Clara siente que el pulso se le acelera y la presión se le va al piso cuando el hombre de negro finaliza su discurso. Es un hombre canoso y regordete de unos cincuenta años acostumbrado, deduce, a dar este tipo de noticias sin sentir una pizca de lastima por las almas que de ahora en más serian condenadas. Pero no era su culpa; la culpa era de su adorado esposo que se había malgastado toda su fortuna y la de ella en juegos, mujeres y fiestas ocultas. Se le hizo un nudo en la garganta con el solo pensar en el futuro que les esperaría a sus hijas pequeñas si lo perdían todo.
—¿Tienen algún pariente que pueda auxiliarlas? Quizá un tío o un primo lejano que las podría albergar.
Claro se quitó el velo del luto y se limpió el sudor de la frente. Luego, se acercó a la ventana y la abrió. Necesitaba algo de aire. Tras ella podía sentir la mirada fija del hombre de negro. Seguramente estaba evaluando en cuanto podría vender la propiedad para cubrir las deudas.
—¿Entonces, cuanto tiempo tengo?—dijo con voz temblorosa
—¿Disculpe no la oí bien?
—Qué con cuánto tiempo dispongo para saldar las deudas, señor Meyer—Se volvió hacia él y clavó sus hermosos ojos oscuros en la cara regordeta de su interlocutor.
El hombre tosió un poco y movió su macizo cuerpo hacia la mesa en donde descansaba una pila de papeles. Sacó su lente de aumento y se lo acercó a su ojo para leer.
—Tiene usted una semana.
—Es muy poco, señor Meyer. ¿Podría estirarlo a un mes?
—Se sumarán intereses, señora Johansson y éstos ya estarán su nombre, lo cual si no paga podría llevarla a prisión.
—Correré el riesgo si es usted tan amable de prolongar el plazo con mis deudores por unas semanas.
El hombre asintió mientras observaba a la mujer colocarse de nuevo el velo. Era sin duda la mujer más bella que había tenido el privilegio de conocer, pero también la mujer con más mala suerte pues el hombre que le había tocado terminó siendo el un libertino abominable sin escrúpulos al que no le había importado su familia en lo más mínimo. Cuando ella debió casarse con u príncipe que le diera el trato apropiado de una princesa.
—Haré lo que este en mi poder para retardar la confiscación de sus bienes, señora Johansson—le aseguró haciendo una reverencia.
Ella le sonrió antes de entregarle una bolsa que por su peso el hombre adivinó su contenido
—Mis únicos ahorros—le dijo ella con una voz tan suave y sedosa que lo hizo temblar de pie a cabeza—. Ah y antes que se vaya….
—¿Si?
—¿Podrá darle las noticias a las hijas de mi esposo?—volvió a levantarse el velo—Están esperándolo en el salón. Será mejor que se apresure y les revele la verdad de su amado e intocable padre; pues dado que a mí no me tienen en gran estima no van a creerme una sola palabra; usted bien sabe que es complicado cuando se trata madres e hijas la tienen difícil, imagine como el infierno entre madrastra e hijastras.
El señor Meyer tuvo que recurrir a todo su poder para no caer de rodillas ante aquella mujer. Su piel blanca de porcelana, sus profundos ojos negros y su boca rojo carmín tan perfecta; si alguien le pediría que se los describiera, estaría seguro de no poder hacerlo; tan perfectos y sensuales eran, con ese sabor a fresa…
Las voces chillonas de dos jóvenes lo sacaron de su casi alucinación justo a tiempo. Se alcanzó a dar un poco de aire y colocarse de nuevo en su papel de abogado antes de que llegaran las hijas del difunto. Por sus rostros ojerosos, las jóvenes parecían haber estado llorando bastante. Era evidente que tenían a su padre en alta estima por lo que no se tomarían nada bien que se les dijera lo contrario.
….
—¡Eres la peor mujer de esta tierra!—chilló Eleonor cuando Clara entró al salón con sus pequeñas hijas, una en cada mano.
Ella no le respondió. Sino que agachándose un poco le dijo algo a las niñas en el oído y, solo cuando éstas corrieron fuera de la sala, tomó uno de sus labores y se encaminó lentamente hacia uno de los sillones donde se sentó junto al ventanal que daba a los jardines. Era un día de lluvia y el fuego del hogar les daba algo de calor. Clara suspiró mientras contemplaba el colibrí de plumaje brilloso e envidiable sus colores. Era un ave extraordinaria a pesar de su fragilidad; además de que en las culturas antiguas se decía que eran mensajeros de los dioses. Clara paso el hilo por la boca y luego lo metió en la aguja con gran precisión. Trataría de finalizarlo hoy si tenía tiempo y luego lo enviaría al cielo para que hablara con los dioses y así la ayudaran a cambiar su suerte.
—¿Fuiste tú verdad?—retomó Eleonor roja de ira de ira mientras Clara siguió bordando sin alterarse—.¿ Por qué no respondes y dices la verdad? Pues yo no le creo nada a ese hombre. Estoy segura de que te quieres quedar con nuestros bienes y le has mandado a decir esa sarta de mentiras. Y pensar que nuestro padre te adoraba tanto, si viera ahora lo que estás haciendo.
Clara siguió dando puntada con aparente calma mientras oía las acusaciones con infinito placer. Por fin se le había caído la máscara su infame esposo. Siempre había sospechado de él. Desde el momento que había convertido en madre, los gestos de caballero de su esposo y el palabrerío elaborado que antes la habían seducido tanto, se habían vuelto en una actuación de obra barata. El señor Johanson había empezado a desaparecer, primero por una noche, luego por días y más tarde por semanas. Las excusas siempre variaban y los regalos que les traía a ella y sus hijas eran cada vez más costosos. Y todo para cubrir su ausencia; para contentarlas y silenciar sus reproches. Claro que las hijas de él ( en ese momento de diez y quince años) había funcionado. Pero ella sabía muy bien lo que estaba pasando.
—Tienes un amante, ¿verdad?—Lo había confrontado varias veces—Dímelo Richard. ¿O tienes más de una?
Lo primeros cinco años de su matrimonio, su esposo se había tomado el trabajo en crear las más mentiras más increíbles y elaboradas. Pero en los últimos cinco, cuando sus hijas gemelas habían cumplido los diez, él ya no intentaba disuadirla, al contrario le ordenaba que ya no lo molestara y que se dedicara sus asuntos domésticos. Al principio Clara se había deprimido, pero luego cambió de opinión y empezó a seguir los pasos de él. Empezó a realizar fiestas con el objetivo de conocer un poco más la sociedad en la que su esposo se manejaba tan bien. Allí conoció a madame White, una mujer de gran fortuna que se dedicaba a conocer los secretos de todos los lores y nobles de la alta sociedad para luego extorsionarlos; esta verdad hizo que Clara se fuera enterando gradualmente que todos los habitantes de la ciudad de Londres, sin importar el rango ni la cuna, no eran ningunos santos. Al contrario, la mayoría de ellos estaban atrapados en la manos de la señora White, lo cual la había convertido en la única fuente a la que debería recurrir si algún día estaba en problemas.
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Editado: 12.02.2026