El plano de la hacienda El Lirio Azul siempre me había parecido confuso: pasillos largos, alas separadas, habitaciones privadas sin conexión interna... pero esa madrugada todo cobró un nuevo sentido.
Eran casi las 3:18 a.m. cuando me despertaron unos golpes en la puerta. Era Leonardo Del Campo, con el rostro pálido, sosteniendo una linterna en una mano y temblando.
—¡Cristóbal! ¡Rápido, es mamá! Algo le pasa. Está encerrada en su habitación.
Me puse una chaqueta encima del pijama y lo seguí por el pasillo. Desde el ala este se oían gritos, luego unos golpes secos... y después un chillido desgarrador. La voz de Emilia se ahogaba en lo que sonaba como una mezcla de tos y llanto.
Julián ya estaba ahí, empujando la puerta de la habitación de Emilia, sin éxito.
—Está cerrada desde adentro —murmuró entre dientes, desesperado—. ¡Maldita sea!
Dorcas, la jefa de servicio, llegó agitada.
—¡Intenten por la habitación del señor Alfredo! Tal vez por ahí...
Corrimos a revisar. La cama de Alfredo estaba intacta. Nadie había dormido allí. Intentamos por la puerta interna que conectaba ambos cuartos: también cerrada.
—¡¿Dónde diablos está ese hombre?! —exclamó Julián.
Nadie lo había visto desde que salió "al pueblo".
María apareció en el pasillo. Cintia detrás de ella, confundida, medio dormida, en pantuflas.
—¡Busquen una palanca! —grité—. ¡Vamos a tumbar la puerta!
Una de las chicas trajo un viejo soporte de madera y entre Julián, Leonardo y yo, la empujamos hasta que la cerradura cedió con un crujido seco.
Entramos.
La escena era brutal. Emilia Del Campo estaba tendida en su cama, convulsionando violentamente. El velador había sido derribado. Su rostro, descompuesto. Intentaba hablar, pero apenas le salían suspiros ahogados.
María se quedó en la puerta, paralizada. Cintia sostenía un vaso de agua, sin saber qué hacer.
Julián encendió la luz. Leonardo, que había entrado conmigo, se congeló en seco. Su rostro reflejaba un terror inhumano. Siguió con la mirada fija hacia un punto de la chimenea, completamente rígido.
Intentamos darle agua. Nada ayudaba. Su cuerpo arqueado parecía luchar contra una fuerza interna.
—¡Llamen al doctor Bárcenas! —gritó Cintia—. ¡Y a una ambulancia ya!
Pero era tarde.
Emilia, en un último espasmo, se arqueó por completo. En ese momento entró corriendo el doctor Bárcenas, con bata sobre la ropa de dormir, sudando.
—¡Aléjense! ¡Todos!
Aplicó respiración asistida y presionó el pecho de Emilia. Murmuraba palabras médicas que no entendíamos.
Y entonces Emilia, con los ojos abiertos, murmuró con un último aliento:
—A...l...fre...do...
Y se desplomó sin vida.
Bárcenas intentó revivirla. Nada funcionó.
Minutos después llegó el doctor Wilson, médico familiar. Revisó los signos y negó con la cabeza.
—Un colapso cardíaco agudo —dijo—. Demasiado esfuerzo. Le advertí que moderara su actividad. El cuerpo no resistió.
Pero Bárcenas no parecía convencido.
—Las convulsiones eran... inusuales —dijo—. Quiero hablar con usted, doctor, a solas.
Salimos todos al pasillo. Bajamos lentamente las escaleras. Yo, cada vez más inquieto. Sabía que eso no había sido un ataque cardíaco común.
María me detuvo en un rincón.
—¿Tú... crees que fue...?
—¿Veneno? —dije en voz baja—. Sí. Y estoy seguro de que Bárcenas también lo sospecha.
Ella se echó hacia atrás, horrorizada.
—¡No, por favor! ¡Eso no! —y subió corriendo las escaleras.
En la sala nos reunimos los tres hombres: Julián, Leonardo y yo.
—¿Dónde diablos está Alfredo Íñiguez? —solté.
Nadie respondió.
Poco después, los dos médicos bajaron. Bárcenas, con gesto serio, dijo directamente:
—Señores, no podemos emitir un certificado de defunción sin una autopsia.
—¿Están diciendo que...? —Julián palideció.
—Que es posible que Emilia Del Campo haya sido envenenada —dijo Bárcenas sin rodeos—. Necesitamos pruebas.
Julián asintió, sin decir más.
Bárcenas sacó dos llaves del bolsillo.
—Cerré los cuartos. Nadie debe entrar hasta que se haga la inspección forense.
Los médicos se marcharon.
Yo me quedé un instante observando las escaleras, sintiendo que el aire se había tornado irrespirable.
Era oficial: había un asesino en El Lirio Azul.
Y esa misma madrugada, tomé una decisión.
Era hora de buscar al único hombre capaz de desenredar lo imposible.
Juan Diego Cordero Agón.
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Editado: 23.07.2025