El Llamado de la Sangre | Editado

CAPITULO 1

Desperté antes de que sonara la alarma, como siempre. Supongo que ya es costumbre.

5:47am.

La habitación estaba en penumbra, iluminada apenas por la luz azulada que se colaba por la ventana. Me quedé unos segundos mirando el techo y di media vuelta para apoyarme sobre mi lado izquierdo, sentí como el medallón rodaba por mi pecho hasta caer sobre las cobijas y bajé la vista hacia él, plateado, frío, familiar, y constante.

Era lo único que me acompañaba siempre.

Deslicé mis dedos sobre su superficie inconscientemente y, de pronto, sonó la alarma, despertándome completamente.

Me levanté a duras penas y me dirigí al baño, quizá una ducha era lo que necesitaba.

En el espejo me recibió mi reflejo, con una maraña de cabello rojo y rizado atado en un moño alto y la sombra de unas ojeras que más tarde tendría que tapar con corrector.

Hice mi rutina lo más rápido que pude, definí mis rizos y salí por algo que ponerme, debía darme prisa para que me diera chance de desayunar; cuando terminé me puse una chaqueta, me miré al espejo y salí luego de verificar que todo estuviera en orden.

Oriana Adams, otro primer día de clases.

Bajé las escaleras con una leve sonrisa adornando mi rostro, hoy sería un buen día.

La casa estaba silenciosa, como siempre. Mamá y papá no son malos pero si son un poco, bastante, distantes.

—Buenos días —murmuré entrando a la cocina.

—Buen día Oriana —respondió mamá que levantó la vista un segundo con una sonrisa que no llegó a sus ojos. Papá ni siquiera levantó la mirada del periódico que flotaba en el aire mientras hacía pasar sus páginas.

Sí, somos brujos, pero al estar en una ciudad sólo podemos utilizar magia dentro de casa si no queremos traumar a los humanos o que nos hagan cacería

Nathalie, mi hermana mayor, en contraste con papá y mamá me dedicó una gran sonrisa. Ella siempre intentaba equilibrar el ambiente.

—¿Dormiste bien? —preguntó.

Asentí, aunque no era verdad. Ayer olvidé tomar el té de mamá y las pesadillas volvieron.

Ese niño.

Sacudí la cabeza disimuladamente, no quiero recordar esos sueños, no tan temprano.

Pasé detrás de su silla y tomé asiento a su lado, la pinché con mi dedo, fastidiándola. Tomé un sándwich del centro y comí en silencio, revisando mi celular al igual que todos, y cuando acabé me dirigí a la salida, despidiéndome brevemente de todos.

El aire de la mañana estaba frío, pero era agradable. Nath caminaba a mi lado y hablaba sobre un proyecto de la universidad, yo asentía de vez en cuando, pero mi mente estaba en otro lado.

Sentía que alguien nos observaba.

Deben ser paranoias mías.

El viento corría entre nosotras sin prisa y podía sentir su roce en mi piel, escuchaba los pájaros a lo lejos y… un murmullo que no venía de Nathalie.

—¿Escuchaste eso?

—¿Qué cosa? —se detuvo y me miró interrogante; el medallón vibró apenas un segundo, como un latido.

—Nada —mentí y seguí caminando, pero la sensación no se iba.

Ya íbamos llegando al instituto, aún era temprano y, antes de poderme despedir de mi hermana, un hombre alto y castaño la chocó hacia mí y pasó corriendo junto a ella, no pasé desapercibido sus manos rozándose y la cara de mi hermana un segundo después sonrojada.

—¿Qué fue eso? La gente cada día está más desubicada.

—Si, es eso —murmuró junto a mi, su mirada clavada en el suelo, hasta que la levantó de repente—. Me tengo que ir, olvidé imprimir unas cosas para la clase de hoy.

Salió casi corriendo y me dejó ahí parada sin entender nada de los últimos segundos. Bueno, al menos aún era temprano y me daba chance de pasar buscando mi horario; cuando iba entrando un grito me detuvo:

—¡Oriana! —exclamó Maddie—. ¡Espérame!

Sonreí y esperé a que llegaran a mí.

—Buenos días para ti también—dije mientras le rodeaba los hombros.

—Tenemos una mañana muuuy ajetreada, tenemos que buscar nuestro horario escolar, ir a clases, hacer amigos, tratar de no fracasar en las materias de este último año, ver si este año al fin eres reina del baile de invierno…

Siguió y siguió parloteando, hablaba demasiado rápido, tanto que se trababa al hablar.

—Tienes muchas cosas planeadas para hoy —la interrumpí cuando iba por su décimo objetivo del día—. ¿Sí sabes que hay un mañana no?

Rió tímida y se calmó un poco, subimos las escaleras de la entrada y cruzamos las enormes puertas de la escuela.

—Ya sé, pero quiero que este año sea perfecto, en especial para ti.

Suspiré y sonreí para hacerla sentir mejor y que se quedara tranquila.

Maddie era una de mis mejores amigas… si no es que la única.

Vivía en el mismo vecindario que el mío, ella y su familia se mudaron cuando yo tenía 10 años y nos hicimos bastante cercanas.

Sinceramente me incomodaba un poco el que se esforzara porque mi último año sea perfecto. Mi vida no es exactamente perfecta, pero está… Bien. Creo.

Tengo una buena casa, unos padres… distantes y fríos, pero tengo padres, una hermana que me adora… y aún así, me siento vacía.

Desde que tengo memoria, el pensamiento de que no pertenezco aquí siempre ha estado latente en mi pecho y ella es una de las pocas personas en mi vida que lo saben.

Llegamos a la secretaría y nos dirigimos a la señorita Thompson.

—Buen día señorita Thompson —dijimos al mismo tiempo Maddie y yo.

—Señoritas —contestó, tenía los lentes en el puente de la naríz y la cara metida en la computadora.

—Está muy hermosa el día de hoy — le dije animada, a lo que ella rodó los ojos.

—No hay que mentir por convivir señorita Adams —dijo con su voz nasal, tecleó rápido y después la impresora hizo un sonido. Un minuto después colocó nuestros horarios en el escritorio.

—Guao, que rápido —dijo Maddie, ambas tomamos nuestros respectivos horarios y los revisamos.

—Ajá, antes de irse, necesito que firmen por acá — la señorita Thompson colocó una carpeta con las firmas de otros estudiantes. Ambas tomamos un bolígrafo cada una y firmamos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.