El Llamado de la Sangre | Editado

CAPITULO 10

El día comenzó extraño.

Desde que desperté sentía un nudo en el pecho, como si tuviera algo dentro de mi buscando alguna salida, me sentía sobrecargada, sensible y con un cúmulo de emociones que me afectaba, pero no era algo mágico, se sentía más como miedo y cansancio.

Y para completar, el rasguño del licántropo que, aunque ya había pasado un tiempo seguía allí ardiendo cada vez que lo rozaba con algo.

Había tenido un desayuno flojo y un camino al instituto casi automático, y ahora, en la clase de ciencias, mientras el profesor explicaba algo sobre reacciones químicas, sentí un mareo leve parecido a un tirón interno, como si mi energía se hubiese movido de repente. Joshua, que estaba a mi lado, me miró de reojo.

—Ori, estás pálida —susurró.

—Estoy bien —mentí.

No lo estaba, mi brazo izquierdo, en donde estaba el rasguño, comenzó a sentirse pesado y ardía como si estuviera pegada a una brasa, era insoportable. Me apreté el brazo intentando disimular el dolor.

Pero no se detuvo, comenzó a subir hasta mi hombro y se volvió tan pesado que parecía hecho de piedra.

El profesor siguió hablando y todos seguían escribiendo, pero yo no podía, sentía que el mundo se me cerraba poco a poco, el aire se volvía más denso y mi visión se tornaba borrosa.

Cuando al fin sonó el timbre salí del salón sin esperar a nadie, entré al baño del pasillo y cerré la puerta con seguro detrás de mí luego de asegurarme que no había nadie allí. El silenció me golpeó fuerte, como aliviándome, y tomé fuerzas para lo que tenía que hacer.

Me quité el suéter.

Y casi se me cayó el alma.

La herida estaba hinchada de una forma sobrenatural, casi como si algo dentro de la piel se moviera a sus anchas, era punzante y tenía los bordes rojos, casi violeta. El ardor era tan fuerte que no podía tolerarlo.

—No… no, no. no… —susurré temblando.

Me apoyé en el lavamanos, con la respiración acelerada, y puse parte de la manga del suéter entre mis dientes antes de abrir el agua y empezar a echarla sobre la herida, buscando una calma momentánea.

No podía ir con Michael ni con nadie de mi familia, mucho menos con mis amigos, solo… necesitaba hablar con alguien ajeno a toda la situación y a este mundo que pueda escuchar sin juzgar.

Y ya sabía quién podía ser.

Cuando ya llevaba un rato con el brazo bajo el chorro y empezaba a sentir mejoría me incorporé y volví a colocarme el suéter con cuidado de rozar lo menos posible esa zona, respiré hondo y salí, pidiendo disculpas a unas chicas que estaban fuera esperando mi salida.

La cafetería estaba llena, como siempre a la hora del almuerzo. El ruido me golpeó, pero seguí caminando entre las mesas, esquivando mochilas, bandejas y conversaciones que sonaban demasiado fuertes para mi cabeza.

No tenía hambre, pero necesitaba hacer algo con mis manos, con mi cuerpo, con mi mente que estaba a punto de explotar.

Y claro, necesitaba llegar con algo.

Tomé un sándwich para mi, y para él elegí uno sin pensar demasiado: pan integral, queso crema, tomate, y esa salsa de hierbas que casi nadie come pero aún así se acaba rápido.

Cuando pagué la señora de la caja me despidió con una sonrisa, y seguí mi camino hacia la oficina del profesor sintiendo como el nudo en mi pecho se apretaba cada vez más.

Su oficina estaba al fondo del pasillo, una puerta de madera clara con un letrero con el nombre de la materia en letras desgastadas; la puerta estaba entreabierta, una señal clara de que él estaba ahí. Toqué con los nudillos.

—¿Profesor? —murmuré. Samuel levantó la vista desde unos papeles y su expresión cambió de inmediato a una más preocupada.

—Oriana… —dijo, dejando la carpeta a un lado—. ¿Qué pasa?

Se veía como si ya supiera que algo estaba mal, yo solo entré y cerré la puerta para luego extenderle la bandeja.

—Te traje esto —murmuré apenada, y él la tomó sorprendido.

—Es mi favorito —dijo, con una sonrisa suave que me desarmó—. ¿Cómo lo supiste?

—En realidad no lo sabía —respondí sincera, luego un silencio nos envolvió.

Samuel me hizo una seña para que me acercara y tomara asiento y yo, con algo de timidez, lo hice. ¿Aún estaré a tiempo de irme?

—A ver, ¿en qué te puedo ayudar? —intervino, sacándome de mis pensamientos.

Yo respiré hondo, tomando valor, y decidí hablar aunque no directamente.

—Es que… —empecé, buscando las palabras correctas para seguir—. Tengo una amiga, bueno, no es exactamente una amiga, solo es alguien que conozco y últimamente le han estado pasando cosas raras.

»Ella se siente diferente —continué luego de unos segundos, él no intervino—. Pareciera que estuviera viviendo la vida de otra persona, como si no fuera la misma de hace unas semanas.

Samuel asintió despacio, mirando brevemente a un costado, sin cuestionar.

—¿Y eso la asusta? —preguntó con voz suave.

—Mucho, no sabe qué le pasa ni cómo explicarlo, piensa que se verá como una loca si lo dice.

—Y supongo que estás preocupada por ella —dijo, luego de darle un mordisco a su sándwich, apoyó los codos en la mesa, y se inclinó un poco hacia mí—. A veces, cuando alguien está pasando por algo difícil, lo único que necesita es que alguien la escuche, aunque no tenga respuestas para todo.

—Sí… creo que eso es lo que necesita —susurré, mirando el pan sobre la mesa, con un nudo en el pecho que me dificultaba hablar.

—Entonces —dijo, con una voz tan suave que casi dolía—. Puedes decirle que yo estoy aquí y puede hablar conmigo siempre que quiera.

—¿De verdad? —pregunté, aunque sabía que no hablábamos de “ella”.

—De verdad —respondió él—. Lo importante es que no esté sola.

Sentí una calidez agradable en mi pecho.

—Vamos a comer —dijo—. Y luego… puedes contarme más sobre esa persona.

Comimos en un silencio cómodo, tranquilos, dejando que la conversación se asentara antes de seguir, y cuando terminamos, decidí que era momento de seguir.




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