La casa Adams siempre está demasiado silenciosa, pero no un silencio cómodo, sino uno que pesa, te vigila y espera que cometas un error.
Subí las escaleras después de clases, con la mochila colgando de un hombro. Nathalie estaba en el pasillo, saliendo de su cuarto.
—¿Qué tal todo? —sonrió.
—Todo bien —omití lo del lapiz, estoy loca—, solo un cansado primer día.
—Y lo que falta —agregó, riendo casual—. Deja eso, ayúdame con la cena.
Ay auxilio, solo quiero tirarme a la cama y dormir un año entero.
Pero qué más me queda.
Cuando terminamos, la cocina olía a papas y pollo horneado. Mamá, que había llegado hace nada, abrió el horno con tranquilidad y una sonrisa suave que le dedicaba a Nath.
—¿Cómo te fue hoy, cariño? —le preguntó a ella.
—Bien, mamá —respondió Nath mientras tomaba asiento a un lado de papá.
Él dejó el periódico y le dio un leve apretón en el hombro.
—¿Y tú Oriana? —preguntó despreocupado.
—Bien —respondí—, solo fue un día largo y…
—Ya esto está listo —interrumpió mamá mientras ponía la bandeja con cuidado sobre la mesa—, a comer.
No preguntaron nada más. Ni qué hice, con quién estuve, si me sentía bien. Nada.
Nathalie me miró con una mezcla de culpa y tristeza, pero no dijo nada.
Mientras cenábamos los escuché hablar de cosas triviales: el trabajo, la jardinería, un vecino nuevo; mientras tanto me mantuve en silencio y me retiré lentamente cuando terminé de comer y lavé lo que ensucié.
Salí al porche, el aire estaba fresco, y la luz del atardecer pintaba todo el pueblo de tonos dorados.
Maddie y Joshua venían caminando por la acera mientras reían.
—¡Ori! —gritó Maddie, corriendo hacia mí.
Me abrazó tan fuerte que casi me sacó el aire.
—¿Estás bien? —preguntó Joshua, siempre más serio.
—Sí —respondí, aunque no era del todo cierto.
Nos sentamos en los escalones del porche. Maddie hablaba sin parar y Joshua la escuchaba atento, ambos me hacían sentir acompañada.
—Luke estuvo preguntando por ti hoy —dijo Josh de repente.
—¿Para qué? —inquirí, intentando sonar indiferente.
—No sé, pero se veía interesado —añadió.
Mi pecho se apretó sin razón.
Luke era mi vecino, recuerdo cuando, después de que Maddie y Joshua se mudaron al vecindario, unos días después la familia de Luke se había mudado a la casa contigua.
Ciertamente, tanto la familia de Luke como la de Maddie me parecían… misteriosas, no eran malas. La verdad era, que eran unas personas increíbles, las pocas veces que jugué en sus casas, sus padres me trataron muy bien, puede que eso era lo que me hiciera sentir extraña.
Los cuatro crecimos juntos, ellos tres más que todo, eran muy cercanos, sus familias también lo eran. Iban de viajes juntos, de campamento, siempre compartían y estaban juntos la mayor parte del tiempo.
Debo admitir que a medida que crecía, mi pequeño enamoramiento infantil hacia Luke también crecía. Trataba de ignorarlo porque sé que él no me veía de esa forma.
Así que lo disimulé todos estos años para no afectar nuestra amistad.
Además, tanto él como Joshua eran como la realeza en la escuela. Nuestra escuela comenzó a ser vista como una de las mejores atleticamente gracias a ellos, se volvió la número uno del condado con más partidos de fútbol americano ganados.
Cinco años consecutivos han ganado desde que Luke y Joshua formaron parte del equipo. Era impresionante, ellos tenían unos reflejos casi inhumanos, Luke era muy rápido y Joshua era un excelente estratega. Hacían un buen equipo juntos.
Terminé de hablar con ellos cuando comenzaba a hacerse de noche y me despedí de ambos.
Ya en mi habitación cambié mi ropa por una pijama cómoda, moví las cobijas y me lancé boca abajo sobre el colchón, de verdad estaba agotada, estiré mi mano derecha hasta la mesita de noche y apagué la luz de la lámpara.
La oscuridad no llegó de golpe, aún habían rayos de luz que entraban por la ventana y, al final, mis ojos se cerraron involuntariamente y el sueño me envolvió como una manta fría.
Estaba de pie en un campo que no reconocía.
El cielo era demasiado grande y oscuro, como si no existieran la luna ni las estrellas. El aire olía a tierra mojada, a césped recién cortado, a flores…
Bajé la vista y pude ver unas pequeñas y regordetas manos que me pertenecían, era una niña pequeña. Mis pies estaban descalzos y podía sentir la hierba suave, pero helada.
Y entonces lo escuché.
Un paso. Otro. Y otro.
Eran pasos ligeros, silenciosos, que buscaban pasar desapercibidos y parecía que la tierra los absorbía antes de que pudieran sonar.
Mi corazón empezó a latir cada vez más rápido, no con miedo, con reconocimiento.
Algo muy en mi interior lo conocía, no sabía de dónde ni por qué, pero lo conocía.
La figura apareció entre la neblina.
Primero vi su silueta, era un niño más alto que yo, delgado, e inquietantemente familiar.
No tenía rostro, la niebla lo cubría como un velo que no me permitía detallar, pero sentía su mirada fija en mí.
Mi pecho dolió y mi medallón, aún dentro del sueño, se calentó contra mi piel.
El niño acercó una mano hacia mí, sus dedos eran largos, definidos, pero borrosos, como si estuvieran hechos de luz y sombra al mismo tiempo.
—Pequeña… —susurró.
Esa voz… no venía de su boca. Venía de todas partes, del cielo, de la tierra… de mi propio corazón.
Sonaba triste y cansada, pero conocida.
Quise acercarme.
Mis pies se movieron solos, atraídos por él como si hubiera un hilo invisible entre nosotros. Cada paso que daba hacía que el aire se volviera más denso, más pesado, más real.
Pero cuando estaba a tan solo un metro de distancia, el medallón ardió.
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Editado: 17.08.2026