El Llamado de la Sangre | Editado

CAPITULO 4

El receso de la mañana terminó con el sonido del timbre y un montón de estudiantes corriendo hacia el campo como una avalancha.

El instituto siempre se vuelve un caos cuando empiezan los juegos escolares, pero hoy se sentía una energía distinta en el aire, había mucho más ruido y se sentía más la emoción.

Maddie me tomó del brazo apenas salimos al pasillo.

—¡Vamos, Ori! Ya empezaron las pruebas de habilidad. Si no llegamos, nos perdemos la primera ronda.

Joshua iba adelante, cargando una botella de agua y un paquete de galletas como todo un atleta profesional.

—Hoy es el día —dijo con orgullo—. Primer amistoso de la temporada, el que gane marcará la pauta, y claramente seremos nosotros.

No es como que me hayan interesado mucho los deportes siempre, pero las veces que los he visto jugar me dejan impresionada, son los mejores.

El campo deportivo estaba lleno.

Había estaciones con diferentes pruebas: saltos, velocidad, puntería y equilibrio; cada una rodeada de estudiantes gritando, animando, riendo.

Joshua participó en una prueba de lanzamiento y casi le pegó a un profesor por accidente.

Maddie no paraba de reír.

—¡Joshua! ¡Eso iba para el aro, no para la cabeza del señor Turner!

Joshua se encogió de hombros.

—Detalles.

Yo observaba todo con una sonrisa. Me gustaba este ambiente.

Verlos felices era lindo, me hacía sentir dueña de mi realidad.

Luke estaba en la prueba de velocidad. Cuando lo llamaron, se preparó en la línea de salida. Su postura era perfecta y su concentración era absoluta.

Cuando el silbato sonó Luke salió disparado, él no corría como los demás, era como si el aire se apartara para dejarlo pasar y su cuerpo supiera exactamente qué hacer.

Joshua silbó.

—Les dije que era bueno.

Luke ganó la prueba sin esfuerzo, cuando levantó la vista me buscó entre la multitud y, al encontrarme, sonrió.

Después de las pruebas todos nos movimos hacia el campo de fútbol, las gradas estaban llenas y los profesores organizaban a los equipos. El ambiente era eléctrico.

Me senté en primera fila con Maddie, ella agitaba una bandera del instituto como la fan número uno. Vimos como Josh se puso el casco y chocó los puños con Luke, ya estaban en el centro del campo.

—¡Vamos chicos, son lo máximo! —gritó mi compañera, haciéndome reír.

El partido empezó apenas unos minutos después con fuerza.

Joshua era rápido, ágil y sorprendentemente estratégico.

Luke…

Él era otra cosa.

No solo era bueno, era impresionante. Se movía con una precisión que no parecía normal, leía las jugadas antes de que pasaran y corría como si el campo fuera solo suyo.

En una jugada Joshua lanzó el balón hacia él, Luke lo atrapó en el aire, giró, esquivó a dos jugadores y cruzó la línea de anotación.

La multitud explotó en gritos, todos aplaudimos y saltamos sin parar.

Luke levantó la vista hacia las gradas, me encontró y sonrió, guiñando un ojo después.

El partido terminó con una victoria aplastante, los chicos estaban sudados, pero felices y orgullosos de lo que habían logrado.

—Buen juego —le dije a Luke cuando se acercó.

—Gracias —respondió, mirándome como si quisiera decir algo más.

Pero antes de que pudiera hacerlo, llegaron los chicos eufóricos.

Pasamos un rato en las gradas riendo y bromeando sobre el juego y, cuando ya era algo tarde, nos dirigimos a la salida.

A lo lejos vi a Nath agitando su mano, buscando mi atención.

—¡Ya llegó! —exclamé emocionada—. ¡Nos vemos después, chicos!

Michael estaba apoyado en su auto, sonriendo como siempre. Cuando me vio, abrió los brazos.

—¡Mi chica favorita! —dijo.

Corrí hacia él y me abrazó fuerte. Mi lugar seguro.

—¿Lista para irnos? —preguntó mientras saludaba a mi hermana con una sonrisa y un abrazo.

—Sí —respondí.

Nathalie abrió la puerta del auto.

—Vamos, Ori. Mamá dijo que llegáramos temprano.

Los chicos nos miraban desde lejos y me despedí nuevamente con la mano, ví también al profesor de idiomas cruzar el estacionamiento, lanzando una breve mirada a nuestra dirección y saludó con un ademán y una sonrisa de labios cerrados antes de seguir su camino.

Me subí al carro, todavía con la emoción del día en el pecho.

Michael arrancó el carro y el sonido del motor me dio una sensación de tranquilidad que no había sentido en todo el día.

Él siempre logra eso: hacerme sentir segura, como si nada malo pudiera pasar mientras esté cerca.

Nathalie se acomodó en el asiento delantero, girándose para mirarme.

—Me dijeron que hoy empezaron los partidos ¿qué tal? —preguntó con emoción.

—Sí —respondí—. Joshua y Luke estuvieron increíbles.

Michael sonrió mientras tomaba la salida del estacionamiento.

—Joshua siempre ha sido bueno —dijo—. Y Luke… bueno, ese chico tiene talento natural.

Siguió manejando y, cuando dio la vuelta en la esquina, sentí un leve mareo.

—¿Todo bien, Ori? —preguntó.

—Sí —respondí rápido—. Solo estoy cansada.

Michael extendió una mano hacia atrás y me revolvió el cabello, como hacía cuando era más pequeña.

—Hoy fue un día largo. Descansa, te lo mereces.

El camino hacia nuestra casa era corto, pero esa tarde se sintió más largo.

Miraba por la ventana como el cielo estaba cambiando de azul a naranja, y las sombras de los árboles se alargaban sobre la carretera.

Michael bajó la velocidad.

—¿Cómo van las clases? —preguntó.

—Bien —respondí—. Hoy conocimos al nuevo profesor de idiomas.

—¿Nuevo? —preguntó Nathalie—. ¿Qué pasó con la señora Collins?

—No sé —dije—. Solo llegó él. Samuel Andrew.

Michael asintió.

—¿Y qué tal es?

—Normal —respondí, sincera—. Amable. Tranquilo.

Michael sonrió.

—Mientras enseñe bien, eso es lo importante.

Cuando llegamos a la casa el sol ya estaba bajando. Michael estacionó frente al porche y se giró hacia nosotras.




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