El Llamado de la Sangre | Editado

CAPITULO 9

La semana pasó mucho más rápido de lo esperado, aunque cada día se sintió bastante largo.

Michael me entrenó casi a diario en diferentes lugares, a veces en el bosque, y otras en un invernadero abandonado cerca de la escuela. Mi energía iba cambiando constantemente, y todos los días podía controlar algo distinto, cosa que me gustaba pero a la vez me cansaba, quería poder definirme rápido y así enfocarme en algo específico y no estar dependiendo de mi estado de ánimo o, incluso, del clima.

Uno de estos días incluso pude controlar el sonido, Michael decía que era normal y que las brujas inexpertas como yo éramos volátiles y parecíamos un libro en pleno desarrollo.

Lo cierto es que algo en mí desde esa práctica en la que apareció esa aura violeta, una sensación poderosa se había alojado en mi pecho, como un peso que en ocasiones me asfixiaba.

Al mismo tiempo seguí mi rutina de siempre, alternando entre clases, la cafetería, hablar con mis amigos, tarea y más tarea, ah, y claro, también noches de insomnio luego de las constantes pesadillas que ya no paraban ni con cualquier hechizo que pudiera ayudarme.

Pero hoy, justo hoy, sentía una vibra distinta, y creo que era evidente porque Michael lo notó apenas me acerqué a él, mientras me esperaba en medio del bosque.

—Tu energía está más estable —dijo, cruzándose de brazos—. Y más fuerte.

—¿Eso es bueno? —pregunté.

—Claro que sí —respondió con una sonrisa.

Michael me hizo una seña para que me colocara frente a él justo en el centro del claro, el aire a nuestro alrededor era tibio, casi electrizante.

—Vamos a ver qué responde hoy —susurré, sacudiendo mis manos y preparándome para lo que sea que pasara hoy, pero manteniendo mis expectativas bajas.

Así no me decepcionaría en caso de que no pasara nada, algo que aprendido luego de un tiempo entrenando.

Antes de cualquier instrucción, extendí mi mano frente a mí y cerré los ojos buscando la magia en mi interior, los abrí nuevamente cuando una brisa fresca y breve, casi imperceptible, se formó alrededor de mis dedos, acompañado de un halo de luz tenue que parecía desprenderse de mi piel.

—¿Eso significa que soy una bruja de luz? —susurré.

—No, es solo que la luz te reconoce hoy, mañana ya veremos.

Rodé los ojos pero sonreí, confiada en que muy pronto sabría por fin lo que soy.

Michael dejó caer su mochila en el suelo y empezó a sacar varias cosas: cristales, unas ramas, un manojo de plantas secas y un mazo de cartas desgastadas.

—Hoy vamos a mezclar técnicas, necesitas probar todo.

Yo me arrodillé frente a él, curiosa.

—¿Qué hacemos primero?

Y así seguimos la práctica, limpiando algunos cuarzos, dibujando runas y memorizando hechizos para activarlas, haciendo crecer y dando vida a las plantas secas que había sacado y, cuando llegamos finalmente al tarot, pasó algo.

Extendió las cartas sobre el suelo y me pidió que tomara una pero sin verla y, cuando la tuve en mi mano, esta empezó a vibrar y a quemar mis dedos, cuando la solté cayó justo frente a mí. La sacerdotisa invertida.

—Ori… eso… —dijo Michael, tenso.

Un crujido lo interrumpió.

Unos pasos fuertes, pesados, como si algo enorme estuviera destruyendo todo a su paso.

—Mantente detrás de mí —dijo Michael al levantarse apresurado.

Yo retrocedí sin pensar, sintiendo el aire denso y cargado.

Entonces lo vimos.

Una sombra gigantesca se asomó entre los árboles, con una figura lobuna que imponía tanto respeto como terror, su pelaje erizado y unos ojos amarillos que parecían brillar. Su piel tensa y sus garras afiladas se notaban en la lejanía y podía notar su respiración errática, casi dolorosa.

Emitió un gruñido profundo que pareció sacudir todo a nuestro alrededor y Michael se puso frente a mí de inmediato, protegiéndome con su cuerpo y tapando mi visión al mismo tiempo.

—No te muevas —susurró como una orden.

Sobre su hombro pude ver como el licántropo olfateaba el aire, y luego como su mirada se fijaba en nosotros, en mí, como una daga que buscaba atravesarme.

Y luego atacó.

Saltó hacia adelante con una fuerza brutal, derribando ramas y levantando tierra a su paso. Michael levantó su mano buscando proyectar una onda de energía para derribarlo, pero el lobo fue más rápido y lo embistió.

Salió volando hacia atrás, chocando contra un tronco con un golpe sordo y seco.

—¡Michael! —grité angustiada viendo cómo cayó al suelo, inmóvil.

La bestia volteó hacia mi posición, atraído por el sonido de mi voz, y sus ojos se clavaron en mi pecho, justo en donde reposaba en medallón que vibraba, dejando emanar una energía que me envolvía y parecía tomar fuerza en mis dedos a punto de atacar.

Gruñó y avanzó rápidamente, sin darme el chance suficiente para reaccionar, y sentí el aire cortarse cuando su garra pasó demasiado cerca de mi brazo, dejando un dolor ardiente y profundo que me hizo retroceder temblando mientras el licántropo se preparaba para otro ataque.

Michael estaba inconsciente.

Yo estaba sola.

El licántropo saltó y, cuando estaba a punto de caer sobre mí, chocó contra una barrera.

Levanté la vista y sonreí levemente, aún con terror y lágrimas a punto de salir.

Michael estaba despierto, no completamente, pero era suficiente.

Su mano descansaba sobre el suelo, justo en el sitio donde había golpeado hace unos segundos, la runa de contención que habíamos dibujado hace un rato estaba activa, y la luz se expandió en un círculo perfecto que rodeaba al lobo, atrapándolo en una barrera que lo detuvo a centímetros de mí.

El monstruo chocaba una y otra vez contra la barrera, gruñendo, arañando e intentando romperla.

Michael cayó de nuevo al suelo, exhausto y yo respiré, temblando, con el brazo ardiendo y aún con una electricidad contenida en mi cuerpo que me pedía salir.

No se escuchaba nada a parte de los alaridos del lobo y, luego de unos minutos intentando calmarnos, Michael levantó la vista.




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