El Llamado de la Sangre | Editado

CAPITULO 11

—Entonces, lo que me estás diciendo es que crees que Sherlock y Watson tenían un ¿amorío secreto? —dijo Samuel mientras mordía su sándwich.

—No, no lo creo, estoy segura de eso —hablé masticando el mío, ciertamente fue una coincidencia que el sándwich favorito de él fuera el que le llevé ese día a su oficina.

Hasta ahora se ha convertido en mi favorito también.

Habían pasado dos semanas desde que vine a su oficina, y comenzó a hacerse rutina, venía todos los viernes a la hora del almuerzo a hablar con él, se habían vuelto también mis días preferidos.

Su oficina no tenía mucho pero era acogedora, había notado que no tenía fotos, ni de él ni de su familia, así que su oficina no me podía decir mucho de él.

Pero si había notado libros, muchos de ellos, los viernes anteriores me había enfocado en hablar de ellos, y parecía gustarle mi compañía, no se veía incómodo o fastidiado, noté que podía pasar horas hablando de los libros que había leído y yo podía pasar horas escuchándolo.

Tenía una forma de hablar y de relatar que te envolvía.

—Esta generación tuya saca las cosas de contexto —suspiró y le dió un último bocado a su sándwich.

—Pero dígame la verdad, en todos los libros que ha leído de Sherlock, ¿no lo hizo dudar por un segundo? —me acerqué acusatoriamente hacia él.

Estaba sentado en la silla detrás de su escritorio y yo al contrario, así que me acerqué apoyando los codos en su escritorio, reposé mi cara en mis manos y entorné los ojos.

—No.

—Venga ya, si en el Estudio en Escarlata Watson se la pasaba babeando por Sherlock.

Él rió por lo bajo.

—Puede que tengas razón, ahora me los voy a releer por tu culpa.

—Se leyó el libro con los pies, es muy obvio —rodé los ojos.

—No, es que tu le buscas el romance a todo, hasta donde no lo hay.

Chasqueé la lengua y me recosté en la silla donde estaba, solo que no medí bien y me golpeé el brazo con el respaldo de la silla.

—Mierda —murmuré.

Apreté mi brazo tratando de aligerar un poco el dolor.

Si, después de dos semanas seguía igual o hasta peor, le había dicho a Nathalie, ella intentó ayudarme pero no fue muy efectivo, Michel también lo hizo, pero nada funcionaba.

No sabía que los ataques de lobos eran así, con razón hay tantas advertencias sobre ellos.

Michael y mi familia se volvieron locos al enterarse de que posiblemente había lobos en nuestro pueblo, no podía ser cierto ya que era territorio de brujas, pero Michel rastreó las pisadas del lobo y dijo que posiblemente había una manada cerca de la que no estábamos enterados.

—¿Estás bien? —preguntó Samuel, asentí pero no dejó de verme el brazo.

Algo que me aliviaba de él es que no me forzaba a hablar de mí, sabía que vine a él en primer lugar para eso, pero no me obligaba, lo que sea sobre lo que quisiera conversar él me seguía la corriente.

Aunque era un hombre de 25 años, parecía tener la actitud y edad mental de un anciano. Se lo había dicho sin pensar una vez y él solo me miró y dijo: ‘’Gracias’’

Samuel era extraño, serio, pero extraño a su manera.

—¿Me dirás qué te pasó en el brazo? —cuestionó mirándome fijamente.

—Ya te dije que fue una rama —dije restándole importancia.

—Claro, si, una rama. Déjame ver —se levantó de su silla y caminó hacia mí.

—No es necesario —insistí, pero ya estaba apoyado del borde del escritorio mirándome, esperando a que me quitara el suéter y le mostrara.

Resignada, me quité el suéter que me cubría el vendaje y lo dejé ver.

Para mi mala suerte se veía mucho peor, y aunque el rasguño se supone que había cicatrizado, ahora estaba violeta y sentía el brazo caliente. Me dolía pero creo que en todo este tiempo había comenzado a acostumbrarme a ese dolor.

Samuel silbó asombrado, tomó mi brazo con delicadeza y comenzó a verlo.

—Esto no se ve como una rama —acusó—. ¿Cómo pasó eso?

Me rasqué la cabeza tratando de buscar alguna excusa, pero al final decidí hablarle con la verdad. A medias.

—Estaba con mi cuñado…

—¿Cuñado? —Sus ojos azules casi me traspasan el alma ante esa palabra.

—Si… el novio de mi hermana —volvió a su expresión seria y fijó su mirada en mi brazo de nuevo.

—Fuimos a acampar y… bueno —él se alejó y caminó hasta un mueble, lo abrió y comenzó a sacar un montón de cosas: alcohol, una pomada extraña, gasas, curitas…—. El caso es que estábamos acampando y nos atacó un animal.

Simplifiqué. Él volvió frente a mí y comenzó a limpiar la herida. No quería decirle que no iba a funcionar, se veía bastante concentrado en su tarea de curarme.

Pero sabía que no funcionaria, si con magia no funcionó, esto menos. Mi madre acordó que ese fin de semana iríamos al aquelarre a que me revisaran, ya que esto ya no era normal.

—¿Qué animal? —preguntó mientras limpiaba la herida con algodón y un poco de agua oxigenada.

—Un… —lo medité—. Lobo.

Levantó la vista de mi brazo a mi cara.

—¿Es broma no?

—No —dije seria, el negó y siguió en su tarea.

—Supongo que te enviaron al hospital, pero hicieron un trabajo terrible. Por cierto, no sabía que habían lobos por esta zona.

—Yo tampoco, me enteré ese día —dije con una sonrisa, él no me siguió el juego.

Colocó su mano en mi frente, luego en mis mejillas.

—Para como tienes la herida es raro que no tengas fiebre —volvió en su tarea y pareció absorto por un momento—. Está… parece como si tu cuerpo la rechazara.

Murmuró, más para sí mismo que para mí.

—¿Qué es lo que rechazo? —pregunté, pero él siguió en silencio curándome.

Me empezó a poner una especie de crema transparente, no olía a nada y estaba fría, y a decir verdad, se sintió de maravilla.

—Señor Andrew —lo llamé, él me volvió a ver a la cara, como si lo hubiera sacado de sus pensamientos—. ¿ Qué es lo que estoy rechazando?

Pregunté de nuevo, él comenzó a recoger todo y guardarlo.




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