Nereth observaba la escena desde el extremo de la mesa, en silencio. Sus ojos se detuvieron en Chanyeol y Kyungsoo más tiempo del necesario. La forma en que el príncipe sostenía la mano del guardián de la Tierra, la manera en que sus frentes se habían tocado antes, el pulso del vínculo que incluso podía notarse desde lejos… todo aquello lo dejó momentáneamente absorto.
Suho notó la mirada perdida de su padre y carraspeó suavemente.
—Padre..—llamó en voz baja.— ¿Estás bien?
Nereth parpadeó, saliendo de su ensoñación. Se enderezó y miró a Suho.
—Sí —respondió, aunque su voz sonó un poco más ronca de lo habitual—. Solo… estoy preocupado por la situación de Kyungsoo y el Consejo. Más de lo que debería.
Suho lo observó con atención.
—¿Hay algo más que debamos saber?
Nereth negó apenas con la cabeza, pero sus ojos volvieron un segundo a la pareja.
—Haré lo que sea necesario para proteger lo que ambos tienen.—murmuró, casi para sí mismo.— Lo que sea.
El pelirrojo colocó una mano en la espalda baja del pelinegro, un gesto protector y posesivo que no pasó desapercibido para ambos portadores del agua. Salieron del comedor juntos, sus pasos sincronizados, el vínculo latiendo entre ellos como un segundo corazón.
Nereth los siguió con la mirada hasta que desaparecieron por el pasillo.
—Deberíamos irnos, hijo...—le dijo a Suho en voz baja.
Suho asintió, preocupado pero respetuoso.
Ambos salieron del comedor hacia el pasillo y se detuvieron frente a frente.
—Bueno Padre, yo me retiro. Espero que podamos formular un plan lo más pronto posible. Y ojalá consigas más información sobre esa misión.
Nereth le dedicó una sonrisa cansada.
—Haré lo posible.
Suho hizo una leve reverencia y tomó otro rumbo, desapareciendo por el corredor oeste. Nereth se quedó solo en el pasillo, la luz de las antorchas proyectando sombras largas sobre su túnica azul oscuro.
Se apoyó contra la pared de piedra, pensativo. La tensión que había sentido en el comedor aún flotaba en el aire: la rabia contenida de Kai, la determinación de Kyungsoo, el fuego posesivo de Chanyeol. Kai actuaba como si hubiera perdido a Kyungsoo para siempre, como si algo irremediable se hubiera roto entre ellos.
Nereth metió la mano dentro de su túnica y sacó un medallón oxidado, pequeño y discreto, con el grabado del Fénix en el centro. El metal estaba gastado por los años, pero el ave de fuego seguía claramente visible, con las alas extendidas y el fuego eterno en su pecho.
Lo apretó entre los dedos, mirándolo fijamente.
—Aurelion… —susurró, la voz tan baja que apenas se escuchó.—¿Por qué esto se me hace tan familiar?
Cerró los ojos un instante y, casi sin pensarlo, llevó el medallón a sus labios y lo besó con una ternura contenida, como si estuviera saludando a un recuerdo que aún dolía.
Aurelion estaba sentado en el borde, las piernas colgando hacia el vacío. Su cabello castaño relucia por los mechones rojo profundo que brillaban con la luz de la aurora, como si el propio Fénix ya empezara a despertar dentro de él. Tenía la túnica abierta en el pecho, todavía húmeda de sudor por el combate de práctica. Nereth, a su lado, intentaba secar su propia túnica azul con un gesto perezoso de su poder. El agua se evaporaba en pequeñas volutas de vapor que flotaban entre ellos.
—Otra vez me ganaste.—dijo Aurelion con esa risa ronca y despreocupada que siempre hacía que el pecho de Nereth se apretara.—Tu agua es demasiado rápida. Me apagas antes de que pueda siquiera encender una chispa decente.
—Solo porque tú siempre te lanzas primero, idiota. Algún día vas a quemarte vivo por no pensar.
Aurelion giró la cabeza y lo miró. Sus ojos ya tenían ese tono dorado incipiente, como brasas a punto de estallar. Extendió la mano y le revolvió el cabello mojado a Nereth con una familiaridad que dolía y sanaba al mismo tiempo.
—Para eso te tengo a ti, ¿no? Eres el agua que puede controlarlo. Mi equilibrio en este equipo.
Nereth tragó saliva y apartó la mirada hacia el horizonte, donde las montañas de cristal negro reflejaban la luz del Fénix.
—Algún día vas a encontrar a alguien que no tenga que apagarte.—murmuró, intentando que sonara casual.—Alguien que pueda caminar dentro de tu fuego sin quemarse.
Aurelion soltó una risa suave y retiró la mano, pero no del todo. Sus nudillos rozaron el brazo de Nereth una última vez.
—Tal vez. Pero mientras tanto… me conformo contigo.
Guardó el medallón de nuevo, respiró hondo y se alejó por el pasillo, la túnica azul oscuro rozando el suelo con un susurro suave.
El pasado, al parecer, nunca terminaba de quedarse quieto.
Kyungsoo y Chanyeol salieron del comedor en silencio.
El pasillo estaba desierto, iluminado solo por las antorchas de luz eterna que proyectaban sombras largas y doradas sobre las paredes de piedra.
Chanyeol no dijo una palabra. Simplemente deslizó su brazo alrededor de la cintura de Kyungsoo y lo atrajo hacia sí con firmeza, como si necesitara sentirlo cerca para asegurarse de que seguía allí.
El contacto fue cálido, posesivo, pero no brusco. Sus dedos se cerraron sobre la tela de la túnica negra del guardián de la Tierra, sosteniéndolo con una delicadeza que contrastaba con la tensión que aún latía en su cuerpo.
Kyungsoo no se apartó. Dejó que el brazo de Chanyeol lo guiara, sintiendo el calor del Fénix filtrarse a través de la tela y calentar su piel. El vínculo respondía a cada paso: un pulso constante, protector, que envolvía a ambos como una manta invisible.
Caminaron así hasta la habitación de Chanyeol, situada en el ala real. Ninguno de los dos habló. No hacía falta. El vínculo transmitía todo: la preocupación de Chanyeol, el dolor residual de Kyungsoo, la determinación compartida.
Cuando llegaron frente a la puerta, Chanyeol la abrió con la mano libre y dejó que Kyungsoo entrara primero. En cuanto ambos estuvieron dentro, cerró la puerta con un clic suave pero definitivo, girando la llave con un movimiento lento.
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Editado: 20.04.2026