La noche llegó fría y silenciosa en el Palacio Solar.
Nereth estaba de pie en el balcón de su habitación, con las manos apoyadas en la barandilla de piedra viva. El viento nocturno agitaba su túnica azul oscuro mientras sostenía con fuerza, casi con desesperación, el viejo medallón de oro y cristal rojo entre sus dedos. El símbolo del Fénix grabado en él parecía latir débilmente bajo su tacto, como si aún conservara un eco del fuego de Aurelion.
Sus ojos azules, ahora cansados por el paso de los años, miraban hacia las luces lejanas del palacio. El Consejo seguía moviendo sus piezas. Chanyeol y Kyungsoo luchaban por proteger un amor que el destino mismo había bendecido. Y Kai... Kai cargaba con el mismo tipo de dolor que él había conocido décadas atrás: el de amar a alguien a quién el destino ya había elegido para otro.
Nereth apretó el medallón hasta que los bordes se clavaron en su palma. Una lágrima solitaria escapó por su mejilla, pero su expresión se endureció con determinación.
-No lo permitiré -susurró al viento, con la voz rota pero firme-. No dejaré que el Consejo destruya lo que Chanyeol y Kyungsoo tienen. No dejaré que el destino les robe la felicidad como nos la robó a nosotros. Juro que protegeré su vínculo... aunque me cueste la vida.
Cerró los ojos y dejó que los recuerdos lo envolvieran una vez más, como una marea inevitable.
El patio de entrenamiento del Palacio Solar estaba envuelto en la luz plateada del atardecer. Los nueve jóvenes Guardianes en formación ya llevaban meses entrenando juntos, pero ese día el aire se sentía distinto.
El Consejo había anunciado que el príncipe heredero se uniría a ellos para completar su preparación. No como un observador. Como uno más.
Nereth estaba de pie junto al poste de práctica, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. Su túnica azul estaba manchada de tierra y agua de los ejercicios previos. Tenía diecisiete años, el cabello oscuro corto y los ojos azules atentos, siempre midiendo el entorno.
Entonces las puertas de cristal negro se abrieron.
Y entró él.
Aurelion Ignis.
No llevaba la corona ni la capa real. Solo una sencilla túnica negra de entrenamiento, el cabello completamente café cayéndole sobre la frente y unos ojos oscuros, profundos, del color de la tierra fértil después de la lluvia.
Era solo un chico de su edad, alto, de hombros anchos y movimientos fluidos, como si el fuego ya latiera en su sangre aunque aún no hubiera despertado.
Nereth sintió que algo dentro de él se detenía. No fue solo la sorpresa de ver al príncipe heredero en carne y hueso. Fue la forma en que Aurelion caminó hacia el centro del patio sin mirar a nadie con superioridad. No levantó la barbilla. No esperó que los demás se inclinaran primero. Simplemente se detuvo frente al instructor, inclinó la cabeza en un saludo respetuoso y dijo con voz clara y tranquila:
-Estoy aquí para aprender. No para mandar.
El instructor parpadeó, sorprendido. Los demás Guardianes murmuraron. Nereth, en cambio, no pudo apartar la mirada.
No es prepotente, pensó. No actúa como si el trono ya le perteneciera. Solo... está aquí. Como uno de nosotros.
Cuando el entrenamiento comenzó, Aurelion fue colocado en el mismo grupo de Nereth. El ejercicio era simple: control elemental básico combinado. Agua contra fuego incipiente. Nereth invocó una corriente suave, casi juguetona, y la lanzó hacia el príncipe. Esperaba que Aurelion respondiera con arrogancia o con un despliegue exagerado de poder.
En lugar de eso, Aurelion sonrió -una sonrisa genuina, un poco torcida- y levantó la mano. Una pequeña llama surgió de su palma, tímida aún, pero precisa. La dirigió contra el agua de Nereth y la evaporó en una nube de vapor cálido que los envolvió a ambos.
-Buen tiro -dijo Aurelion, jadeando ligeramente-. Pero la próxima vez no me des tanta ventaja. Quiero aprender de verdad.
Nereth se quedó congelado un segundo. El vapor olía a lluvia caliente y a algo que no podía nombrar. Su corazón latió más fuerte de lo que debería por un simple ejercicio.
No es solo el príncipe, se dijo. Es... diferente.
Al final del entrenamiento, mientras los demás Guardianes se retiraban, Aurelion se acercó a Nereth. Se limpió el sudor de la frente con el antebrazo y extendió la mano sin ceremonia.
-Soy Aurelion. Y tú eres Nereth, ¿verdad? El Guardián del Agua. Te vi en el último simulacro hace dos años. Controlas el flujo como si el río te obedeciera.
Nereth estrechó su mano. La piel de Aurelion estaba algo caliente, pero no quemaba. Era un calor vivo, reconfortante. Sus ojos oscuros lo miraban directamente, sin la distancia que Nereth esperaba de alguien de sangre real.
-Solo hago lo que me enseñaron -respondió Nereth, intentando sonar calmado-. Tú... no peleas como un príncipe.
Aurelion soltó una risa corta, casi avergonzada.
-Porque no quiero ser solo un príncipe. Quiero ser un Guardián. Quiero merecerlo. No que me lo regalen por mi sangre.
En ese momento, Nereth sintió que algo dentro de su pecho se rompía y se reconstruía al mismo tiempo. No fue amor a primera vista. Fue algo más profundo. Fue respeto que se convirtió en admiración en un solo latido. Fue ver a alguien que tenía todo el poder del mundo a sus pies... y elegir, de todos modos, ganárselo con esfuerzo.
Esa noche, cuando Nereth se acostó en el dormitorio de los Guardianes, no pudo dormir. Cada vez que cerraba los ojos veía esos ojos oscuros mirándolo de igual a igual. Veía la sonrisa torcida. Oía la voz diciendo "quiero merecerlo".
Y por primera vez en su vida, Nereth Aqualis, Guardián del Agua, sintió que el agua dentro de él se movía sin que él la controlara. Se agitaba, se calentaba, se volvía algo que ya no podía contener.
Porque acababa de conocer al príncipe que un día sería rey.
Y, sin saberlo aún, acababa de sentirse atraído por el fuego que algún día lo lastimaría.
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Editado: 18.05.2026