo iba un paso delante, como era habitual, marcando el ritmo con pasos firmes y precisos. Chanyeol lo seguía, observándolo sin disimulo ahora que no había tantas miradas alrededor. Notó la forma en que Kyungsoo mantenía la espalda recta, cómo su túnica oscura se movía apenas con cada paso, cómo parecía pertenecer al lugar de una manera que él aún no terminaba de comprender.
—No tardare mucho —dijo Kyungsoo al detenerse frente a su puerta.
Chanyeol asintió y esperó mientras Kyungsoo abría. Entraron, y de inmediato Chanyeol volvió a sentir esa sensación peculiar: como si el espacio se ajustara a la presencia del más bajo. La habitación era la misma que había visto antes, ordenada hasta el extremo, con unas estanterías repletas de libros y algunos en el escritorio.
—Tomaré solo lo necesario —murmuró Kyungsoo, dirigiéndose a una de las estanterías.
Chanyeol se acercó casi por inercia.
—¿Te ayudo? —preguntó.
Kyungsoo dudó apenas un segundo, luego asintió.
—Busca las libretas de tapas grises. Están en el segundo estante, a la izquierda.
Chanyeol obedeció de inmediato. Mientras revisaba, sus dedos rozaron los lomos gastados, notando símbolos que no conocía. Tomó las libretas y se las extendió a Kyungsoo, quien las recibió sin mirarlo… aunque fue consciente de la cercanía.
Sus manos se encontraron.
No fue un choque. Fue un contacto mínimo, la yema de los dedos de Chanyeol rozando los nudillos de Kyungsoo durante menos de un segundo.
Pero el mundo se detuvo.
Chanyeol sintió un calor instantáneo subirle desde la punta de los dedos hasta la nuca, como si alguien hubiera encendido una chispa diminuta justo bajo su piel. Su pulso se aceleró de golpe, latiendo tan fuerte en la muñeca que juró que Kyungsoo podía oírlo. Quiso retirar la mano, pero por alguna razón sus músculos tardaron en obedecer.
Kyungsoo, por su parte, se quedó inmóvil un instante más largo de lo normal. Sus pupilas se dilataron apenas, casi imperceptiblemente. Sintió el roce como una corriente tibia que le recorrió el dorso de la mano y se instaló en el centro del pecho, apretando. Su respiración se entrecortó una fracción de segundo; tuvo que hacer un esfuerzo consciente para no cerrar los dedos alrededor de los de Chanyeol y mantener el contacto.
Retiró la mano primero, con lentitud controlada. Aclaró la garganta.
—Bien. Vámonos.
Salieron juntos y tomaron el camino hacia la biblioteca del palacio. A medida que avanzaban, el ambiente cambiaba: el aire se volvía más fresco, impregnado de ese aroma antiguo a papel, piedra y tiempo detenido.
Cuando cruzaron el umbral, Chanyeol se quedó quieto.
La biblioteca era inmensa.
Altas columnas de mármol sostenían el techo abovedado, del cual colgaban lámparas flotantes que emitían una luz cálida y constante. Las estanterías parecían no tener fin, elevándose varios niveles, conectadas por escaleras móviles que se deslizaban suavemente por rieles antiguos. Runas apenas visibles estaban grabadas en las paredes, pulsando con una energía suave, protectora.
Chanyeol giró lentamente sobre sí mismo.
—…Wow —murmuró—. Esto es increíble.
Kyungsoo lo observó de reojo, notando el asombro genuino en su voz.
—¿Nunca habías visto una biblioteca así? —preguntó.
—No —rió Chanyeol—. Y eso que en la universidad había una enorme… pero siempre la evitaba.
Kyungsoo se detuvo en seco y lo miró.
—¿Evitabas la biblioteca?
—Completamente —admitió sin vergüenza—. Me llevaba mejor con mi guitarra que con los libros.
Kyungsoo soltó una risa breve. Apenas un sonido, suave, casi sorprendido de sí mismo.
Chanyeol se quedó mirándolo.
—¿Te estás riendo de mí?
—Un poco —admitió Kyungsoo, recuperando la compostura—. Pero no te culpo. No a todos les gustan los libros.
El comentario, lejos de incomodarlo, hizo que Chanyeol sonriera con más confianza.
Tomaron asiento en una mesa amplia de madera oscura, cerca de uno de los ventanales. Kyungsoo dejó los libros sobre la superficie y comenzó a acomodarlos con cuidado.
—Siéntate —indicó.
Chanyeol lo hizo… pero Kyungsoo frunció ligeramente el ceño.
—Más cerca.
El ojidorado se tensó.
—¿Así? —preguntó, arrastrando la silla apenas unos centímetros.
—Un poco más —añadió el pelinegro más bajo, sin mirarlo.
Chanyeol obedeció. Ahora sus brazos casi se tocaban.
El alto podía sentir el calor que emanaba del cuerpo de Kyungsoo a través de la tela fina de la túnica: una presencia constante, cálida, que le erizaba la piel de los antebrazos sin razón. Su corazón latía desbocado, golpeándole las costillas como si quisiera escapar. Intentó respirar hondo, pero el aire parecía más espeso cerca de él.
Kyungsoo le tendió una libreta y un lápiz.
—Toma. Quiero que apuntes. No es solo teoría, pero es importante que entiendas la base.
Sus dedos volvieron a rozarse, esta vez con más intención porque ninguno apartó la mano de inmediato.
Chanyeol sintió la piel de Kyungsoo: sorprendentemente suave en los nudillos, ligeramente más fría que la suya. El contacto duró dos segundos eternos. Un escalofrío le subió por la columna y se le instaló en la nuca.
Tragó saliva con dificultad.
Kyungsoo retiró los dedos despacio, como si le costara. Sus orejas estaban levemente enrojecidas, aunque su expresión permanecía casi neutra. Casi.
—Está bien —respondió Chanyeol, enderezándose de inmediato, concentrado.
Kyungsoo abrió uno de los libros, dando inicio a las clases.
—Un portador no es solo alguien con un elemento —comenzó tranquilamente.—. Es un canal. La energía no nace de ti, pasa a través de ti. Si no entiendes eso, intentas dominarla… y ahí es cuando se pierde el control.
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Editado: 20.04.2026