El Linaje del Fénix (chansoo)

Capítulo Especial. El Peso de los Secretos. 2

La Gran Sala del Fénix resplandecía como un sueño hecho de luz y fuego.

En el salón principal del palacio, una vasta cúpula de cristal negro y oro vivo, había sido transformado para la ocasión. Columnas de piedra blanca con vetas doradas se elevaban hacia el techo, donde las auroras del planeta se reflejaban a través del cristal, creando un techo vivo de tonos carmesí, ámbar y plata. Miles de luces flotantes -pequeñas esferas de energía pura- flotaban en el aire como estrellas cautivas. Las mesas estaban cubiertas de manteles de seda negra y roja, cargadas de frutas luminosas, vinos especiados y platos elaborados con ingredientes de los cuatro rincones de EXO Planet.

La élite del reino estaba presente: familias nobles, altos consejeros, portadores destacados y representantes de las ciudades terrazas. Las mujeres lucían vestidos elaborados con telas que cambiaban de color según la luz, y los hombres llevaban túnicas formales con insignias de sus casas. La música de arpas etéreas y violines de cristal flotaba en el ambiente, suave pero constante.

Desde un balcón elevado, Nereth observaba todo en silencio, vestido con su túnica azul ceremonial de Guardián. Su postura era impecable, pero sus ojos azules estaban llenos de un dolor profundo y silencioso.

Aurelion estaba en el centro de todo.

Vestido con una túnica real negra bordada en oro y rojo, con la corona del Fénix reposando sobre su cabello rojo intenso, lucía imponente y distante. Sus ojos dorados recorrían la sala con una cortesía fría. El Consejo lo vigilaba desde las sombras: sus miradas calculadoras seguían cada movimiento, cada sonrisa, cada persona con la que hablaba. No le permitían un solo segundo de libertad.

Nereth notaba cómo Aurelion apretaba la mandíbula de vez en cuando, cómo su mano se cerraba en un puño discreto contra su costado. El fuego dentro de él estaba agitado. Y Nereth, incluso desde lejos, podía sentir el eco de ese malestar.

Entonces, las grandes puertas se abrieron una vez más.

Anunciaron a la familia Solenne, una casa noble menor pero respetada por su sabiduría y serenidad.

Y entre ellos entró Elara Solenne.

Era una joven de presencia serena y elegante. Cabello castaño oscuro que caía en ondas suaves, ojos color miel cálidos y una sonrisa tranquila que parecía iluminar el espacio a su alrededor. No llevaba joyas ostentosas, solo un vestido sencillo de tonos crema y dorado que se movía con gracia.

Cuando su familia fue presentada ante el rey, Elara dio un paso al frente e hizo una reverencia profunda y elegante.

-Majestad -dijo con voz suave pero firme-. Es un honor.

Aurelion extendió la mano para saludarla, como dictaba el protocolo.

Y entonces ocurrió.

El Fénix dentro de Aurelion reaccionó.

Una llamarada dorada invisible recorrió su cuerpo. Sus ojos brillaron con más intensidad por un segundo. Nereth, desde el balcón, lo vio claramente: sabía que el Fénix se agitó, no con rechazo, sino con... reconocimiento.

Aurelion tomó la mano de Elara y ella no se quejó.

No hubo ardor. No hubo dolor. La piel de Elara permaneció intacta. Solo una ligera calidez, como un abrazo suave de sol de mediodía.

Aurelion se quedó paralizado, mirando sus manos unidas con una mezcla de sorpresa y fascinación.

-Usted....¿No la estoy quemando?.-murmuró, casi sin voz. Sentía un alivió tan profundo.

Elara levantó la mirada y sonrió con gentileza.

-No me quema, Majestad.

Fue un momento breve, pero para Nereth fue eterno.

Desde su posición elevada, vio cómo Aurelion se quedaba impresionado, cómo sus hombros se relajaban por primera vez en meses. Vio cómo el rey, por un instante, parecía encontrar un respiro en medio del caos de su propio fuego.

Y Nereth sintió que algo dentro de él se rompía definitivamente.

Se quedó allí, observando en silencio, con el corazón sangrando mientras Aurelion y Elara intercambiaban palabras cortas pero cargadas de una conexión inesperada.

El Consejo, desde las sombras, sonreía satisfecho.

El Fénix brindo a su favor.

Habían cumplido su cometido.

Después del baile, Elara comenzó a visitar el palacio con frecuencia.

Al principio eran visitas protocolarias, pero pronto se volvieron más personales.

Caminaba por los jardines con Aurelion, hablaba con él durante horas sobre el equilibrio del planeta, la serenidad y la compasión. Era amable con todos: sonreía a los sirvientes, conversaba con los Guardianes sin arrogancia y trataba a Nereth con un respeto genuino y cálido.

Por más que Nereth intentó odiarla -por más que quiso encontrarle defectos- no pudo. Elara era buena. Genuinamente buena. Su presencia calmaba el fuego de Aurelion de una forma que nadie más lograba. Los Guardianes la apreciaban. Incluso bromeaban diciendo que por fin había alguien capaz de "apagar" al rey cuando se ponía demasiado intenso.

Conforme pasaban las semanas, Aurelion empezó a tomarle cariño.

Se le veía más relajado en su presencia. Sonreía de verdad. El Consejo estaba encantado y no perdía oportunidad de recordarle la importancia de consolidar el linaje.

Una tarde, Aurelion buscó a Nereth en uno de los pasillos privados.

-Nereth -lo llamó, usando su nombre sin formalidades.

Nereth se detuvo, pero no se giró con la calidez de antes.

-Majestad -respondió fríamente, usando el "usted" como un escudo.

Aurelion se acercó, aunque mantuvo la distancia.

-Necesito hablar contigo.

-No hay nada que hablar, Majestad -dijo Nereth con voz neutra, aunque su corazón sangraba-. Debería enfocarse en Lady Elara y en su reinado. Es lo correcto para el reino.

Aurelion dio un paso más cerca, visiblemente dolido.

-Nereth...se que lo dije pero...

-Solo nos une nuestra relación de rey y guardián -continuó Nereth, cortante-. Todo lo demás... debe quedar en el pasado. Le pido que lo olvide.




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