Luego de llegar a casa sí, pude dormir, pero no descansé.
Sentía el cuerpo pesado, como si estuviera corriendo y me quedara sin aire, cada paso que daba en dirección al instituto era un infierno y los sonidos a mi alrededor me atormentaban.
La primera clase fue historia, la profesora hablaba sobre civilizaciones antiguas y algunos mitos que los rodeaban pero sus palabras se mezclaban como si estuviera muy lejos y yo apenas podía mantener los ojos abiertos.
—Ori… ¿estás bien? —preguntó Maddie desde su asiento.
—No dormí bien —murmuré. Ella me miró con preocupación pero no insistió.
El reloj avanzaba con una lentitud que me parecía casi cruel y yo lo único que quería era terminar las clases e ir a dormir.
Cuando por fin sonó el timbre Maddie y yo salimos al pasillo, ella hablaba de algo que pasó en la fiesta pero sinceramente no lograba seguirle el ritmo. Mi cabeza dolía y tenía pensamientos dispersos como si apenas estuviera despertando de un largo sueño.
—Vamos a la cafetería —dijo ella tomando mi muñeca—. Necesitas comer algo y tomar un café bien cargado.
Asentí aunque no tenía hambre, solo quería sentarme.
La cafetería estaba llena y el bullicio de la gente me perturbaba, yo caminaba despacio, casi como si mi cuerpo hoy no me perteneciera. Paseé la mirada por cada rincón, notando a muchos hablando entre sí, unos cuantos solo comiendo y la mayoría metidos en sus celulares, y entonces lo ví.
Al fondo, en una de las esquinas más tranquilas.
Ahí estaba Samuel, solo, sentado con un libro abierto frente a él, la luz que se colaba por el ventanal caía sobre su mesa y, a su lado, unas flores pequeñas, recién cortadas, que desentonaban con nuestro alrededor.
No sé qué fue lo que me atrapó, si esas flores, él, la luz, o solo era el cansancio, pero algo dentro de mí se detuvo y sentí cómo mi mundo se fue apagando poco a poco.
Escuchaba a Maddie llamarme y buscar mi atención, pero solo veía al frente, a él, y sentí un tirón en el pecho, una sensación que no sabía nombrar…
Y me fuí
Corría entre un campo lleno de flores, tan luminoso que parecía pintado, el viento movía los pétalos como si fueran pequeñas olas, y yo reía mientras me escondía detrás de un árbol.
Mis pies eran pequeños, de niña, y mis manos también.
Todo se sentía ligero, como si el mundo fuera un juego, me distraje mirando las flores hasta que escuché un crujido y me puse alerta.
Él estaba ahí, girando la cabeza de un lado a otro, buscándome con una concentración divertida.
Sabía que intentaba rastrearme por mi olor, pero yo había hecho un buen trabajo escondiéndome.
—So che sei lì —dijo en italiano, con un tono juguetón. (“Sé que estás ahí.”)
Me tapé la boca para que no se escuchara mi risa. Aproveché que estaba de espaldas y salté sobre él, rodeando su cuello con mis brazos y haciendo presión como si fuera parte del juego.
—¡Te gané, te gané! —dije entre risas. Él también rió.
—Sí… solo porque te di ventaja.
Fruncí el ceño y apreté un poco más, orgullosa de mi fuerza infantil. Él tosió suavemente, sin molestarse.
—Bien, bien… tú ganas.
Sonreí triunfante y le di un beso rápido en la mejilla, como hacen los niños cuando celebran.
—Puede que seas pequeña —dijo con una sonrisa—, pero tienes fuerza.
Me bajé de su espalda y él se dió vuelta, arrodillándose para quedar a mi altura, su rostro estaba borroso, como si el sueño no quisiera mostrarlo por completo. Aun así, sus manos cálidas sostuvieron mi cara con cuidado, y su pulgar acarició mi mejilla con una ternura que me tranquilizó.
—Ti amo così tanto, non dimenticarlo mai… e qualunque cosa accada, ti troverò sempre.
(“Te quiero tanto, nunca lo olvides… y pase lo que pase, siempre te encontraré.”)
—Oriana… —la voz de Maddie sonó lejos, como si viniera desde otra dimensión—. Oriana, ¿qué te pasa?
Parpadeé y volví a mí, escuchando todo el ruido y siendo consciente de lo que me rodeaba.
Él seguía ahí, pero ahora… no sé qué pensar.
—Oriana, ¿estás escuchando? —insistió Maddie, tocándome el brazo. Respiré hondo, tratando de volver completamente.
—Sí… sí, estoy bien —dije, aunque mi voz sonó más suave de lo normal. Maddie me miró con el ceño fruncido.
—No lo parecías. Te quedaste quieta, como… no sé, como si estuvieras viendo un fantasma.
—De verdad estoy bien —repetí, más firme esta vez. Maddie suspiró, aunque no parecía convencida.
—Bueno… si te mareas o algo, me dices. No quiero que te desmayes aquí.
Asentí.
Pero mis ojos volvieron, inevitablemente, hacia la esquina donde estaba Samuel.
Y justo en ese momento él levantó la mirada, fue solo un segundo, pero era suficiente. Sus ojos se cruzaron con los míos desde la distancia, no se levantó ni hizo ningún gesto para acercarse, pero sonrió. Una sonrisa leve, casi imperceptible, y luego volvió a su libro como si nada hubiera pasado.
El resto del día pasó lento.
Las clases se sentían eternas, y mi cabeza seguía pesada, como si esa especie de sueño estuviera pegado a mis pensamientos. En algún momento del día nos encontramos con Joshua, ellos hablaban, reían y hacían comentarios, pero yo estaba en piloto automático.
Cuando finalmente sonó el timbre de salida, respiré hondo. Necesitaba aire, y silencio, mucho.
Llegamos a la salida y ahí estaba Michael apoyado contra una columna, con las manos en los bolsillos y una expresión tranquila.
—Hey —saludó—. Te ves cansada.
—Lo estoy —respondí.
Michael me observó un segundo más de lo normal, como si estuviera evaluando algo en mi energía.
—Ven —dijo al fin—. Vamos a practicar. Te va a ayudar a despejar la mente.
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Editado: 11.09.2026